Ser amado es ser visto desde una mirada que nos permite explorar las distintas dimensiones de nuestro ser y de la vida sin temor a ser juzgados por ello. Esa mirada amorosa y no enjuiciadora debe provenir desde un otro en el proceso de formación de un bebé para volverse plenamente humano, y es una mirada indispensable en las relaciones sanas y significativas de la adultez (parejas, amistades, relaciones terapéuticas, etc.). Sin embargo, también es posible aprender a ofrecerse esa mirada a uno mismo.
Cuando las personas aprendemos a cambiar nuestros hábitos de auto-desprecio por un amor genuino hacia nosotros mismos, ya sea a través de una relación íntima reparadora, una terapia, una experiencia mística o a través de prácticas contemplativas religiosas o seculares, poco a poco la auto-crítica centrada en la vergüenza de ser quien uno es va dando paso al cultivo de un espacio seguro en el propio corazón. Este espacio nos permite explorarnos y jugar a ser quienes podemos llegar a ser en esta vida más allá de nuestros prejuicios y creencias autolimitantes.

