Pulsa.

Pulsa.

Pulsa.

 

Ya llega,

la siento,

la percibo.

 

Con ella se desnuda toda forma

y toma cuerpo

de palabra acicalada.

 

El céfiro montés sopla hoy con una fuerza extraordinaria,

anda suelto en las laderas del barranco.

¡Qué contento baja,

silbando alegre en su paseo entre tabaibas y cardones!

 

El cielo, que también se deja acariciar,

muestra sólo la cara del asombro

pues se queda enteramente ensimismado viendo

el paso blanco del celaje

que transita libre en los espacios,

en un juego eterno con la brisa.

 

La siento,

la percibo nuevamente.

 

La conciencia lo abarca,

todo.

El hombre se sabe iluminado.

Así, lo transmite,

y comparte con los otros la experiencia

y es por ello que se siente hoy feliz, entero y satisfecho.