Escondiéndose tras lo sagrado. Al uso de prácticas y creencias espirituales para evitar enfrentarnos con nuestros sentimientos dolorosos, heridas no resueltas y necesidades de desarrollo se le denomina “Evasión Espiritual”. La evasión espiritual es mucho más común de lo que podamos pensar y, de hecho, está tan generalizada que pasa enormemente desapercibida, excepto en casos extremos en que resulta más evidente.

Esto es debido, en parte, a nuestra tendencia a no tener mucha tolerancia –ya sea a nivel personal o colectivo- para enfrentarnos a nuestro dolor, adentrarnos en él y tratarlo; en lugar de ello, preferimos sin dudarlo “soluciones” que lo aplaquen, sin que nos importe el sufrimiento que tales “remedios” puedan catalizar. Como esta preferencia se ha extendido tanto y penetrado tan profundamente en nuestra cultura que está ya casi normalizada, la evasión espiritual viene como anillo al dedo a nuestro hábito colectivo de huir de lo que resulte doloroso, como una especie de analgésico superior con efectos secundarios aparentemente mínimos. Es una estrategia espiritualizada no sólo para evitar el dolor, sino también para legitimar esta evasión de distintos modos, que van desde lo descaradamente obvio hasta lo extremadamente sutil.

La evasión espiritual es una sombra muy persistente de la espiritualidad que se manifiesta de muchas formas, a menudo sin que se la reconozca como tal. Entre los distintos aspectos de la evasión espiritual encontramos un desapego exagerado, entumecimiento y represión emocionales, un excesivo énfasis en lo positivo, fobia a la rabia, compasión ciega o demasiado tolerante, límites débiles o demasiado porosos, un desarrollo “cojo” (con una inteligencia cognitiva a menudo muy por delante de la inteligencia emocional y moral), un juicio debilitante sobre la propia negatividad o “lado oscuro”, una infravaloración de lo personal en relación con lo espiritual y falsas ilusiones de haber llegado a un nivel superior de ser.

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