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Mes: noviembre 2018

Khanda

Por Denkô Mesa

En el Sutra del Diamante se lee: “Todas las cosas compuestas se asemejan al sueño, fantasma, burbuja, sombra… Se parecen a la gota del rocío y al destello del relámpago. Así debe considerarse la existencia.” En la mayoría de las culturas se hacen descripciones del ser humano, pero ¿quiénes somos en realidad? Ésta es la gran incógnita que debemos despejar. Casi todas las tradiciones lo consideran como un compuesto, ya sea alma y cuerpo (tradición judeocristiana) o cuerpo, mente y espíritu en otras. El budismo también ve al individuo como un conjunto de agregados, si bien no reconoce en ellos entidad fija o inmutable. La identificación (apego) es la causa del sufrimiento innecesario. Si queremos en verdad entendernos, debemos entender plenamente qué son y cómo funcionan, lo cual significa aprender a verlos tal y como son.

En el Canon Pali, la colección de los antiguos textos que constituyen el cuerpo doctrinal y fundacional del budismo, se representa al Budha diciendo que sólo enseñaba dos asuntos: el sufrimiento y el final del sufrimiento. Tras una práctica meditativa perseverante, Siddhartha Gautama alcanzó un estado de conciencia que ninguna palabra podía describir, sin embargo supo que el camino y la experiencia podrían ser descritos, aunque implicaba una nueva manera de ver y conceptualizar el problema del sufrimiento. Para ello, tuvo que inventar nuevos conceptos y extender palabras prexistentes a fin de que los demás pudieran experimentar el despertar por sí mismos. Una de las nociones nuevas y centrales de su enseñanza fue el de khandha, habitualmente traducido al castellano como “agregados”.

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¿Quién soy yo?

¿Quién Soy Yo? 

Las Enseñanzas de Bhagavan Sri Ramana Maharshi

 

Introducción

«¿Quién soy Yo?» es el título dado a un conjunto de preguntas y respuestas que tratan de la indagación del Sí mismo. Las preguntas fueron formuladas a Bhagavan Sri Ramana Maharshi por un tal Sri M. Sivaprakasam Pillai en torno al año 1902. Sri Pillai, un licenciado en Filosofía, era en aquel momento empleado del Departamento de Renta Pública del Sur Arcot Collectorate. Durante su visita a Tiruvannamalai en 1902 en misión oficial, fue a la Cueva de Virupaksha en la Colina de Arunachala y encontró al Maestro allí. Buscó de él guía espiritual, y solicitó respuestas a preguntas concernientes a la indagación del Sí mismo. Como Bhagavan no hablaba en aquel entonces, no debido a algún voto que hubiera hecho, sino debido a que no tenía la inclinación a hablar, respondió a las preguntas que se le hicieron con gestos, y cuando éstos no eran entendidos, con escritura. Tal como las recopiló y registró Sri Sivaprakasam Pillai, hubo catorce preguntas con las respuestas a ellas dadas por Bhagavan. Este registro fue publicado por primera vez por Sri Pillai en 1923, junto con un par de poemas compuestos por él mismo, que contaban cómo la gracia de Bhagavan había operado en su caso, disipando sus dudas y salvándole de una crisis en la vida. «¿Quién soy Yo?» ha sido publicado varias veces subsiguientemente. En algunas ediciones encontramos treinta preguntas y respuestas, y veintiocho en otras. Hay publicada también otra versión en la cual no se dan las preguntas, y las enseñanzas están reordenadas en la forma de ensayo. La traducción inglesa existente, es de este ensayo. La traducción presente es la del texto en la forma de veintiocho preguntas y respuestas.

Junto con Vicharasangraham (indagación del Sí mismo o Autoindagación), Nan Yar (¿Quién soy Yo?) constituye el primer conjunto de instrucciones en las propias palabras del Maestro. Éstas dos son las únicas obras en prosa entre las Obras de Bhagavan. Exponen claramente la enseñanza central de que la vía directa a la liberación es la Autoindagación. La manera particular en la que ha de hacerse la Autoindagación se expone con lucidez en Nan Yar. La mente consiste en pensamientos. El pensamiento «yo» es el primero que surge en la mente. Cuando se persigue persistentemente la indagación «¿Quién soy yo?», todos los demás pensamientos se destruyen, y finalmente el pensamiento «yo» mismo se desvanece, dejando sólo al supremo Sí mismo no-dual. Así acaba la falsa identificación del Sí mismo con los fenómenos del no-sí mismo, tales como el cuerpo y la mente, y hay iluminación, Sakshatkara. El proceso de la indagación, por supuesto, no es un proceso fácil. Cuando uno indaga «¿Quién soy yo?», surgirán otros pensamientos; pero a medida que surgen, uno no tiene que ceder a ellos siguiéndolos; por el contrario, uno debe preguntar «¿A quién surgen?» Para hacer esto, uno tiene que ser extremadamente vigilante. Mediante la indagación constante uno debe hacer que la mente permanezca en su fuente, sin permitirla divagar y perderse en los laberintos de pensamientos creados por ella misma. Todas las demás disciplinas como el control del soplo y la meditación en las formas de Dios, deben ser considerados como prácticas auxiliares. Son útiles en la medida en que ayudan a devenir quiescente y concentrada.

