El budismo no es un simple tema de estudio, sino una forma de vida. La esencia de ésta se encuentra en la meditación. Es tan actual esta certeza como el aire que ahora respiramos.

Las tradiciones contemplativas sobrepasan el lenguaje de las palabras, si bien, muchos han hecho el esfuerzo de plasmar y transmitir las experiencias, ya sea de manera oral o por escrito. De esta forma, llegamos a cuestionamientos tales como, ¿qué es la conciencia? ¿Acaso podremos definirla? ¿Dónde se esconde la conciencia? ¿Somos todos seres conscientes?

Conciencia es un concepto limitado en nuestra cultura. En occidente la entendemos como ‘lo opuesto a lo inconsciente’. Si además usáramos “mente” como sinónimo de la conciencia, la opondríamos a “corporal”, sin embargo, en el budismo se incluyen todos los niveles del ser en la conciencia (físico, sensorial, emocional, mental, conductual, espiritual…) Así pues, para penetrar en la naturaleza de la expresión “conciencia”, debemos vivirla no sólo con el intelecto, sino con todo nuestro ser.

Podríamos comenzar, acordando que la conciencia es aquello que nos da la posibilidad para desarrollar la práctica de la atención. Gracias a ésta, podemos observar los distintos fenómenos que ocurren tanto dentro como fuera de nosotros y aprender a relacionarnos de una manera sana y equilibrada. Por lo tanto, un primer acercamiento a la conciencia sería admitirla como algo que nos permite experimentar con plenitud lo que denomino “el poder de darnos cuenta”. En este sentido, la meditación es entendida como una contemplación de la conciencia a través de la propia conciencia.

Como digo, la conciencia es aquello que nos permite ver con claridad y nos permite salir de la ofuscación, liberarnos de las malévolas danzas de las ilusiones. La conciencia nos permite ser libres en nuestras necesidades y nos faculta para no caer en la esclavitud de los impulsos automatizados.

Dicho esto, el budismo pone el punto sobre las íes y apela directamente a la libertad y responsabilidad de cada cual. Somos seres con capacidad de auto conciencia, ahora bien, el uso que hagamos de este valioso regalo que nos otorga la vida a cada instante, inspiración tras espiración, depende directamente de lo que haga cada uno con él. Por esta razón el budismo habla de un marco ético, fundamentado en el espíritu de la no violencia (ahimsa). Explica claramente que todo el conocimiento de la conciencia se vehicula a través de las cuatro nobles verdades. No basta con conocerlas. Necesitan practicarse asiduamente.

Por otro lado, la capacidad de redescubrir la conciencia y de usarla de manera adecuada, requiere su tiempo. Así como el granjero  necesita arar la tierra antes de sembrarla, de la misma forma, la atención desempeña un papel preparatorio para que surja la sabiduría cuando se den las condiciones adecuadas para ello. Una vez establecida, debe seguir siendo observada con la misma atención, mimo y cuidado porque podremos entenderla con la mente, olvidándonos, como dije antes, que toca todos los niveles del ser.

El automatismo, la mecanicidad, la repetición compulsiva son signos de que la práctica meditativa se ha salido del eje.

Cuando uno se adentra en una vía de conocimiento como el zen, debe aprender a familiarizarse, poco a poco, con el desarrollo de la conciencia. Por ejemplo, en el Satipatthana que cité antes, se habla de las contemplaciones en el practicante. En este texto son presentadas de manera gradual o secuencial. Al principio, el meditador centra su atención en el cuerpo (partes, posturas, respiración, elementos que lo componen, etc.) Luego prosigue el análisis con los sentimientos y las cualidades afectivas (apego, rechazo y ofuscación). Aquí el observador sabe que el fenómeno se halla presente, sabe lo que lo hizo surgir y sabe lo que lo llevará a desaparecer. Aprender a estabilizarnos en la calma y no reaccionar, nos permite llevar a cabo la elección más adecuada.

La receptividad que ni se involucra ni se apega es una de las características fundamentales de la conciencia no estacionada o upatthanna.

Denkô Mesa