Ser amado es ser visto desde una mirada que nos permite explorar las distintas dimensiones de nuestro ser y de la vida sin temor a ser juzgados por ello. Esa mirada amorosa y no enjuiciadora debe provenir desde un otro en el proceso de formación de un bebé para volverse plenamente humano, y es una mirada indispensable en las relaciones sanas y significativas de la adultez (parejas, amistades, relaciones terapéuticas, etc.). Sin embargo, también es posible aprender a ofrecerse esa mirada a uno mismo.
Cuando las personas aprendemos a cambiar nuestros hábitos de auto-desprecio por un amor genuino hacia nosotros mismos, ya sea a través de una relación íntima reparadora, una terapia, una experiencia mística o a través de prácticas contemplativas religiosas o seculares, poco a poco la auto-crítica centrada en la vergüenza de ser quien uno es va dando paso al cultivo de un espacio seguro en el propio corazón. Este espacio nos permite explorarnos y jugar a ser quienes podemos llegar a ser en esta vida más allá de nuestros prejuicios y creencias autolimitantes.
Esta exploración puede incluir nuestras diversas vocaciones y sueños, nuestras formas de participar en la familia humana, nuestra sexualidad e identidad de género y nuestra relación con el misterio. Al hablar sobre este tipo de amor hacia uno mismo, el poeta irlandés John O’Donohue comenta:
Esto no es egoísmo ni tampoco narcisismo, ambas distorsiones obsesivas de la necesidad de ser amados, sino que es la fuente de amor en tu corazón (…) Es más una cuestión de ejercer la paciencia y de invitar a esta fuente de amor, que es nuestra verdadera naturaleza, a fluir a través de nuestra vida.
Cuando esto ocurre, el suelo que se ha endurecido dentro tuyo se empieza a ablandar nuevamente. Puedes trabajar en ti mismo para comenzar a remover los sedimentos, de manera que las aguas nutritivas inicien la cariñosa osmosis que lentamente infunda e impregne la arcilla endurecida de tu corazón.
Así, el milagro del amor ocurre dentro de ti.
Si uno aprende a amarse a sí mismo y es capaz de jugar en la propia vida, es probable que también pueda ofrecer ese amor y esa disposición al juego a quienes nos rodean, co-creando así microculturas de cuidado y libertad creativa y expresiva.
Una sociedad caracterizada por el amor apoya la expresión de la diversidad en vez de castigarla, y ese cambio cultural comienza siempre por uno mismo. Esta responsabilidad es ineludible e intransferible.
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