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Meditar lo es todo

Reposar en la calma del ahora, permanecer recogidos en la intimidad, adentrarnos juntos en el lenguaje del silencio y escuchar su melodía es un gran regalo. He aquí el arte de la contemplación serena.

A través de la práctica meditativa cultivamos semillas de conciencia en el campo fértil de la mente. De esta forma, las palabras, los pensamientos y los actos que en ella surgen, aportan una verdadera nutrición para el bienestar de todos los seres. Por el contrario, cuando nos vivimos a través de la ilusión, todo carece de sentido y coherencia. Por ello, sentarnos y recogernos en el camino del corazón, merece la pena, y mucho, porque esta es la verdad de lo que somos. Ahora bien, pretender que la mente esté vacía de pensamientos, equivale a pedirle al cielo que interrumpa el paso de las nubes o decirles a los pájaros que dejen de volar.

Al sentarte a meditar, permaneces sereno en la estabilidad de la postura y ante ti se levanta una muralla enorme de sensaciones, recuerdos, expectativas, emociones y pensamientos de lo más variado. Entonces, te pregunto, ¿qué puedes hacer ante esa magnitud de la experiencia emergente? ¿Acaso puedes hacer algo? Tratar de vaciar la mente con la propia mente supone incentivar aún más la quimera de aquel que cree estar percibiendo algo a través de ella. ¿Quién es ese perceptor del que te hablo?

La mente del sujeto condicionado siempre está queriendo cosas. El impulso del deseo es el latir del universo y forma parte de la vida. Nuestro problema aparece cuando tratamos de detener este movimiento a través de la mente y fijarlo, llevándolo hacia algún lado o dejándolo en algún lado. Esta es la mente, esa entidad ficticia que trata de controlar y manipular todo y a su manera. En la tradición budista, a este punto ciego, se lo llama el veneno del apego. Es una percepción equivocada, una errónea relación que el sujeto mantiene ante la verdad de la impermanencia.

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Alineación, relajación y resiliencia

En su mayor parte, el budismo no le ha dado mucha importancia al cuerpo. La gran mayoría de las escuelas budistas continúan enfocándose en la mente como el escenario principal de la práctica y otorgan al cuerpo un espacio mucho menor como una vía digna de exploración.

El problema inherente a esta actitud es que es la experiencia corporal la que proporciona la sensación de estabilidad a la mente. Si eso se pierde, la mente puede flotar con demasiada facilidad en reinos enrarecidos que, por elevados que sean, no son más que una sombra de la conciencia que la práctica de meditación busca develar. La mente, en última instancia, desea asentarse en la sensitividad presente del cuerpo, no escapar de él. Si quieres una mente equilibrada, necesitas crear un cuerpo equilibrado que la sostenga.

Si el cuerpo está desequilibrado, creará una tensión constante para compensar la gravedad. Esta tensión se manifestará como discursividad a nivel de la mente. El verdadero equilibrio del cuerpo, por otro lado, genera una disposición y relajación que sostiene, de forma natural y espontánea, a la mente despierta. En palabras de Sasaki Roshi, «Buda es el centro de gravedad». Encontrar el centro de gravedad dentro de uno mismo significa equilibrar el campo energético del cuerpo con el campo gravitacional de la tierra.

Este equilibrio surge de la corporeización consciente de tres principios básicos: alineación, relajación y resiliencia.

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Una hormiga en marcha

«Una hormiga en marcha hace más que un buey adormecido.» – Lao Tzu

 La pequeñez de una hormiga y la enormidad de un buey… sin embargo, una hormiga en marcha hace más que un buey adormecido. Lo contrario también es cierto: una hormiga adormecida, hace menos que un buey en marcha. Lo que importa aquí es si estamos adormecidos o si estamos despiertos. No es tan relevante cuanto espacio ocupemos, o cuán fuertes seamos. Todo esto importa muy poco si nuestro estado de conciencia es el de somnolencia, sopor, o letargo.

