Autor: Denko

La unicidad inseparable de sabiduría y compasión

Un  dhāraṇī es una enseñanza que se sitúa amorosamente entre el mantra y el sutra. Del mantra toma la fuerza vibratoria, la repetición rítmica y la capacidad de facilitar la esencia de la mente a través del sonido. Del sutra toma la profundidad espiritual, la intención de la enseñanza y su transmisión, aunque no se exprese mediante conceptos. Es por eso que, un dhāraṇī  no se estudia, uno se abre a la vulnerabilidad bien entendida y se deja impregnar. Es una enseñanza condensada en sonido, una sabiduría que se transmite por resonancia. Un dhāraṇī  es un camino sonoro que abre, limpia, orienta y despierta.

El Daihi Shin Dhāraṇī, conocido como el Dharani del Gran Corazón, procede de un texto sánscrito asociado a Avalokiteśvara, el Bodhisattva de la gran sabiduría y la gran compasión que escucha el sufrimiento del mundo. Hacia el siglo VII, el monje indio Bhagavad-dharma lo traduce al chino durante la dinastía Tang. Desde China se difunde por Corea y Japón, integrándose en las prácticas devocionales del Mahāyāna. En la tradición Sōtō Zen se recita en ceremonias y otros ritos.

No es un texto filosófico ni un tratado sobre una doctrina. Es una corriente de compasión puesta en palabras, una medicina sonora para el sufrimiento, transmitida de generación en generación. El Daihi Shin Dhāraṇī es una invocación a la compasión iluminada, pero no a una compasión sentimental, sino a la compasión activa que nace de la sabiduría profunda. Su estructura esencial podría resumirse así:

  1. Veneración inicial 

Nos inclinamos ante Avalokiteśvara, reconociendo su presencia despierta. Es un gesto de apertura y humildad.

  1. Invocación de la sabiduría-compasión. 

Recordamos que Avalokiteśvara ve profundamente la realidad y esa visión clara se transforma en acción compasiva.

  1. Petición de purificación

Pedimos que se limpien las impurezas del mundo, que son también las impurezas de nuestra mente: ignorancia, apego, ira.

  1. Compromiso del practicante.

Al recitarlo, afirmamos nuestro deseo de vivir desde un corazón universal, capaz de abrazar el sufrimiento sin perder la serenidad.

El Daihi Shin Dhāraṇī es un puente entre ver y actuar, entre comprender y cuidar, entre sabiduría y compasión. En resumidas cuentas, tal como se expresa en el Sutra del Gran Corazón y en el texto que citamos, la sabiduría y la compasión no son dos caminos distintos, sino un único movimiento del corazón despierto. 

El dhāraṇī comienza, dirigiendo nuestra mente corazón hacia Avalokiteśvara, el Bodhisattva de la Verdadera Libertad. En el Sutra del Corazón se nos presenta a Avalokiteśvara contemplando en esencia este mundo de formas y, gracias a la comprensión de la Gran Sabiduría, ayuda a todos los seres que sufren. En esa frase inicial ya se revela una enseñanza esencial: la sabiduría no es un conocimiento frío, sino una fuerza que, al comprender la naturaleza de todas las cosas, se transforma espontáneamente en compasión activa. Cuando Avalokiteśvara ve la vacuidad de los cinco agregados, no se limita a una visión intelectual. Esa comprensión abre un espacio interior donde desaparece el miedo, se disuelven las ilusiones y surge la capacidad de aliviar el sufrimiento de los demás. Por eso se dice que sabiduría y compasión no son dos caminos distintos, sino un único latido del corazón despierto. 

En esta misma línea, el Daihi Shin Dhāraṇī nos ofrece una práctica que hace efectiva esa unión. Comienza con una veneración, un reconocimiento humilde y sincero de la presencia iluminada del Bodhisattva. Al recitarla, entramos en consonancia con su energía dinámica, con su mirada clara y su compasión ilimitada. Es un gesto de apertura: dejamos que Avalokiteśvara sea nuestro guía interior. Continuamos con una petición profunda: pedimos que se limpien las impurezas del mundo. No se trata solo de una purificación externa, sino también de una transformación interior. Las impurezas del mundo son también las impurezas de nuestra mente: la ignorancia, el apego, la ira. Al recitar esta parte, reconocemos que la purificación del mundo comienza en nosotros mismos. Pedimos que la luz de la sabiduría disipe nuestras sombras y que la compasión nos permita actuar con claridad y benevolencia. Así, el Dharani se convierte en una vía de unión entre la comprensión y la acción. Nos recuerda que la práctica no es solo meditación o estudio, sino también servicio, escucha, presencia y cuidado hacia todos los seres. Cada vez que lo recitamos, reafirmamos nuestro compromiso de cultivar un corazón infinito, capaz de abrazar el sufrimiento del mundo sin perder la serenidad.

Que este Daihi Shin Dhāraṇī  nos devuelva una y otra vez, a la mirada que comprende y al corazón que abraza. 

