Autor: Denko

El amor sin fecha de caducidad

La vida es un proceso y no un estado definitivo. El universo vibra en mutación constante. Siempre ha sido así, lo es ahora y lo será en un futuro impredecible.

El amor no es eterno, simplemente sucede cuando las circunstancias acontecen y como el tiempo, no existe, salvo como un pretexto, un referente o una medida que utiliza el ser humano para vincularse con la realidad, tratando de asegurar con ello la continuidad de sus apegos.

El amor es una fuerza que trasciende las fronteras y deja a un lado las categorías personales, supera sin atrevimiento el limitado ser que aparentemente nos creemos ser.

En la libertad de saberse uno en el amor, la experiencia no se mide en cálculos acumulativos. Es una fuerza latente que surge naturalmente en cada uno de nosotros, un potencial de entrega compartida que en algunos está despierta y en otros permanece aparentemente dormida.

Esta fuerza que no conoce la ley de las distancias, es un impulso que no sabe de tiempos, limitaciones o dificultades. Eso es el amor.

Acompañar al otro en su propio proceso de cambio es un puro acto de amor. Lo contrario es apego e identificación obsesiva. La meditación es un excelente servicio para expresar lo que somos no para alcanzar una imagen de lo que no somos. Meditar es un acto de amor, un ejercicio de desapego y dependencia. Meditar es la expresión de lo que somos.

Denkô Mesa

En este preciso instante

 

Como todo fenómeno en este universo, lo queramos o no, nos vivimos en un efímero y constante devenir, en un flujo de incesantes cambios y hermosas interrelaciones. En este proceso vital continuado, que seamos y nos sintamos libres, plenos y felices depende exclusivamente de nosotros mismos. En la tradición budista no se espera a que ningún ser externo venga a sacarnos las castañas del fuego, o bien que pueda presentarse para disfrutar por nosotros de las alegrías que nos brindan los infinitos instantes del presente. Cuestión de percepción.

En este preciso ahora que leen el artículo, cuando el cuerpo, la mente y la respiración parece que estuvieran por otros derroteros, estamos recogiendo justo lo que somos, un reflejo de lo hecho, pensado y movido en el pasado. Por el contrario, en la fantasía de un futuro aún por llegar, pero en el que nos gusta proyectarnos, seremos lo que hacemos, pensamos y movemos en el ahora. Por tanto, somos un siendo en el presente; de hecho, no hay otro instante que no sea éste.

Para que podamos salir de la oscuridad de la ignorancia debemos tener el firme propósito de querer hacerlo. La motivación y la determinación para poner luz en nuestras oscuridades dependen de cada uno de nosotros. Debemos reconocernos y responsabilizarnos de nuestros actos, palabras y pensamientos. Somos herederos de la luz de un conocimiento despierto que sin embargo mal usamos vanamente.

Como guerreros de la preocupación, en nuestro interior se debate un permanente conflicto con nosotros mismos que hiere nuestra mente y nuestros sentidos con pensamientos cargados de ansiedad al no conseguir todo aquello que deseamos. Vivimos el día a día a tenor de las expectativas que continuamente generamos. Esta falacia nos conduce a un sentimiento de carencia, a creer que algo nos falta, en definitiva, nos aboca al denominado sufrimiento ya que no podremos cristalizar todos nuestros anhelos.

En nuestras manos está el dar un paso adelante, salir de este confuso estado y caminar concientemente hacia la realización de la verdadera felicidad. Para ello, debemos encontrar el eje justo de nuestras necesidades sin caer en el desequilibrio promovido por la esclavitud de nuestros impulsos.

La práctica de la meditación es un arte que nos enseña a valorar aquello que merece la pena ser mantenido, a fortalecerlo en definitiva, si bien nos invita a soltar y devolver aquello que no nos pertenece y que arrastramos como un pesado fardo en nuestro caminar por la vida.

Denkô Mesa

 

LA MIRADA

La mirada reposa

allá donde el azul limita con el cielo.

 

 

Escucha atento a

lo que retorna.

 

En el ahora de mis manos

las distancias se deshacen

cuando nace y vuelve pura

la palabra

tan segura con su nombre.

La Vía del No Dos

La práctica de zazen es una combinación de dos actitudes básicas de la mente: concentración y observación. La práctica de la concentración conduce al estado de samadhi. Este estado está caracterizado por una profunda quietud de la mente y por un equilibrio  de la actividad emocional, llamado “ecuanimidad”, en el que la atracción y el rechazo han sido transcendidos. El estado de samadhi es la plataforma desde la cual debemos cultivar la observación lúcida. Es solamente esta observación lúcida la que permite la toma de conciencia y el desmontaje de las estructuras ilusorias de la mente.

La agitación mental viene dada por la dispersión (desenfoque) de la atención. Lo primero que tenemos que hacer al comenzar una sesión de zazen es, pues, calmar la agitación mediante la concentración (enfoque) de la atención. Una vez que sientas que tu mente se ha aquietado gracias a la concentración sobre la respiración, puedes abrir el campo de la atención gracias a la observación. Los principiantes deben ser muy cautelosos a la hora de pasar a la observación y deben asegurarse de que el nivel de concentración, o quietud, no sufre mengua. En líneas generales la base del arte de la contemplación se encuentra en el equilibrio entre la estabilidad y la vigilia:

 Estabilidad – Concentración 

Es como el hilo de una cometa que vuela libremente gracias a la tensión adecuada. Estabilidad no es fijación. Con ella me refiero a la quietud corporal. El foco de atención está puesto en la postura correcta y en el contacto permanente con una respiración adecuada. Se dan al mismo tiempo la firmeza y la flexibilidad, lo cual permite al practicante experimentar lo que acontece con calma y sin reaccionar impulsivamente. Hablo de un apacible estado de centramiento y permanencia; el meditador permanece tranquilo sin apegarse a nada, ni huir de nada.

Vigilancia – Observación

Nuestra mente es parecida a un océano agitado en el que continuamente se agitan las olas de su actividad incesante: emociones contradictorias, pensamientos variados, sensaciones, expectativas, etc. Una vez que hemos establecido la base meditativa (concentración), con ella viene de forma natural un estado de apertura interna. Accedemos a una contemplación dinámica de la mente, nos percatamos que su naturaleza misma en el movimiento, si bien gracias al poder de la postura correcta, podemos fluir e indagar con calma. Tras una observación ecuánime surge un discernimiento correcto. Visión clara es lo que proporciona la mirada atenta.

Sabiduría – Comprensión

La meditación zen, es una práctica espiritual muy antigua que fue actualizada y utilizada por el Buda Shakyamuni como vía de acceso a un estado existencial caracterizado por una profunda serenidad y una lucidez aguda.

¿Cómo lo estamos haciendo? ¿Qué estamos haciendo? El secreto de zazen no está tanto en la técnica como en la actitud (ética) con la que se practica. La meditación zen es mucho más que una técnica de meditación y ni siquiera un grueso manual puede suplir la enseñanza directa de un maestro zen, de persona a persona, de corazón a corazón.

Denkô Mesa