Hoy nos acercaremos a una maravillosa obra del maestro zen Kanchi Sosan (Jianzhi Sengcan), el Tercer Patriarca en la línea del Zen chino, titulada Shin Jin Mei. La tradición asocia esta obra a otros tres clásicos posteriores: el Shodoka o Canto del Inmediato Satori, del Maestro Yoka Daishi (649-713), el San Do Kai o La Esencia y los Fenómenos se Interpenetran, del Maestro Sekito Kisen (700-790), y el Ho Kyo Zan Mai o El Samadhi del Espejo Precioso, del Maestro Tozan (807-869). Estos cuatro textos forman el patrimonio del Zen y constituyen la pura esencia de esta tradición milenaria.

La significación del título se extrae de los ideogramas:

  • Shin: atención aguda y penetrante. Corazón, esencia, espíritu.
  • Jin: creer en, tener fe.
  • Mei: poema, recopilación para el futuro, lo que está por venir.

La obra se compone de 584 ideogramas repartidos en frases muy breves, formando un total de 72 versos. El poema es un himno al Tao, en el que el espíritu chino se une a la espiritualidad budista en una alabanza y homenaje a lo Insondable. La influencia taoísta se hace evidente.

El término SHIN, lo esencial, apunta directamente a la experiencia que el maestro Keizan Yôkin llama una “alerta justa”. Éste es el corazón de nuestra práctica: generamos, desarrollamos y mantenernos una atención estable, aguda y consciente, realmente penetrante, a través de la cual podemos indagar y descubrirnos, y mediante la que podemos encontrar una perspectiva adecuada que nos permite vivir libres de interpretaciones. Éste es el corazón de la práctica, el cual nos permite aprender a seguir fluyendo en el mundo del samsâra.

La fe (JIN) es distinta que la creencia. En la creencia infantilmente depositamos fuera de nosotros la resolución de nuestros conflictos, la salvación de nuestros malestares originales que como saben, en terminología budista,  radican todos en un simple error de percepción de la mirada. La fe de la que habla el tercer patriarca Kanchi Sosan implica en los practicantes el desarrollo de una intuición profunda.

Por último, en el título del libro está el ideograma MEI que significa “recopilación de poemas”.

El lenguaje del poema es al mismo tiempo sutil, elevado y poderoso. La primera estrofa, citada frecuentemente, dice así:

Penetrar la Vía

no es fácil ni difícil.

Basta con que no haya ni amor ni odio,

Ni elección ni rechazo.

Les pregunto: ¿Quién es el que penetra? ¿Quién se cree que se introduce en la Vía? ¿Dónde está la Vía? 

La Vía del Budha es la práctica del instante presente. Está justo debajo de nuestros pies. Anclarnos en una respiración consciente, instante tras instante, nos conduce inmediatamente al despertar de nuestra verdadera naturaleza. Por eso suelo repetir muchas veces que podemos hacerlo, de hecho, lo estamos haciendo.

La práctica de la que habla el tercer patriarca no es fácil ni difícil. Muy cariñosamente nos invita a instalarnos más allá de la dualidad. La dualidad es un mecanismo del personaje que trata siempre de desequilibrar, que nos tiene del tingo al tango, del amor al odio, del deseo al rechazo. La raíz de este desequilibrio y la falta de armonía mental no son otra cosa que una falta de atención, observación estable y mantenida. 

Lo infinitamente pequeño es lo más grande,

cuando las condiciones externas se olvidan;

lo infinitamente grande es lo más pequeño,

cuando los límites objetivos se dejan de lado.

El poemario en su globalidad exalta la unidad,  donde ya no hay ni yo ni tú, tiempo o espacio, pequeño o grande.  No nos sentamos en zazen para alcanzar un estado especial, espiritual o divino. Nos sentamos desde el reconocimiento de lo que en verdad somos.