13-17 de abril. Ashram Arautapala. La Orotava. Tenerife.

Testimonio de una principiante
Por Ángeles

Describiré brevemente mi experiencia en estos días de retiro, mi primer retiro de meditación. Ya iba siendo hora. Llegamos al Ashram el miércoles por la tarde dos o tres principiantes, varias personas que ya habían asistido a algún retiro y otras más veteranas, con una amplia experiencia. Y ahí estaba nuestro Maestro, Denko. Pero enseguida tuve la sensación de unidad y de que las diferencias no importaban, sino que lo relevante era lo que teníamos en común: el deseo de avanzar en nuestro camino personal y espiritual.

¿Qué me resultó más inesperado de entrada? La organización meticulosa de cada aspecto, desde los horarios para las distintas prácticas, la coordinación entre los miembros que colaboraban en la organización, cumpliendo cada uno escrupulosamente con su función, hasta la delicadeza en los detalles más pequeños en las ceremonias. Los primeros días incluso podía parecer todo un poco rígido y demasiado exigente, pero al final pude comprender que todo tenía su sentido, que todo estaba diseñado para ayudarnos a tomar consciencia de procesos y patrones internos de los que es más difícil percatarnos en la vida cotidiana.

Todo lo que se hacía era meditación: el zazen, el kinhin, la participación en las cermonias, el trabajo consciente -samu-, la comida con los cuencos tradicionales… Cualquier práctica era una oportunidad para ver lo obvio, aunque siempre haya una parte muy importante que no quiere verlo, que prefiere aferrarse a ideas preconcebidas y no arriesgarse al cambio. Mi sensación fue que todo estaba tan bien diseñado, que la atención del Maestro fue tan certera, tanto en las entrevistas individuales como en cualquier interacción, que siempre surgía otra oportunidad para la consciencia. Tal vez alguien que lea esto se pueda preguntar qué sentido tiene hacer tantas cosas en un sitio apartado pasando algunas incomodidades, en lugar de estar en la playa o tomando una copa, solo para poder ver lo obvio. Pues al final comprendí que tiene mucho sentido dejar de estar ciegos. Además, intuyo que con los ojos bien abiertos, o viendo las cosas tal como son, luego se estará mejor en la playa y en cualquier sitio.

Otra experiencia poco corriente para mí fue la ordenación de cinco nuevos bodhisattvas, dos hombres y tres mujeres que se atrevieron a dar un paso más allá en este camino hacia la consciencia. Reconozco que con la ceremonia tuve que darle unas vacaciones a los prejuicios que tengo hacia los ritos en general; eso me permitió vivirla con apertura y curiosidad y a medida que transcurría sentí su sentido, más desde el corazón que desde la cabeza. Además, el hecho de que asistieran algunos familiares y amigos, le dio una sensación de cercanía con la vida de todos los días y naturalidad. Aquí también estaban cuidados todos los detalles: movimientos, recitaciones, cantos, percusión…

Unos días después del encuentro, al escribir esto, se me ocurre que me siento como si fuera un reloj que no andaba muy allá que digamos y me hubieran puesto a funcionar otra vez, con ritmo, con calma. A ver cómo se lleva el mantenimiento.