La relación discipular

La relación discipular

La transformación en la vía espiritual es siempre un paso hacia una mayor conciencia y responsabilidad que deben hacerse presentes en nuestros actos más cotidianos e inmediatos. En la época contemporánea tenemos acceso al mundo interior a través de diferentes técnicas psicológicas, filosóficas, terapéuticas o espirituales. Sin embargo, cuán a menudo su uso ha sido pervertido en beneficio de las ganancias personales o bien acaba siendo digerido por un supuesto bienestar individual que a menudo todo se disfraza bajo el lema del autodesarrollo.

 

La vía espiritual es siempre un paso hacia una mayor conciencia y responsabilidad.

 

Hoy en día que estamos tan necesitados de referencias objetivas, el zen nos proporciona una adecuada orientación existencial a través de una permanente reeducación de la mirada. El budismo parece ser que está tomando una fuerza inusitada en Europa, en Occidente, especialmente el budismo zen que ya aparece en frascos de colonia, jabones para el cuerpo, marcas de ropa, etc. Pero la práctica del zen no es una moda pasajera, ni algo adscrito a marcas comerciales, es una experiencia Real (con mayúsculas) que nos permite tener la posibilidad de conectar en verdad con quiénes somos y de qué va esto. Es una certitud que se está transmitiendo, ininterrumpidamente de generación en generación desde hace muchos siglos, milenios. El budismo zen es un medio adecuado de reeducación existencial, con una metodología clara y definida que ha sido consensuada por muchos maestros y meditadores de distintos países, épocas y lugares diversos, pues todos llegaron a la misma experiencia del despertar.

 

¿Cómo sabemos si estamos desarrollando este proceso interno y externo de una forma adecuada? Esta es la importancia de practicar junto a un maestro, un ser humano que también está en su proceso de auto descubrimientos pero que ya ha pasado, quizá, con desenvoltura sobre algunos paisajes. Como queda reflejado en el prólo del libro Zen: entrega y confianza: esa exigencia que caracteriza la labor del maestro, que no sólo se puede contentar con el trabajo propio o con seguir lo que otros dicen, sino que tiene que saber mirar desde su corazón de sensei en el corazón de sus discípulos y transformar ese lenguaje compartido, pero carente de palabras, en enseñanza, en dharma vocalizable, plasmable en conceptos hechos escritura.

 

Transformar ese lenguaje compartido, pero carente de palabras, en enseñanza.

 

 

Nuestra cultura y sociedad actual, más preocupada en el desarrollo desmedido del capitalismo y de la facturación rápida de las satisfacciones inmediatas, que no verdaderas, nos proporcionan pocos modelos (por no decir ninguno) de cómo encontrar y trabajar adecuadamente con los maestros espirituales. En nuestros tiempos, hemos perdido el maravilloso espíritu del aprendizaje y, esencialmente, en épocas de grandes cambios o experiencias de despertar espontáneo, descubrimos que sin el apoyo de un guía, un maestro experimentado y una práctica sistemática, estas experiencias pasan completamente desapercibidas.

 

Así pues, estudiar con un maestro zen no significa renegar de nuestra propia responsabilidad y debemos prestar mucha atención en no caer en las proyecciones idealizadas. Nadie puede sentarse ni sentirse por ninguno de nosotros. El practicante debe practicar por él mismo. Hay un famoso dicho que repetimos hasta la saciedad: “No confundas la luna con el dedo que la señala”. El maestro no te controla, pero sí te dirige en una dirección adecuada. Está en tu libre elección seguir ese camino indicado o no hacerlo.

 

El maestro no te controla, pero sí te dirige en una dirección adecuada.

 

El Budha dijo: “Eres tú el que has de esforzarte, los Tathagatas son sólo maestros”. Si a Shidharta Gautama se lo puede calificar de sabio, es debido únicamente a que descubrió y mostró los pasos hacia la verdadera liberación, pero somos nosotros los que hemos de recorrer el camino por nosotros mismos. Dicho esto, recordemos que no es únicamente en el budismo donde encontramos la referencia de un guía y orientador de las experiencias. La misma civilización occidental comenzó sus pasos hacia el conocimiento de la mano de pensadores como Sócrates, quien con su método didáctico denominado mayéutico (mayeusis en griego significa “ayudar a encontrar la luz”) situaba a sus discípulos en las experiencias cognitivas.

 

La relación discipular con el maestro te ayuda y aconseja en tu interno proceder. En nuestra tradición, el progreso y aprendizaje, en y de la práctica, no pueden darse en solitario. De ahí la importancia de establecer una relación discipular. Por todo ello, en el budismo zen la figura del maestro es una clave en el proceso del aprendizaje de todo practicante, pues lejos de caer en las redes de las auto referencias, siempre tiene la posibilidad de confrontar sus logros, dudas o avances en el camino con el maestro.

 

El progreso y aprendizaje, en y de la práctica,

no pueden darse en solitario, de ahí la importancia de establecer

una relación discipular.