Debemos saber que apenas hace 50 años comenzaron a llegar los primeros maestros budistas orientales a occidente. Por otra parte, nos encontramos hoy en día con nuevas generaciones de maestros, tal es mi caso, que ejercemos la docencia, transmitiendo enseñanzas y dando a conocer esta vía de conocimiento.

Por este hecho, carecemos aún de una perspectiva histórica que nos permita vislumbrar lo que el budismo puede llegar a ser para los occidentales. Es ahora cuando el budismo se encuentra frente al imperativo histórico de integrarse en las sociedades y en las culturas modernas. Para ello, debe desprenderse del bagaje cultural y étnico asociado a las sociedades orientales que imposibilitan o dificultan una adecuada integración. Por ejemplo, no podemos practicar con un kimono de mangas largas y de color negro en el mes de verano en Agaete donde la temperatura y humedad en la sala puede alcanzar más de 40º en algunas ocasiones.

Por un lado el budismo es muy atractivo para el mundo moderno porque es razonable y tiene bases científicas. Los avances en el estudio del cerebro, como las técnicas de neuroimagen y procesamiento computarizado de las señales electro-encefalográficas, hace que estemos en condiciones de estudiar los correlatos neurobiológicos de los pensamientos y de las emociones con una grado de precisión tanto espacial como temporal, algo que hace unos 20 ó 30 años resultaba inimaginable. Estas técnicas nos están permitiendo conocer la interacción mente-cerebro por primera vez en la historia de la humanidad.

Recientes investigaciones indican que las personas que practican regularmente la meditación presentan una mayor cantidad de pliegues en su corteza cerebral. Se considera que cuantos más pliegues tenga la corteza cerebral, mejor es el funcionamiento del cerebro. Por otra parte, también se ha constatado que las personas tienen una especial capacidad para cultivar emociones positivas e implicarse en un comportamiento plenamente consciente. Según otros experimentos realizados, se ha detectado que el cerebro del meditador vibra a un nivel de ondas electromagnéticas theta, estado de conciencia que tiene la característica de aumentar la capacidad de sugestión y aprendizaje. En este estado de presencia, como me gusta llamarlo, surgen y se mantienen sin esfuerzo patrones saludables, tales como la capacidad de auto observación y gestión de las emociones y pensamientos, una habilidad metacognitiva que se traduce en un bienestar integral de la persona en su día a día.

Sumado a esto vemos que a la gente moderna le gusta el enfoque no dogmático del budismo. En el budismo, no se siente necesaria la figura de ningún dios o ser externo a nosotros mismos para ayudarnos a disolver el sufrimiento. Éste el nivel de las creencias que es la forma más baja de compromiso religioso. Es una regresión infantil cuasi edípica en la que proyectamos fuera de nosotros la salvación, la solución de nuestros sufrimientos. 

La forma más madura, profunda y completa de experiencia religiosa es aquella en la que la experiencia de lo trascendente se manifiesta en la vida cotidiana del practicante. De poco vale alcanzar una visión superior de forma puntual, si después no sabemos cómo vivir nuestra vida de cada día de acuerdo a esa visión. En este punto, la experiencia religiosa de Unidad trascendente se convierte en experiencia religiosa inmanente.

La verdadera experiencia religiosa no es sólo la que vivimos en las cimas de las montañas, en la soledad de nuestro retiro, o en la perfecta contemplación del estado de meditación, sino la que somos capaces de vivir y de compartir en nuestras relaciones y situaciones cotidianas. Aquí, el sabio, el asceta, el místico vuelve a ser un ser humano común al integrar las visiones superiores con la cotidianidad.

(Fragmento de la conferencia impartida en la Universidad de La Laguna el año 2016)