Que la sabiduría ilumine la compasión y que la compasión abrace la sabiduría, como dos manos que se encuentran en gasshō

Que cada recitación sea un paso calmado y consonante, hacia el corazón ilimitado de todos los seres.

Por Carlos Hernández

Redactado para el Grupo de Estudios Budistas

Comunidad Budista Zen Luz del Dharma

COMO LAS MAÑANAS DE PRIMAVERA, SIEMPRE CON LUZ

Seré breve, como el Hokyō Zanmai, porque en eso precisamente es donde radica la belleza y la enseñanza que me ha transmitido.

El Samadhi del Precioso Espejo, obra del maestro chan Tozan Ryōkai, figura central del budismo Chan chino del siglo IX, es una invitación a un paseo silencioso y solitario a través de la inmensidad de nuestro propio camino.

Ofrece indicaciones precisas y, al mismo tiempo, preciosas. Pequeñas chispas que remueven algo dentro de nosotros. Pequeños ecos que resuenan en lo más profundo del alma. No pretende enseñar nada en el sentido habitual, sino mostrar la esencia del camino, que no es otra que recorrerlo. Una tarea simple, como el shikantaza: simplemente siéntate, simplemente recorre el camino, parece decirnos, sin ninguna otra pretensión.

El texto posee una simplicidad bellísima y profunda, una belleza silenciosa que abre una puerta hacia la soledad inmensa de nuestra propia mente. Al leerlo, uno siente cómo se abre al sunyata, cómo el poema señala realidades que van más allá de los sentidos y que no pueden expresarse plenamente con palabras. Porque, como bien dice el texto, «la conciencia no es lenguaje». Y eso es precisamente lo que transmite este poema: permite viajar a lo más profundo de uno mismo, para encontrar aquello que ya estaba ahí, aunque escondido entre las ilusiones de este mundo.

Sin darte cuenta, al empezar a leer, percibes una pequeña luz, diminuta como la llama de una vela, pero capaz de alumbrar las zonas desconocidas de nuestra mente, donde habitualmente no queremos mirar. Esa pequeña luz va creciendo, incluso cuando hay pasajes que al principio no comprendes. Aún así, no sientes que son incomprensibles, sino que simplemente permanecen ocultos. Con la luz adecuada, podrás verlos con claridad. Gracias a la luz del maestro.

El Hokyō Zanmai es algo parecido a una brújula: te indica dónde mirar, pero no qué ver. Eso debes descubrirlo tú. Es como un mapa de Terra Incógnita, aunque, cuando comienzas a recorrer esos territorios, descubres que en realidad ya has estado allí, que ya los conocías, pero que ahora los redescubres de otra manera, con los ojos de otra vida más dentro de los eternos ciclos del samsara. Tal vez reencontrarnos con el origen de nuestro ser sea la finalidad. Siempre he tenido esa sensación. Estamos aquí para volver al origen, y el Samadhi del Precioso Espejo parece recordármelo. Aunque, al mismo tiempo, también me dice que no hay fin ni dualidad. Solo el camino del ciclo infinito en el que ya estamos.

Ir frase a frase, resumiendo sus ideas, sería perder la esencia de este precioso poema. Igual que cuando abres una botella de perfume y lo hueles durante demasiado tiempo, acaba dejando de oler.

 

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Guía de meditación zen

Fundamentos, pautas y desarrollo

El zen, especialmente en su forma tradicional Sōtō, es un camino espiritual que no alimenta los fuegos artificiales de la mente, ni acumula méritos con la intención de ganar algo. Al contrario, el lector encontrará en términos fundamentales de la mencionada escuela, tales como shikantaza, solo sentarse, el núcleo central de las enseñanzas budistas zen. Esta simple actitud —presencia total sin meta ni objeto— es el corazón palpitante de esta tradición transmitida de maestro a discípulo desde el Buddha Shakyamuni hasta nuestros días. La invitación es clara: siéntate, respira, abandona todo afán y confía. La verdad acontece sin esfuerzo.

Deben abandonar una práctica basada en la comprensión intelectual, corriendo detrás de las palabras y tomándolas al pie de la letra. Deben aprender a dar media vuelta y dirigir la luz hacia su interior e iluminar su verdadera naturaleza. El cuerpo y el espíritu se desvanecerán por sí mismos y el rostro original aparecerá. Si quieren alcanzar el despertar, deben practicar sin demora (Fukanzazengi)

La presente guía va más allá de ser considerada un manual sobre la meditación. Estamos ante un espejo pulido con paciencia, destinado a reflejar el rostro original que cada lector lleva oculto bajo las máscaras del ego. No ofrece un conocimiento para acumular, sino para experimentar. Propone un vaciamiento, una entrega silenciosa a lo que siempre ha estado aquí, pero que habíamos olvidado mirar. En su esencia, esta obra es una exhortación amorosa y clara para sentarse en la postura de meditación y simplemente encontrarse.