Para una mente que ha ganado pericia en la concentración, la indagación del Sí mismo deviene comparativamente fácil. Por la indagación incesante se destruyen los pensamientos y se realiza el Sí mismo —la Realidad plena en la que no hay siquiera el pensamiento «yo», experiencia a la que se alude como «Silencio».

Ésta, en sustancia, es la enseñanza de Bhagavan Sri Ramana Maharshi en Nan Yar (¿Quién soy Yo?).

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El amor consciente

El amor consciente (*) por John Welwodd

 

Generalmente, solemos considerar que las relaciones íntimas son adecuadas cuando satisfacen nuestras necesidades de amis­tad, seguridad, sexo y autoestima. Sin embargo, si aspiramos a convertir nuestras relaciones en un sendero —en un sendero sa­grado— nos veremos obligados a ampliar nuestra perspectiva y a asumir una visión más comprehensiva que, incluyendo todas esas necesidades, no se halle, sin embargo, circunscrito a ellas. Nuestro tema tiene que ver con el cultivo del amor consciente, de ese amor que puede inspirar el desarrollo de una conciencia más expandida y la evolución de las personas implicadas.

Sin embargo, no debemos mostramos demasiado idealistas porque las relaciones íntimas nunca funcionan a un solo ni­vel. Vivimos simultáneamente en diferentes niveles y cada uno de ellos tiene sus propias necesidades concretas.

Niveles de conexión

El vínculo más primario que podemos encontrar en la pareja es la necesidad de una fusión simbiótica originada en el deseo de alcanzar el alimento emocional del que carecimos en nuestra infancia. Obviamente, esto es algo por lo que atravie­san muchas parejas que, cuando acaban de conocerse, atra­viesan una fase simbiótica que les lleva a cortar temporal­mente otras actividades o amistades y a pasar la mayor parte del tiempo juntos. El estadio simbiótico de una relación pue­de así contribuir a que ambas personas lleguen a establecer un profundo vínculo emocional. No obstante, si la simbiosis se convierte en la principal motivación de la relación o si perdura demasiado tiempo, termina convirtiéndose en un factor limi­tador que establece una dinámica paterno-filial que limita el rango de expresión e interacción de ambas personas, destruye los roles masculino y femenino de la relación y termina cre­ando pautas de comportamiento adictivas.

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Budismo solidario: un nuevo mapa del sendero

Budismo solidario. Un nuevo mapa del sendero

Por  Kenneth Kraft

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El budismo actual presenta dos grandes ramas. La más antigua es la hinayana, el “pequeño vehículo”, representado actualmente por la escuela Theravada, arraigada fundamentalmente en Birmania, Laos, Tailandia, Camboya, Sri Lanka y Malasia. La otra, es el budismo mahayánico, el “gran vehículo”, surgido en el siglo segundo antes de nuestra era, y característico de China, Mongolia, Corea,  Tíbet y Japón, y de la cual el budismo zen es una de su principales expresiones. La escuela Theravada tiene como figura paradigmática el arhat, monje budista dedicado a la liberación y la iluminación personal.  En cambio, la figura central del mahayana es el bodhisatva, que dedica su vida a liberar a todos los seres. Su principal atributo es la compasión, la ausencia de egoísmo y la plena dedicación a los demás,  incluso postergando su propio despertar.

La compasión es uno de los aspectos fundamentales de la teoría y la práctica del budismo mahayana. Tanto es así que el actual Dalai Lama dice que “la compasión es la base de las enseñanzas budistas. La principal característica del Buda es una gran compasión” (pág. 26). Esta afirmación se basa en la propia experiencia de Buda. Como se recordará, una vez alcanzada la iluminación, al término de un largo retiro solitario, Buda decidió, movido por la compasión del sufrimiento de los seres humanos, dedicarse a trasmitir la sabiduría que había alcanzado. El término sánscrito karuna ha sido traducido como “piedad” y sobre todo como “compasión”. La palabra española es definida como “el sentimiento de conmiseración o lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias”.1

Esta definición muestra sólo un aspecto de la complejidad del término sánscrito. Karuna no es sólo “piedad” por quienes sufren “penalidades o desgracias”, sino que es un sentimiento de empatía universal hacia todos los seres vivientes, incluida la persona que experimenta dicho sentimiento. Busca no sólo compadecer y ayudar a quienes se encuentren en una situación de desgracia e infortunio, sino que busca liberarse y liberar a todos los seres del sufrimiento, por entender que la propia liberación requiere o es favorecida por la liberación de los demás.  El término español “solidaridad” expresa bien esta relación de empatía, afecto y respeto al otro que es como yo, que realmente es yo. Esto se funda en una concepción de la igualdad básica de los seres humanos; como dice el Dalai Lama, “todos los seres humanos poseen un deseo innato que los impulsa a buscar la felicidad y evitar el sufrimiento. En lo esencial somos físicamente iguales. Lo que importa es nuestro parecido mental y emocional”.2

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