Somos esclavos de las palabras y la lógica. Nuestra mayor aspiración en este mundo es la realización de nuestra auténtica naturaleza original. Si queremos ver algo trascendente en lo inmanente, si queremos ver en lo material el reino de lo intangible, si queremos reposar en el seno de la felicidad, debemos liberarnos de todas las condiciones mentales y para esto es necesario lograr un nuevo punto de vista, debemos desmantelar nuestro razonamiento tradicional. Y en este sentido el zen es radical y efectivo. Los maestros zen usan pueden llegar a usar los métodos más irracionales que existan con tal de que su alumnado alcance la iluminación, la experiencia del despertar pleno de la conciencia atenta. Así pues, mientras que pecamos al buscar la salida o la verdad pensando sobre ello, dialogando en exceso, discutiendo en definitiva sin llegar a un consenso globalizador, el budismo zen fundamenta la experiencia meditativa en el silencio, la gran puerta de acceso al despertar de la conciencia. El secreto del zen consiste en sentarse, simplemente, sin una meta concreta, sin ansiedad, sin prisas, sin propósitos, aquí y ahora, en absoluto recogimiento, en plena absorción. Una máxima china dice: “cuando las aguas se serenan, hasta en las aguas turbias se reflejan las estrellas”.

El zen nos habla de una realidad última que está en todo, que es todo, pero que está más allá de todo concepto, porque no cabe en ningún concepto. Es una “realidad velada”, tan real como lo que vemos y tocamos, pero que sólo se alcanza mediante el gran silencio; el zen cree que aunque el ser humano vive agitado por las ansias, los deseos, las preocupaciones y el exceso, en el fondo de su corazón se oculta una luz de felicidad, amor y plena potencialidad energética. El zen intenta ponernos en contacto con esta realidad interior soterrada. Todos los místicos han insistido en este mismo silencio donde se hace presente la luz, la paz, la presencia.

La conciencia humana es el producto final de un complejo proceso o conjunto de procesos entre los que podemos destacar el biológico, emocional, mental (conceptual) y espiritual. Cuando la conciencia que el ser humano tiene de la realidad, no concuerda con lo que la realidad es en sí, hablamos de un error de percepción o ignorancia. Esta consciencia ilusoria impide a la vida humana adaptarse adecuadamente a la realidad en la que vive, generando problemas de adaptación (comportamientos erróneos) que adoptan formas de conflictos, desequilibrios y enfermedades, cuyo resultado último es el dolor y el sufrimiento.

En la base del error cognitivo se halla una atención incorrecta. Por ejemplo, un francotirador escondido entre la maleza, esperando para disparar a su enemigo, podría estar perfectamente consciente de todo lo que ocurre en cada momento. Sin embargo, por el hecho de tener la intención de matar, está practicando una atención consciente incorrecta. De hecho, lo que él está practicando es la mera atención, sin el componente ético alguno. Así pues, necesitamos reeducar la mirada, revisar y poner en orden todo el sistema perceptible.

En el Lankavarata Sutra se lee:

“Pura es la intuición de los sabios que caminan por el sendero libre de representaciones.”

Atención, entrega y silencio sonoro son las herramientas de todo practicante para retornar a la conciencia original.