Autor: Denko

Continuum

Nuestras actitudes y creencias acerca de la muerte tienen una gran influencia en la forma en que enfocamos la vida.

Probablemente no exista un dolor mayor que el de ser separados de un ser querido a causa de la muerte. A pesar de que todos sabemos con la mayor de las certezas que nuestro tiempo es limitado y que nadie puede escapar de la impermanencia de la vida, aún así, esto no hace que nos preparemos para el impacto de la muerte o que abordemos nuestra propia e inevitable separación de este mundo.

¿Por qué nacimos? ¿Por qué debemos morir? ¿Qué clase de valor podemos extraer de esta frágil existencia? La búsqueda de respuestas a todas estas preguntas fue la razón de ser del surgimiento del budismo.

El budismo nos enseña que no deberíamos eludir el hecho de la muerte sino confrontarlo cara a cara. Nuestra cultura contemporánea ha sido descrita como una cultura que busca evitar y negar la cuestión fundamental de nuestra mortalidad. El ser conscientes de la muerte, sin embargo, nos obliga a examinar nuestras vidas y a tratar de vivirlas de forma significativa. La muerte nos capacita para atesorar la vida; nos despierta a la maravilla de cada momento compartido. En la lucha por navegar a través del dolor de la muerte, podemos forjar un radiante tesoro de fortaleza en las profundidades de nuestro ser. A través de esa lucha, nos volvemos más conscientes de la dignidad de la vida y nos mostramos más dispuestos a empatizar con el sufrimiento de los demás.

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Arautápala única

Acompañadas del crepitar de las hojas cuando crujen al pisarlas, sembradas al frío con mantas esterillas, sacos y tiendas de campaña. Se sembraron presencias, diseminadas como las hojas prendidas de las ramas que se han resistido al invierno, a la bocanada de frío.

La lluvia nos humedeció el cuerpo, nos ablandó el espíritu y regaló su rocío al susurro de sus noches, la espesura de sus días.

Consagradas a un cuerpo único, entretejidas por los fenómenos del bosque; los castaños susurraban a las fuerzas, a cada rueda de energía, cada lloro en compañía.

Cada rincón era un pétalo de loto, una flor que se abría al instante, a la generosidad desde la otra orilla. Saludando desde el más allá del más allá. Frecuencias y Elementos; Colores y Energías flotaban al viento en las diez direcciones. Fuimos Alíseos. Karma estremecido. Teide escondido. Y el Éter suspendido en un mar inquieto, perdiéndose en un horizonte esbelto, testigo del ashram que nos cocinó con cariño. Éramos el verbo.

            Meditar sin meditar

            Pensar sin Pensar

            Llover sin Llover

            Subir sin Subir

            Llorar sin Llorar

            Mirar sin Mirar

            Escribir sin Escribir

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El ojo invisible

Por Yolande Duran

Esta mirada única está siempre aquí y no hace ningún esfuerzo por ver. Cuando uno siente que está haciendo un esfuerzo por ser más lo que ya es, en algún punto, se está alejando de si mismo. Me parece que  hay que atreverse a ser esta mirada única sin pretender serla más de lo que es en este mismo instante.

Si estamos aquí ahora es porque no tenemos otra elección (aun si todavía no lo sabéis). En mi caso, se ha vuelto una evidencia absoluta porque caí en este vacío, al ritmo de lo que es sin tiempo. Es natural que en el mundo de las apariencias, queramos delimitar las fronteras: la naturaleza de la horizontalidad, de todo lo que es movimiento, es decir nuestros sentidos y nuestra mente, es moverse sin parar, es pensar, elegir, pretender, etc.. La naturaleza del movimiento nunca cambiará. Y la naturaleza de lo que Somos, esta verticalidad, es la Inmovilidad absoluta, es Paz, Tranquilidad, Perfección. Una vez que se comprenden la naturaleza de estos dos aspectos deja de haber confusión: ya no le pediremos a la naturaleza de lo que es movimiento, que esté en calma.

¿Qué ocurre en ese instante de evidencia absoluta?: lo único que ocurre es que nos reconocemos en lo que Somos. Habiendo dado este paso invisible y sin tiempo, me reconocí como Perfección, como Paz, aun si nunca tuve, ni tengo pruebas. En cambio, algo se ha ido equilibrando poco a poco dentro de mi y el Silencio, Lo que Soy, me ha ido enseñando a ver  con mayor claridad, sin olvidar nunca la naturaleza de lo que no soy y de lo que soy.

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La meditación no es lo que crees

Por Jon Kabat-Zinn

Convendría empezar aclarando algunos malentendidos muy habituales sobre la meditación. En primer lugar, la meditación no es una técnica ni una colección de técnicas, sino una forma de ser.

Repitámoslo una vez más, la meditación no es una técnica, sino una forma de ser.

Con ello, claro está, no estamos diciendo que no existan métodos y técnicas relacionados con la práctica de la meditación, porque ciertamente nos serviremos de algunos de ellos. Pero si no entendemos que las técnicas son vehículos orientadores que apuntan a formas de ser, a modos de ser de nuestra mente y de nuestra experiencia en el momento presente, nos perderemos con facilidad en las técnicas y en los desencaminados, aunque comprensibles, intentos de utilizarlas para llegar a alguna parte y experimentar algún resultado o estado especial que acabaremos considerando como su objetivo. Pero esta manera de entender las cosas, como veremos, puede llegar a obstaculizar muy seriamente nuestra comprensión de la riqueza de la práctica de la meditación y de lo que esta tiene que ofrecernos. Convendrá, pues, recordar que, por encima de todo, la meditación es una forma de ser o, si el lector lo prefiere, una forma de ver, una forma de percibir y hasta una forma de amar.

En segundo lugar, la meditación no es otro modo de hablar de la relajación.

Repitámoslo de nuevo: la meditación no es otro modo de hablar de la relajación. Con ello no quiero decir que la meditación no vaya acompañada con frecuencia de estados profundos de relajación y de sensaciones de bienestar, porque eso es obviamente lo que, en ocasiones, sucede. La meditación mindfulness consiste en abrazar todos y cada uno de los estados que emergen en nuestra conciencia, sin inclinarnos por uno en desmedro de los demás.

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