El otro día preguntaban por el karma generacional y cómo abordarlo. Muy interesante la pregunta. También formularon cómo es la relación del yo y los demás. Así pues, estamos ante dos leyes universales, la primera alude a la relación de las causas y sus respectivos efectos. La segunda nos habla de que en el verdadero yo, están los demás. Vivimos en íntima relación.

De entrada, debemos decir que el concepto de karma es interpretado erróneamente. Por ejemplo, se llena de matices negativos, ya que es visto como algo nefasto o lo planteamos como un juego infantil. ¡Qué mal karma tiene o qué buen karma! 

Vamos a ser serios con esa ley universal.  Karma es un concepto que hace referencia al principio de la causalidad del universo, similar a la de la ciencia moderna, en donde cada acción tiene su correspondiente resultado. Cuando el karma es bien entendido, permite comprender que el destino depende de cada uno y que cada persona tiene el poder de transformar su vida. Esto significa que nuestros pensamientos, palabras y acciones siembran las semillas para nuestra experiencia. Está en nuestras manos cambiar nuestras vidas gracias al entendimiento de esto.

De esta forma, el meditador se abre a la experiencia de lo que ante él acontece. Al observar con tranquilidad las tendencias del pasado generacional, por ejemplo el de nuestros padres y familiares más allegados, inicia su camino de aprendizaje. Si percibimos dolores o heridas que se manifiestan en este presente, producidas por nuestra conciencia, nuestra boca o nuestro cuerpo, aquí y ahora podemos desidentificarnos de ellas. Sin embargo, el ego querrá imponer ideas sobre cómo hacer con ellas, pero este no es el camino de liberación. Pregúntate con sinceridad: ¿qué es lo que te duele? ¡Siéntelo! Profundiza en ese sentir para que te abras a la comprensión de lo que debes aprender.

Mantener la calma y la objetividad es un factor del despertar. Echar las culpas a otros no es la libertad. Por lo general, solemos echar la culpa a los otros. Vivimos a través de las relaciones, de la familia, la sociedad, la cultura, la época… ¿para qué? Para aprender a soltar las heridas y así sanarlas.

Encerrarnos cada vez que algo nos disgusta en nuestra relación con los otros, nos hace repetir patrones inconscientes. Sentirlos para aprender de ellos y no repetir patrones es una sabia elección.

¿Qué tenemos en común con este karma generacional? Solo viendo los puntos de rechazo y dolor que tengo en común con los otros, tengo la posibilidad de liberarme de aquellos que en verdad no me nutren. Si elegimos no trabajar con nuestra mente, no tendremos ningún control en absoluto, y simplemente seremos víctimas y nos auto justificaremos, proyectando la responsabilidad sobre los otros. 

Los seres humanos, todas las existencias, no están ya finalizadas, completas, hechas o acabadas. Nos estamos haciendo a cada instante, inspiración tras espiración. Somos un siendo en la ley inexorable del tiempo fugaz. Así pues, el trabajo consiste en abrirse, acceder y sentirlos para aprender a soltarlos definitivamente. Nuestra vida no está guiada por la suerte o las coincidencias, por lo que no hay lugar para el victimismo. Como dijo el Budha: «Cada uno recoge lo que siembra» 

Denkô Mesa