Tres palabras son claves en este arte de la meditación sedente: coraje, paciencia y aceptación. Veamos.

Necesitamos personas integrales que se entreguen con coraje a la práctica del Dharma. Tener CORAJE es sinónimo de tener valor, de “echar el corazón por delante”. El coraje no es la simple ausencia de miedo, sino la conciencia de que hay algo importante por lo que merece la pena arriesgarse. Debemos entenderlo como una valentía serena que nos permite afrontar todo tipo de obstáculos sin huir de ellos. ¿Qué nos ha traído hasta aquí? El impulso de ser felices y mejores personas por tanto.

El coraje se alimenta de la PACIENCIA, pues es el valor de permanecer tranquilos ante lo que acontece en el presente. Templanza de ánimo es lo que la práctica necesita.

Cuando podemos permanecer tranquilos ante emociones desagradables, esta ACEPTACIÓN empieza a liberarnos del hábito de las reacciones compulsivas y equivocadas, nos permite quedarnos cómodos y en paz. Cuando no generamos la lucha en nuestro interior, vivimos la no separación. He aquí la llave de la interacción y de la felicidad conjunta.

¿Cuál es la gran lección de la práctica?

Lo importante no es lo que está o no sucediendo en estos momentos, sino la actitud y el modo con que nos relacionamos con ello.