Autor: Denko

El cultivo de la atención plena

El Budismo Zen usa una metodología específica y determinada para desarrollar el máximo potencial que nos ha otorgado la vida, esto es, somos unos seres privilegiados con capacidad de auto conciencia. Su principal herramienta de aprendizaje es la meditación consciente, no sólo en el interior de una sala de meditación, sino en todo momento, instante tras instante. Ahora bien, ¿cómo y qué estamos haciendo con este potencial luminoso y existente en todos nosotros?

A través de la práctica sistemática y del desarrollo adecuado de la atención, el mediante va comprendiendo, poco a poco, mediante un proceso de transformación alquímico interior, cuáles son las raíces de sus desequilibrios, va poniendo orden y luz en aquellos rincones oscuros y recónditos de su ser. En definitiva, comienza a ver con mayor claridad y a moverse por el espacio-tiempo con plena lucidez y conciencia. En este sentido, el Budismo Zen debe ser entendido como un proceso reeducativo de la conciencia que todos poseemos, pero como tantas veces insisto en mis intervenciones, nadie podrá tener esta experiencia transformadora por ninguno de nosotros.

La atención es una de las grandes riquezas que tenemos los seres humanos. Gracias a ella podemos vivir y vivirnos mejor a cada instante, claro está, si la usamos adecuadamente y con todo el potencial que tiene. El cultivo y el desarrollo de la atención proporcionan a la persona un control y sistema de calidad. Nuestro objetivo como meditadores no es otro que intensificar la capacidad que tenemos de ver las cosas. Nos hemos alejado de esta poderosa herramienta, estamos distantes de nuestra naturaleza original. Por eso recitamos:

Nuestra mayor aspiración en este mundo es la realización de nuestra auténtica naturaleza original

No tenemos que ir a ningún lado especial o extraño para desarrollar esta potencialidad, ni siquiera tenemos que hacernos budistas. Ya habita en nosotros, pero no somos conscientes de su existencia.

La práctica budista por excelencia es la meditación. Sin embargo, por lo general es malentendida. Nuestra pobre comprensión de la misma, nos puede alejar del trabajo que tenemos entre manos. Hemos confundido la meditación con un ejercicio, un aeróbico espiritual, una vestimenta, un horario, una costumbre, una disciplina new age. La meditación no es una postura, ni un traje, ni un hábito: es volver a conectar con el centro interior de tu propio ser y a través de ello, desprenderse de los ropajes impuestos por la costumbre, las filosofías, la teología, las tradiciones, prejuicios y condicionamientos sociales para entrar sin tabúes en una relación plena con la existencia. Lo opuesto a la atención consciente es el olvido de sí.

La práctica de la atención, desarrollada de forma continua, fortalece al individuo y le proporciona calma interior y una mejor apertura exterior, le permite equilibrar el movimiento oscilatorio de la mente dualista. Nada puede ser hecho sin la realización propia, de ahí que la motivación para practicar el darse cuenta, pase por una experiencia personal e intransferible. En general, sueles olvidarte de quién eres, al perderte en lo que haces. Además lo que eres, es contrario de aquello que presupones que eres. Somos algo bien distinto de la imagen mental con la que nos asociamos. El verdadero Ser nunca podrá ser reconocido por la mente ilusoriaCuando elegimos hacer de nuestra vida un acto de consciencia, el esfuerzo diligente y el no apego se dan con total naturalidad. Fluimos con ligereza a través del mundo de los deseos, desechando aquello que no sea verdaderamente necesario para nuestro crecimiento integral y que además no repercuta favorablemente en las relaciones sanas con los demás.

EL VIENTO DESPRENDIDO

Sobre estas horas,

las más cansadas de la tarde,

¡cómo soplas!

¡Con qué fuerza emergen tus entrañas,

viento rudo desprendido!

¿Qué me traes hoy escondido en el regazo?

¿Acaso son las buenas nuevas de lo antiguo?

 

Hay un algo

que contigo siempre se conmueve,

aquí, bastante adentro,

cada vez que soplas, viento rudo,

y me traspasas tan callado

como si un extraño fueras

y te adentraras fugitivo entre las sombras de mi casa.

 

Errante trotamundos.

¡Qué oscura es tu nítida inmanencia!

ECO

En aquella tarde despertada

aparecía el eco

nuevamente repetido

y con el paso de las horas

anunciaba cálido en su voz:

“sin techo

hay un camino puente

entre veredas verdes de montaña.”

       

¿Qué decir, por otra parte,

de esos recónditos espacios

que tú ya transitaste

y allí libre

me entregabas?

        

Invisible es

la presencia siempre del amigo.

 

Sonidos, sólo sonidos.

X

la Presencia es la llave de la libertad

donde uno mira

sin interpretar