El 1 de enero de 2020, la Comunidad Budista Zen Luz del Dharma dio la bienvenida al nuevo año con una ceremonia especial oficiada por el maestro y director espiritual Denkô Mesa.                              

Podría describir de una manera pragmática en qué consistió la ceremonia, pero como leí en alguna parte: «en cuanto comenzamos a juzgar, la magia de la vida se disipa.» Y precisamente la magia fue el motor de ese primer mediodía del año; una magia que emanaba de la armonía de los allí presentes, reunidos para empezar el 2020 en comunidad, en una complicidad esencial, creo, tan propia de los bodhisattvas, capaces del más profundo recogimiento aún rodeados de personas, siendo y sintiendo de forma individual, pero formando parte de un todo.

Comenzando con la invocación conjunta del Maka Hannya Haramita Shingyo (Sutra del Corazón) y terminando con la entrega al Kanzeon para abrir los corazones a la compasión por el cese del sufrimiento de todos los seres, el momento álgido de la ceremonia se concentró en la Ofrenda. Durante esta parte del rito, los pies se deslizaban lentamente, “tan solo andando”, sin emitir sonido y con plena conciencia. Al vaivén de esa suave cadencia contemplé absorta mecerse los pliegues de los kesa y los bajos de las faldas; casi una coreografía hipnótica en la que los Tres Objetos ofrecidos pasaban de unas manos a otras, entregados y recibidos (entre inclinaciones de respeto) con elegancia, delicadeza y amor.

El resto se diría que discurrió entre un sinfín de estímulos sensoriales: el discreto lenguaje de las flores y las coloridas frutas dispuestas con esmerado cariño sobre el altar, el incienso que podía saborearse en la boca cargando la atmósfera e inundando los pulmones, el agua perfumada proyectada por el aire para purificar a los asistentes y los bellos cantos ancestrales acompañados por la percusión. En un espacio generalmente destinado al silencio, resultaba sobrecogedor el efecto vibrante y penetrante del tambor ante cada gasshô, o la superposición de las voces recitando a distintas alturas.

El agradecimiento, la apertura, la entrega, la compasión, la confianza ante el futuro incierto…, todo se desarrolló frente al imperturbable rostro del Buda, envuelto en volutas de humo y acompañado de la vela, siempre presente. En un día como ese, de inicio de un periodo, de un ciclo y de un nuevo año, simbolizaban más que nunca la búsqueda de una actitud correcta y serena que alimente la llama, para que caliente e ilumine, como mínimo, los otros 364 días del año.

Y en un día como ese, tras escuchar a los agradecimientos y buenos deseos de los demás compañeros, dije, con total sinceridad, que no imaginaba mejor forma de empezar el año que siendo testigo de aquella emotiva ceremonia. Me faltó añadir, por descontado que estaba, como estoy ahora, deseosa de aprender, compartir y de acompañarlos durante el resto del camino. Sea a donde sea que la vía nos conduzca.

Gracias maestro, gracias a todos.

Por Zuleyma Guillén