Escritos

Zen: entrega y confianza

Fragmento del prólogo: “Un libro de un maestro zen preludia lo inesperado”.  Y ocurre que a veces la sorpresa se esconde en la poderosa fuerza paradójica que en ocasiones refuerza la necesaria traducción de lo que leemos en nuestra lengua desde otras, las que han solido vehicular más el zen: el japonés y en Europa el francés, así como en otras latitudes el inglés. Palabras intermediadas, raíces trasplantadas. 

No es éste el caso y hay que resaltarlo. Las paradojas, la sorpresa, la fuerza de lo inesperado que aparecen a lo largo de las enseñanzas y los textos que constituyen este libro no provienen en ningún caso de deslices o desmanes de traducción porque el maestro al que leemos escribe en español. Nadie media sus palabras, la única traducción que opera en este caso es la misma que caracteriza toda obra surgida de la vivencia zen, de lo que podríamos nombrar la condición zen. Se trata de esa compleja acción de verter asuntos que no se avienen en ocasiones al discurso de la palabras por medio de las mismas, es decir ahormando en frases legibles vivencias no verbales. Experiencias ahondadas día tras día en la sentada, reforzadas en ocasión de los retiros donde la práctica de la meditación se intensifica y adelanta como en una escalera en la que se subiese de tres o cuatro escalones a la vez, multiplicada por esa exigencia que caracteriza la labor del maestro, que no sólo se puede contentar con el trabajo propio o con seguir lo que otros dicen, sino que tiene que saber mirar desde su corazón de sensei en el corazón de sus discípulos y transformar ese lenguaje compartido, pero carente de palabras, en enseñanza, en dharma vocalizable, plasmable en conceptos hechos escritura, transformados en ocasiones, además, como es este el caso, en un libro, dharma legible, materializado y endurecido, hecho papel y cartón. 

Estamos ante un maestro, pues, que enseña en la lengua española, y que la domina, además, con la sensibilidad e intuición del poeta, del escritor y del filólogo. Proviene de un linaje que ha enraizado con fuerza en toda España y que florece en Canarias. Ofrece una enseñanza en la que se une la cercanía, la falta de distorsiones de traducción, con la profundidad, y que nos expone un budismo que no renuncia, por otro lado, a las raíces japonesas.

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El viejo arte de darse cuenta 

Denkô Mesa reúne -a lo largo de las doscientas páginas de El viejo arte de darse cuenta - sus conocimientos sobre el budismo zen y su labor profesional como filólogo y profesor de enseñanzas medias, confluencias que provienen de largos años de práctica y estudio de esta tradición espiritual, así como de su experiencia vital en el plano humano.

“La práctica de la meditación zen es algo muy sencillo y profundo a la vez, pero no es un teatro. Consiste en adquirir una postura correcta, conectar con una respiración adecuada y fomentar el desarrollo de una actitud mental-emocional justa. Esta combinación armónica de elementos tiene lugar a través de las orientaciones e indicaciones precisas dadas por un maestro y gracias a la práctica colectiva con otros seres humanos, mujeres y hombres, que siguen el impulso natural y universal de querer sentirse cada vez más y mejor. En definitiva, El viejo arte de darse cuenta es un camino hacia la felicidad verdadera.”

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Zen, aroma eterno

El maestro zen Denkô Mesa nos invita a abrir una pequeña puerta, antesala a la luz por venir y dejarnos penetrar por el aroma de lo eterno. Texto y fotografía, palabra y silencio se armonizan en una misma unidad y quedan plasmados en cada página de esta piedra preciosa que atraviesa como flecha el aire, despierta al corazón y fortalece el sentido natural de la bienaventuranza:

“Todos tenemos la capacidad de reeducar la observación porque una mirada amplia y sin centramiento genera un mundo disperso. Para ello es necesario una buena base y un buen tono del vehículo transmisor; si no lo conseguimos, el esparcimiento inconsciente seguirá hablando por nosotros. Dicho esto, la meditación no puede ser explicada, razonada, pensada, percibida o atesorada por nadie. Se experimenta en momentos de libertad, a cada instante, tal cual es. Vivir sin artificios, ésta es la naturaleza original. La bondad innata en todos los seres. Este es el cuerpo de la práctica realización.”

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Presencia invisible

Dênko Mesa aúna -a lo largo de las ochenta páginas de Presencia invisible-  sus conocimientos de filólogo y literatura (con referencias a Rilke, Machado o Ángel Valente) con su vertiente más espiritual y mística, ésa que proviene de la práctica de la meditación zen y de su experiencia vital en el plano humano. El resultado es un poemario límpido, desnudo, donde nada sobra, pues ha sido despojado de todas las superficialidades, y que rezuma serenidad, optimismo y paz interior. Presencia invisible se estructura en cuatro bloques principales.

El primero, «Iniciales», especula sobre los fundamentos en los que debe asentarse la búsqueda personal; por eso, aparece, entre otras cuestiones, la duda:

«Estás, no estás
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en ti todo es».

El segundo, «Poemas de la luz», deriva su atención hacia el descubrimiento de una realidad ya existente pero antes oculta -en palabras de Javier Mérida- «a los ojos de la conciencia», una realidad sólo descubierta gracias a la práctica de la meditación y al modo de integrar ésta en el propio ser.

En el tercero, «Poemas de la sombra», reaparecen la duda y los desánimos, y, en medio de tanta niebla, el autor se da de bruces con ese tabú inevitable: 

«Hoy la he visto.
Hoy le he visto los ojos a la Muerte».

Por último, en los poemas «Finales», con sus habituales versos libres, el autor reflexiona, según el prologuista, sobre «lo esencial de cada uno de nosotros». Los elementos naturales primigenios -tierra, agua, fuego y aire- están muy presentes en los paisajes interiores ideados (en la isla de El Hierro) por Dênko Mesa, quien también presta atención a esos pequeños detalles del entorno que embellecen la vida cotidiana: el canto de las campanas de la iglesia, el mar de nubes, las amapolas del camino, las mariposas danzarinas, o, incluso, las fechorías de una luna capaz de inmiscuirse descalza en las alcobas. Todo ello hacen que este poemario sea, a la vez, como ha escrito Javier Mérida, «cercano, fresco, maduro e inocente, claro y oscuro».

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