La pereza, la somnolencia y el sopor son estados de la mente y el cuerpo que inhiben la aplicación de la energía, el estar comprometidos y permanecer involucrados. Cuando se tornan constantes y habituales, podemos hundirnos en ellos y la mente se siente empantanada, como rodeada por un denso pegamento. En este estado es muy difícil realizar cualquier esfuerzo, ya sea mental o físico. La somnolencia y el letargo bloquean la visión consciente de lo que está frente a ti y aquello que acontece en el momento presente. Todo pasa a un segundo plano, borroso y ajeno.

Hay momentos en la vida en que recurrimos a este estado para «anestesiarnos» de lo que nos rodea. Cortamos el cordón umbilical con el presente. Estamos pero no estamos. Estamos, pero somnolientos.

Probablemente, una de las razones principales por lo que esto ocurre es nuestro condicionamiento de creer que el mundo nos debe entretener permanentemente, estar a la altura de nuestras necesidades, que nos ha de llamar la atención y seducir. Nuestro ego nos pide que sea aquello allí afuera lo que mantenga nuestra atención y lucidez en el presente. Si esto no es así, si la vida allí afuera se presenta difícil, intolerable, aburrida, incomprensible, dolorosa… mejor desconectar. Mejor diluirse en el sopor de lo tolerable.

Me conmueven los niños pequeños por la manera en que para ellos todo es interesante, casi fascinante. ¡Oh, un palito con una hoja! ¡Mira aquella piedra con forma extraña! ¿A que no sabes qué tiene papá para ti? ¡Qué!¡Qué!¡Quéee!

De a poco perdemos la capacidad de maravillarnos por lo que ocurre, y de mantenernos en contacto con lo que se torna diferente a nuestras expectativas. Esto se da sin quizá comprender que el «permanecer atentos» es un estado interno, una capacidad, una disponibilidad, y no tanto algo que depende del estímulo exterior. Nos engañamos al no comprender el hecho de que, aunque nos aislemos las cosas no van a cambiar, simplemente van a permanecer allí a la espera de que abramos los ojos.

No pongas tu vida (o parte de tu vida) en pausa, en un estado de sopor, solo porque las cosas no sean tan entretenidas o interesantes como quisieras o menos complejas y dolorosas de lo que consideras tolerable. Esto es especialmente cierto en tiempos de pandemia.

Ponte en marcha, como la hormiga, y no te detengas. Ríe, llora, reflexiona, descansa, ejercita tu mente y cuerpo, conversa, realiza un acto de generosidad, aprende, enójate, haz profundo silencio, grita… pero comprométete con la vida, no te duermas como el buey.

Por Sozan Diego Miglioli, Monje Zen, presidente del San Francisco Zen Center.

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Artículo original en Conexión Zen: https://www.conexionzen.com/una-hormiga-en-marcha

 

Creatividad y lógica

La creatividad es un regalo que otro le hace a uno al decirle que es creativo, porque se sorprende gratamente con que uno hace sin esfuerzo, de manera natural y espontánea. Por ello, lo creativo no surge de razonar, sino del emocionar: la sorpresa amorosa.

En el vivir siempre somos lógicos con la lógica propia del ámbito en el que nos encontramos. Lo que a un observador le parece ilógico en la conducta de otro ser es el cambio de dominio lógico en su operar que surge sin razón aparente. Y es desde lo ilógico es que el otro se sorprende y regala la creatividad, o la locura, según le guste o no.

La creatividad es un regalo que otro le hace a uno al decirle que es creativo, porque se sorprende gratamente con que uno hace sin esfuerzo, de manera natural y espontánea. Por ello, lo creativo no surge de razonar, sino del emocionar: la sorpresa amorosa.

En el vivir siempre somos lógicos con la lógica propia del ámbito en el que nos encontramos. Lo que a un observador le parece ilógico en la conducta de otro ser es el cambio de dominio lógico en su operar que surge sin razón aparente. Y es desde lo ilógico es que el otro se sorprende y regala la creatividad, o la locura, según le guste o no.

Humberto Maturana

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Fuente:  Biología del Emocionar y Alba Emoting: Bailando juntos. Dolmen Ediciones, 1996.