Seré breve, como el Hokyō Zanmai, porque en eso precisamente es donde radica la belleza y la enseñanza que me ha transmitido.

El Samadhi del Precioso Espejo, obra del maestro chan Tozan Ryōkai, figura central del budismo Chan chino del siglo IX, es una invitación a un paseo silencioso y solitario a través de la inmensidad de nuestro propio camino.

Ofrece indicaciones precisas y, al mismo tiempo, preciosas. Pequeñas chispas que remueven algo dentro de nosotros. Pequeños ecos que resuenan en lo más profundo del alma. No pretende enseñar nada en el sentido habitual, sino mostrar la esencia del camino, que no es otra que recorrerlo. Una tarea simple, como el shikantaza: simplemente siéntate, simplemente recorre el camino, parece decirnos, sin ninguna otra pretensión.

El texto posee una simplicidad bellísima y profunda, una belleza silenciosa que abre una puerta hacia la soledad inmensa de nuestra propia mente. Al leerlo, uno siente cómo se abre al sunyata, cómo el poema señala realidades que van más allá de los sentidos y que no pueden expresarse plenamente con palabras. Porque, como bien dice el texto, «la conciencia no es lenguaje». Y eso es precisamente lo que transmite este poema: permite viajar a lo más profundo de uno mismo, para encontrar aquello que ya estaba ahí, aunque escondido entre las ilusiones de este mundo.

Sin darte cuenta, al empezar a leer, percibes una pequeña luz, diminuta como la llama de una vela, pero capaz de alumbrar las zonas desconocidas de nuestra mente, donde habitualmente no queremos mirar. Esa pequeña luz va creciendo, incluso cuando hay pasajes que al principio no comprendes. Aún así, no sientes que son incomprensibles, sino que simplemente permanecen ocultos. Con la luz adecuada, podrás verlos con claridad. Gracias a la luz del maestro.

El Hokyō Zanmai es algo parecido a una brújula: te indica dónde mirar, pero no qué ver. Eso debes descubrirlo tú. Es como un mapa de Terra Incógnita, aunque, cuando comienzas a recorrer esos territorios, descubres que en realidad ya has estado allí, que ya los conocías, pero que ahora los redescubres de otra manera, con los ojos de otra vida más dentro de los eternos ciclos del samsara. Tal vez reencontrarnos con el origen de nuestro ser sea la finalidad. Siempre he tenido esa sensación. Estamos aquí para volver al origen, y el Samadhi del Precioso Espejo parece recordármelo. Aunque, al mismo tiempo, también me dice que no hay fin ni dualidad. Solo el camino del ciclo infinito en el que ya estamos.

Ir frase a frase, resumiendo sus ideas, sería perder la esencia de este precioso poema. Igual que cuando abres una botella de perfume y lo hueles durante demasiado tiempo, acaba dejando de oler.

 

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