 

El maestro Eihei Dōgen, cuya voz resuena en cada rincón de esta guía, nos recuerda que la práctica es, en sí misma, iluminación. No hay un después en el que algo se logre. «Estudiar el camino del Buddha es estudiarse a uno mismo. Estudiarse a uno mismo es olvidarse de uno mismo», nos dice en su obra magna el Shōbōgenzō. Aquí podemos encontrar y obtener orientaciones precisas para transitar por la senda del despertar, un espejo más entre los espejos. Las palabras no apuntan a sí mismas, sino que desaparecen como el rocío al amanecer, para dejar que lo real brille con luz propia.

Una obra que invita a la experiencia directa del Zen Sōtō: la práctica de shikantaza o “solo sentarse”. Más que un manual de meditación, es un espejo que revela el rostro original del ser, una guía hacia la presencia total sin metas ni artificios. Siéntate, respira y deja que la verdad acontezca sin esfuerzo. 

Enlace a la web:

https://chinmayam-ediciones.com/libro/guia-de-meditacion-zen/

 

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MONDO: ¿Qué hacer durante zazen?

«¿Qué hacer durante zazen?»

En el ámbito de un retiro de meditación como este, también hay espacio para hacer una pregunta pública. Esta actividad se llama mondō (jap. 問答, ch. wèndá).El practicante se aleja de la privacidad del encuentro personal con el maestro en su habitación y en la gran sala (zendō), si le surge o le ha venido alguna cuestión, es el momento de exponerla y recibir la respuesta.

Al principio, cuando inicié la práctica, la manera de hacer esta puesta en escena era que delante del maestro hay un zafuton. La persona se levanta de su sitio, lo cual es todo un proceso representativo y simbólico, pues se sale de la zona de confort al levantarse en público. Te acercas, saludas (en aquella época se hacía sampai) delante del maestro y entonces se hacía la pregunta mirando a los ojos. Se recibía lo que fuere y luego, se volvía a hacer las postraciones y la persona retornaba a su sitio.

Ahora, siéntanse tranquilos, siéntanse cómodos. Este no es ningún examen, más bien es un compartir de corazón. Por lo tanto, si hay alguna pregunta, ahora es el momento y gustosamente me abriré a ver qué respuesta viene. Dicho esto, quien necesite hablar, juntas las manos (gasshō) y ya sabré que alguien quiere preguntar

Practicante: ¿Qué hacer durante zazen? ¿Nada, no pensar? La verdad es que he intentado practicar eso también, pero a veces, ¿no hay que hacer algo y decidir, pues no sé, pues de contar respiraciones? ¿Se trata de hacer lo que quiera? A veces es un agobio intentar no hacer nada.

Maestro: ¿Está mal, está bien? ¿Hay que hacer, hay que no hacer? Obsérvate y mira a ver de dónde surge todo ese discurso. Esa es la mente loca trabajando excesivamente.  Esta mente activa y condicionada se mueve a través de la manipulación y del control, haciéndote creer que hay algo que debes hacer.

Tú conoces también la expresión china Wu Wei (無為), hacer sin hacer. Tú eres un artesano de la conciencia, de la pintura que hemos compartido. Recuerda cómo jugábamos con la colección que creamos juntos, llamada shōken, tratando de atrapar la luz. De haberlo hecho así, no nos saldría nada. Hicimos un juego creativo a través de la conexión del corazón y de la simplicidad de la palabra y del gesto. Nos enfrentamos a un lienzo abierto en blanco. A veces él me pasaba una acuarela, que yo no sé si la había hecho o no hecho, y a veces yo le compartía unas pinceladas con unas palabras que no se sabe si alguien las había hecho o no hecho. El caso es que cuando se fundió ese hacer con un no hacer, se presentó una obra llamada shōken.

Comprendo que en tu mente y en algunos de nosotros este retiro pueda crear un cierto desconcierto porque llevo años hablando de la didáctica de cómo hacer durante zazen. Eso está bien está bien, pues la concentración, la observación son facultades de la mente. La clave está en permanecer receptivos desde el no hacer nunca desde el hacer. La clave está en abrirnos a ese lenguaje de lo inaudito y que no tiene nombre. Soltar cualquier tipo de soporte es una experiencia auténtica. Quizá, observa si detrás de ese planteamiento que formulas hay algo de miedo o de una necesidad de aferrarte a algo.

La transmisión de la luz se produce más allá del pensamiento habitual ordinario. Esta experiencia reúne tanto el hacer como el no hacer, más bien acontece en un siendo, en un fluyendo. Por eso, te comenté al principio que ojo no con lo que verbaliza la mente, pues hablabas de bien o mal, hay que hacer o no hay que hacer. Es dual ese planteamiento. Lo que estoy proponiendo es una invitación al verdadero abandono del abandono y claro verbalizar esto en palabras, tiene el peligro de que la mente crea que tiene que escuchar algo. Por eso al Buddha se lo llamó «El Gran Silencioso».

En el silencio en la quietud del samādhi todo está aconteciendo de manera natural.

¿Para qué esforzarse?

¿Para qué intentar nada, si ya somos nada?