La paciencia es una de las virtudes de la meditación. Aprender a estabilizar la mirada interna, no reaccionando de manera automática y compulsiva ante los fenómenos que nos atraen, o bien nos desagradan, es un síntoma de la persona tranquila y ecuánime.

Kshanti es una de las virtudes que se contemplan en el budismo. Junto a ella se desarrollan otras como la generosidad (dâna), la honestidad (sila), la sabiduría (prajña), el trabajo con la energía (virya)…

Estas virtudes son llamadas paramita en pali antiguo y las podemos entender como aquellos factores favorables que nos permiten llegar hasta la otra orilla de la mente, esto es, soltando limitantes y patrones ilusorios y alcanzando así el anhelo del despertar. Con este resulta la expresión madura de la conciencia.

Cuando uno vive en el presente, todo se da de manera natural. No hay prisas por ir hacia ningún lado, ni recuerdos del lugar de donde se estuvo. Todo fluye tranquilamente. Sin embargo, en una mente no entrenada, observamos que tenemos la mala costumbre de querer todo al instante, de hacer las cosas inmediatamente. Cuando esto te ocurra, devuelve tu mirada a la atención consciente, tu gran regalo y hazte íntimo con una respiración larga y tranquila. Este es el antídoto natural contra la ira, esto es, el enfado porque las cosas no han funcionado como tú pretendías.

Somos más de rendirnos que de esforzarnos, sobre todo, si los frutos necesitan su tiempo para madurar. Por el contrario, la persona paciente lo ve todo con los ojos del amor bondadoso, percibe con ecuanimidad el desarrollo de todos los fenómenos.

Quiero acabar hoy con esta bella historia que se remonta al Budha histórico. Dice así:

“Buda y sus discípulos decidieron emprender un viaje durante el que atravesarían diversos territorios y ciudades. Un día en el que el sol brillaba con todo su esplendor, divisaron a los lejos un lago y se detuvieron, asediados por la sed. Al llegar, Buda se dirigió a su discípulo más joven e impaciente:

-Tengo sed. ¿Puedes traerme un poco de agua de ese lago?

El discípulo fue hasta el lago, pero cuando llegó observó que un carro de bueyes comenzaba a atravesarlo y el agua, poco a poco, se volvía turbia. Tras esta situación, el discípulo pensó “No puedo darle al maestro esta agua fangosa para beber”. Por lo que regresó y le dijo a Buda:

-Maestro, el agua está muy fangosa. No creo que podamos beberla.

Pasado un tiempo, aproximadamente media hora, Buda volvió a pedir al discípulo que fuera hasta el lago y le trajera un poco de agua para beber. El discípulo así lo hizo. Sin embargo, el agua seguía sucia. Regresó y con un tono concluyente informó a Buda de la situación:

-El agua de ese lago no se puede beber, será mejor que caminemos hasta el pueblo para que sus habitantes nos den de beber.

Buda no le respondió, pero tampoco realizó ningún movimiento. Permaneció allí. Al cabo de un tiempo, le pidió al mismo discípulo que regresara al lago y le trajera agua. Este, como no quería desafiar a su maestro, fue hasta el lago; eso sí, tenía una actitud furiosa, ya que no comprendía porqué tenía que volver, si el agua estaba fangosa y no se podía beber.

Al llegar, observó que el agua para cambiado su apariencia, tenía buen aspecto y se veía cristalina. Así, recogió un poco y se la llevó a Buda. Este miró el agua y le dijo a su discípulo:

– ¿Qué has hecho para limpiar el agua?

El discípulo no entendía la pregunta, él no había hecho nada, era evidente. Entonces, Buda lo miró y le explicó:

-Esperas y la dejas ser. De esta manera, el barro se asienta por sí solo y tienes agua limpia. ¡Tu mente también es así! Cuando se perturba, solo tienes que dejarla estar. Dale un poco de tiempo. No seas impaciente. Todo lo contrario, sé paciente. Encontrará el equilibrio por sí misma. No tienes que hacer ningún esfuerzo para calmarla. Todo pasará si no te aferras.”

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Denkô Mesa

(Enseñanzas tras la meditación online del viernes 26 de marzo de 2021)