Por Pilar Álvarez

El primer día de un nuevo año amanece y con él una nueva posibilidad, una nueva esperanza, esta vez rodeada de hermanos de la sangha en un escenario diferente, pero con el mismo sentir.

Tras desayunar juntos, iniciamos el camino. La luz del sol ilumina el sendero hasta nuestro lugar de práctica y un sinfín de verdes se presentan a nuestro alrededor.

Llegamos, si es que hay que llegar algun lado, y nos sentamos bajo el cuidado de un fastuoso pino. Comienza lo que nunca empieza, ni termina. Y sientes…

Sientes la brisa, el murmullo del viento, el aleteo de los pájaros, el danzar de los pinos que forman una comunidad interdependiente, sientes la unidad con todos los seres.

De repente, se oye un canto milenario y volvemos al sendero después de haber experimentado el primer despertar de un nuevo año.