Es una cualidad innata del ser. Lo único que nos ha sacado de ella son las creencias erróneas que tenemos de nosotros mismos. En las meditaciones y en todo momento del día, la clave está en generar mucho amor sincero hacia uno mismo con la actitud de expresarse siempre desde la verdad de lo que somos, con la atención dispuesta en todo aquello que nos nutre.

El ego es un especialista en separar y categorizar. Lo importante es darse cuenta de la raíz de todas las distorsiones y no identificarse con ellas aunque las estemos sintiendo. Aparentemente uno se cree preso de una emoción que el ego ha construido, pero no somos eso. Por tanto, la salida está en quererse a uno mismo, conectar con lo que nos hace sentirnos bien, con la verdad de que somos un ser maravilloso y atendemos con mimo a este ser interno.

Reencontrarse y amarse es la salida y la liberación. No juzgarse porque estés sintiendo tal o cual sensación o emoción, permitirse si hay heridas grandes, expresarlas, reposarlas, integrarlas. He aquí una bella historia que refleja lo anteriormente expresado:

En una aldea vivía un anciano a quien el pueblo consideraba el hombre más feliz del mundo, muchos se preguntaban cuál era el secreto por lo que uno de ellos decidió ir a preguntarle. El anciano, con una sonrisa, aceptó compartir su secreto.

“Todos los días, al despertarme, tengo dos posibilidades: ser feliz o infeliz. Entonces yo decido ser feliz”.