La “simplicidad voluntaria y gozosa” que propone el Budismo se convierte en una fuerza positiva de transformación social. Su tradicional no-violencia y su rechazo a quitar la vida, sea cual sea su forma, tiene implicaciones estremecedoras para las naciones. Creer que la empatía natural del ser humano, esto es, sentirte uno en y ara con el otro, en definitiva, la realización del deseo natural de amarnos y aceptarnos los unos a los otos es posible, es un hecho demasiado Real que destroza las ideologías de nuestros políticos de turno.

La filosofía budista ve y defiende la idea de un mundo como una amplia red interconectada en la cual no existen diferencias ni jerarquías. No existe, pus, desde esta óptica la acumulación de unos pocos en detrimento de los otros que llegan a extremos impensables de pobreza, malnutrición, carencia de medicinas, etc. Occidente se ha convertido en un maravilloso despertador de lo personal, del yo, es un culto al egocentrismo. El Budismo propone todo lo contrario, sólo olvidándonos de nosotros podremos reconocernos como iguales. Esta es la base de la ética budista, una vivencia que genera acciones sin dañar nunca al otro.

La codicia por el dinero es el reino del nuevo dios llamado “Mercado”. Los poderosos acumulan recursos y propiedades mientras que el resto del planeta lucha por sobrevivir. Los gobiernos y sus políticas de mentira se han convertido en marionetas al servicio del egoísmo. Las redes sociales son ahora los nuevos lugares de culto donde se acude para compartir contenidos vacíos e inconsistentes. Hoy en día no tener una cuenta abierta en Internet, es sinónimo de bicho raro. Asimismo vemos cómo brillan los deportistas de élite en sus nuevos altares, fantoches creados de manera inteligente por la maquinaria del poder. Baste recordar los grandes ritos ceremoniales en el reciente Mundial de fútbol de Brasil. También lo vemos en los grandes musicales o cualquiera de los programas televisivos llamados basura. Como digo, éstos son los signos de las nuevas religiones que nos motivan a seguirlos ciegamente para conseguir el supuesto bienestar mientras las epidemias se cuelan en los países como una nueva moda y otras siguen matando a millones de personas y las naciones se quedan con los medicamentos que ellas mismas fabrican, o bien los aumentan de precio para ahogarse en la riqueza. Imperios en decadencia que pretenden mantener su primacía bombardeando en una guerra virtual, pero que trae consigo muertos de verdad y el desastre social, físico y económico a pueblos enteros.

Sólo mirando cada uno hacia sí mismo, curando su propio odio, su propia decepción, su propio enfado podremos evitar colaborar en ese despropósito de proyecciones inconscientes. Los culpables no son los otros. En el budismo no se habla de culpa, sino de asunción de la propia responsabilidad. Debemos pasar del yo al nosotros. Si te salvas tú, se salva el mundo, aunque ésta es una enseñanza iniciática que sólo aquellos que han comprendido la profundidad de lo que son, pueden entender. 

Desde mi punto de vista, la gran noticia es que siempre brilla la esperanza global porque en cada uno de nosotros existe la misma capacidad, la de cultivar y desarrollar el ejercicio de la atención, gracias a la cual cualquiera puede sacar unos minutos, ralentizar el ritmo de la mente, mirarse en el espejo de la conciencia y reflexionar. Parar, sólo parar un momento y observar. INDAGAR Y DESCUBRIR quiénes somos, qué es verdaderamente este sueño llamado realidad, qué estamos haciendo con el planeta, con nuestras relaciones, con nosotros mismos, cuál es nuestro propósito en la vida, qué es para cada uno el amor, cómo llegar a la verdad de sí mismo. El descubrimiento está al alcance de cada uno de nosotros, pero nadie podrá hacerlo por nosotros.