
La vida es un proceso y no un estado definitivo. El universo vibra en mutación constante. Siempre ha sido así, lo es ahora y lo será en un futuro impredecible. El tiempo como tal no existe, es una medida que utiliza el ser humano para vincularse con la realidad, tratando de asegurar con ello la continuidad de sus apegos. Bajo el prisma y la medida de las estaciones, es movido por su anhelo de quietud y se aleja del único instante verdadero, éste del ahora donde todas las relaciones se suceden en una danza sin igual. Nada nace, nada muere, todo es un suceso atemporal de infinitud. El hombre y la mujer que incrustan la mirada en un punto definido, padecen en cuerpo y alma los venenos de la posesión ilusoria.
La meditación zen es sobre todo una experiencia de expansión de la conciencia que permite una captación sensorial más amplia, una transmisión de las señales más fluida, un procesamiento de la información más completo y, por lo tanto, una reacción más adaptada a la realidad. La conciencia expandida propia de la meditación zen no es ya identificable a la actividad del yo consciente (lóbulo frontal), sino que incluye también actividad inconsciente (cerebro profundo), trascendiendo esta división categórica y generando un tipo de actividad nerviosa holística e integradora. San Juan de la Cruz expresó este estado en sus famosos versos: «No saber sabiendo, toda ciencia trascendiendo».
El budismo zen no es una vía mágico-mítica que contempla realidades paranormales que el practicante deba alcanzar o seguir como un nuevo dogma de fe. Al finalizar cada jornada el responsable de las ceremonias insta a los meditadores a tomar conciencia del paso del tiempo, a abrir bien los ojos a fin de percatarse que el universo es un continuo fluir que va de la vida hacia la muerte, de la muerte hacia la vida. Tomar conciencia de esta realidad universal es el fundamento del espíritu del despertar.
El Zen es una ciencia espiritual que optimiza los recursos de la atención de manera plena y eficiente. Es una alta tecnología del conocimiento que resuelve la incógnita del por qué estamos aquí y quiénes somos. Para que esta experiencia cognitiva dé los resultados esperados, es bien importante generar una actitud de entrega y no resistencia al proceso depurador al que nos sometemos libremente instante tras instante.
La postura como templo consiste en sentarse sin fricciones, permanecer sereno como una montaña estable, siendo consciente de la amplitud del corazón donde todos los seres tienen cabida. Abajo entre las manos el poder de la luz queda protegido. Generosa es la vía que une el cielo y la tierra. Al principio céntrate en la verticalidad de una columna estable. Visualiza el canal central que atraviesa de arriba hasta abajo cada uno de tus chacras. La energía proveniente de la vacuidad va de la tierra al cielo y del cielo a la tierra. En cuanto a la respiración déjate reconfortar por el apacible vaivén de la inspiración y la espiración. Permanece tranquilo en el no tiempo. Deja que la mente vaya o venga, pero si asoma en ti el ensimismamiento, vuelve al cuerpo y retoma todo contacto con él. Cuando todo se presenta tal cual es, el ojo del discernimiento te acompaña. De esta manera ves la naturaleza dinámica de los fenómenos y la libertad de todas las relaciones. Permanece en la postura y hallarás la paz del despertar.