Por Eihei T.
14 de noviembre de 2020

Conoce lo blanco,
mas permanece en lo negro
(Tao Te Ching, 28)

En el  espacio diáfano de 70 m2 que compartimos con otro antiguo grupo de yoga de la ciudad, se hace necesario montar, cada día que hay zazen, tanto el altar como el  resto del dojo. Los zafutones, el haiseki central o lugar para las postraciones del maestro, las campanas para la sencilla ceremonia que practicamos tras la meditación, incluso la puerta sin puerta o umbral por el que “entramos” a través de dos biombos y que delimita ese corazón colectivo o núcleo  que es siempre una sala de meditación.

Es por ello este nuevo espacio donde practicamos un espacio flexible, provisional, contingente. Sintoniza con esa modernidad líquida que describe el sociólogo y filósofo contemporáneo Bauman, que viene a definir cuestiones claves en nuestra sociedad, donde el cambio constante y la transitoriedad parecen avocarnos a una inconsistencia de las relaciones humanas en tantos ámbitos. El espacio en la isla es caro, y el dibujo de la cuidad está impuesto en gran parte por los designios caprichosos y exigentes de la especulación inmobiliaria y su dictado del m2.

Es la realidad presente y muy probablemente el futuro inmediato de la trama vital de las urbes en el tardocapitalismo. El tiempo también se nos ha hecho caro. La digitalización del mundo supone, más literalmente de lo que pensamos, que es nuestro dedo pulsátil el que decide, el que zapea la vida, y obtiene la ganancia; donde un click volátil representa un muro o un puente en la totalidad de las conexiones que establecemos.

La gran incertidumbre que nos traen estos tiempos, no es tanto la vieja conocida del cambio constante, como el aparente sinsentido que merodea el impulso natural de construir nuevas cosas, el rumor sordo de su aparente inutilidad en ese río de desconexión conectada, donde las aguas parecen correr cada vez más veloces y se escuchan los ecos del sálvese quien pueda. Navegamos mares revueltos, imposible refugiarse en la solidez de los valores, en la estabilidad de los vínculos. Nos sabemos como estará mañana la economía; si estallará una crisis; cuándo o cómo saldremos de esta pandemia. Podríamos seguir la larga lista de inquietudes. Pero en realidad, acudir a practicar a un dojo es darnos la simple oportunidad rítmica de experimentar la rara flor de observar qué ocurre cuando soltamos los pensamientos. Cuando nos abrimos simplemente a un espacio de silencio.

Me parece que esta nueva forma contingente de darse nuestro espacio de práctica colectiva es tan coherente con esa liquidez contemporánea, como lo es también, hacia atrás en el tiempo, con aquella condición «errante y sin casa» de tantos antiguos practicantes del Dharma, cuyo principio era el de no residir en un lugar fijo, sorteando así cualquier identificación y solidificación. Nuestro dojo entonces es como una nave de nada, aparece y desaparece. Se monta, y luego se desmonta para dar paso a otra actividad. Cuando aparece es un pliegue capaz de interrumpir el curso del día y del espacio consensual. Interruptor de identidad. En el dojo, de lo oscuro y sin atributos emerge solamente ese sencillo eje sagrado del Gran del Ser Despierto, ese altar que nos ayuda al recuerdo. Candela encendida una y otra vez a lo largo de las edades.

Sin duda los pueblos nómadas sabían mucho de estos interruptores que no ofrecen anclajes ni sujeciones definitivas para la identificación. Los antiguos pueblos errantes se desplazaban por el espacio liso del desierto, abiertos a la intemperie, y al llegar al lugar elegido para habitar, lo primero que hacían, el gesto inaugural, era el de plantar el gran pivote central de la tienda principal. En ese bello acto se generaba el Axis Mundi. El sagrado eje vertical a partir del cual se desplegaba la vida entera y se leían las estrellas. Ese eje es como el buddha que nos acompaña desde siempre. Como el buddha que plantamos cada día.