Crónicas

Crónicas del Ser de Todos los Seres: Despierta y Conecta

 

El privilegio en estas formas de aire, noche y día. Mismo cielo.

En los criterios de todos nuestros momentos se alimenta la profunda libertad de ser siempre ahora lo que ya estamos siendo.

Convertirse en lo experimentado, nos regala presencia y volcán en cada piel sin tormento, aquí en este reino Retiro de Silencio, la tierra sin frío ni ausencias es testigo.

Ven, ven, ven, vamos más allá del más allá, juntas con cada hoja quebrada del inefable árbol fértil.

Somos dominio sin permanencia, vibrando este cantar universal. Suena y resuena el tambor por cada barranco del Ashram. Ya estamos muertos siempre vivas.

Silencio y Quietud
en esta Roca Azul

 

Pedro Brito,

Retiro de Silencio  en el Ashram Arautápala, La Hondura, La Orotava.
Febrero de 2020

Primeras nieves en Ryoku Shin

Qué suerte la nuestra al volvernos a encontrar, como copos de nieve al caer, en su viaje fugaz.

Qué preciosa sinfonía al juntarse los unos con los otros,
en su bonita danza armoniosa .

Qué bella geometría creada,
en la unión ante el mandala,
al tomar todos forma en él
con el calor de llama encendida.

Cantos que nacen del alma en la oración sincera y profunda por todos los seres vivientes, reverencias y respeto absoluto.

Sencillez y quietud. Suena el madero y el ser escucha el latido en su repicar. La mente parece callarse en el reposo calmado de ZaZen junto a la actitud humilde y compasiva del Maestro en este día invernal y soleado.

Primer ZazenKai llevado a cabo, con el inmenso regalo de esta preciosa nevada de enseñanzas y prácticas compartidas en la bella sierra madrileña junto a los pies de la firme y majestuosa montaña Anajarra y en el esplendor de la linda y bella naturaleza en su estado infinito de ser.

En este primer y entrañable encuentro, sin la posible apariencia de que podamos observar que este nevando hoy «qué lindo es ver caer las nieves en Ryokushin « mientras comemos juntos dentro del Dojo, en la armonía de la Sangha.

El agua del río corre,
la vida pasa……

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Zazenkai en Ryoku shin

Sobre el eterno fluir del río, la niebla baja. Árboles en quietud. Dentro del Dojo se comparte la experiencia en silencio.  Nadie sobre el zafu, nada bajo él.

Ayer 1 de febrero se celebró la primera jornada de meditación intensiva en Ryoku Shin, guiada desde el corazón y la experiencia por el maestro zen Denkô Mesa y Empar Roch. Con confianza y generosidad, 7 asistentes compartimos el encuentro al calor del fuego transformador del Dojo.

Para mí, practicante desde hace algún tiempo, la experiencia de la meditación es una experiencia única, poderosa. Sentarse y sentirse sobre el zafu es permitirse acceder a tu propio océano interno. Ese que no queremos observar o dejamos para más tarde, ese al que nos da miedo acercarnos. O por el contrario, ese al que permanecemos fijados de manera enfermiza, la imagen congelada de nosotros mismos. Unas veces contemplarás un mar en calma, otras, la tempestad, decía el maestro.

Siempre podemos recordar, al menos a mí me ayuda, que, aunque nos percibamos como una ola solitaria, también somos el océano y más allá, los múltiples océanos de las múltiples olas solitarias. Todo, finalmente, consiste es darse cuenta de lo interconectado en permanente movimiento y sí, permitírnoslo.

Al realizar el tiempo durante el samu (trabajo consciente) en la naturaleza, fuimos guiados por la experiencia de Jan, quien acertadamente nos señalaba que era importante gestionar nuestro propio esfuerzo y detenernos a observar el propio ritmo del entorno. Esto es fundamental en las labores de jardinería. –Es el entorno el que va pidiendo qué hacer, cómo hacerlo y cuándo- sin embargo, aquí de nada sirve querer ir más rápido, sólo hacer lo que es preciso que se haga en cada momento y saber esperar. Y esto, que parece tan sencillo, en realidad es el trabajo más difícil de todos).

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A donde sea que la Vía nos conduzca

El 1 de enero de 2020, la Comunidad Budista Zen Luz del Dharma dio la bienvenida al nuevo año con una ceremonia especial oficiada por el maestro y director espiritual Denkô Mesa.                              

Podría describir de una manera pragmática en qué consistió la ceremonia, pero como leí en alguna parte: «en cuanto comenzamos a juzgar, la magia de la vida se disipa.» Y precisamente la magia fue el motor de ese primer mediodía del año; una magia que emanaba de la armonía de los allí presentes, reunidos para empezar el 2020 en comunidad, en una complicidad esencial, creo, tan propia de los bodhisattvas, capaces del más profundo recogimiento aún rodeados de personas, siendo y sintiendo de forma individual, pero formando parte de un todo.

Comenzando con la invocación conjunta del Maka Hannya Haramita Shingyo (Sutra del Corazón) y terminando con la entrega al Kanzeon para abrir los corazones a la compasión por el cese del sufrimiento de todos los seres, el momento álgido de la ceremonia se concentró en la Ofrenda. Durante esta parte del rito, los pies se deslizaban lentamente, “tan solo andando”, sin emitir sonido y con plena conciencia. Al vaivén de esa suave cadencia contemplé absorta mecerse los pliegues de los kesa y los bajos de las faldas; casi una coreografía hipnótica en la que los Tres Objetos ofrecidos pasaban de unas manos a otras, entregados y recibidos (entre inclinaciones de respeto) con elegancia, delicadeza y amor.

El resto se diría que discurrió entre un sinfín de estímulos sensoriales: el discreto lenguaje de las flores y las coloridas frutas dispuestas con esmerado cariño sobre el altar, el incienso que podía saborearse en la boca cargando la atmósfera e inundando los pulmones, el agua perfumada proyectada por el aire para purificar a los asistentes y los bellos cantos ancestrales acompañados por la percusión. En un espacio generalmente destinado al silencio, resultaba sobrecogedor el efecto vibrante y penetrante del tambor ante cada gasshô, o la superposición de las voces recitando a distintas alturas.

El agradecimiento, la apertura, la entrega, la compasión, la confianza ante el futuro incierto…, todo se desarrolló frente al imperturbable rostro del Buda, envuelto en volutas de humo y acompañado de la vela, siempre presente. En un día como ese, de inicio de un periodo, de un ciclo y de un nuevo año, simbolizaban más que nunca la búsqueda de una actitud correcta y serena que alimente la llama, para que caliente e ilumine, como mínimo, los otros 364 días del año.

Y en un día como ese, tras escuchar a los agradecimientos y buenos deseos de los demás compañeros, dije, con total sinceridad, que no imaginaba mejor forma de empezar el año que siendo testigo de aquella emotiva ceremonia. Me faltó añadir, por descontado que estaba, como estoy ahora, deseosa de aprender, compartir y de acompañarlos durante el resto del camino. Sea a donde sea que la vía nos conduzca.

Gracias maestro, gracias a todos.

Por Zuleyma Guillén