
Hoy en día, ya nadie puede ser inocente o permanecer en la ignorancia de la naturaleza de los gobiernos actuales, de sus políticas y de los desórdenes sociales que generan con sus actuaciones. Los regímenes del mundo moderno mantienen su existencia mediante la alimentación de una compulsiva avidez que no puede ser colmada. Así, para conseguir sus fines, usan distintas estrategias (publicidad engañosa, corruptos medios de comunicación víctimas del sensacionalismo barato, etc.) y todo tipo de extorsiones que ahora no vamos a detallar ni analizar pormenorizadamente.
Todas las sociedades modernas están distorsionando el verdadero potencial del ser humano. Estamos engendrando poblaciones de «preta» – esos espíritus hambrientos con un apetito de gigante y una garganta no más amplia que una aguja-. La Madre Tierra con sus ríos, bosques, océanos y toda la vida animal están siendo utilizadas por estos colectivos cancerosos. Sin embargo, no hay nada en la naturaleza humana que exija en su fondo que una cultura sea contradictoria, represiva y productora de una humanidad violenta y frustrada.
Históricamente, pudiera parecer que los maestros budistas no han ni hemos sabido analizar hasta qué punto la ignorancia y el sufrimiento eran debidos o favorecidos por factores sociales. Pareciera que nuestras prácticas y metodologías se hubiesen interesado, principalmente, por la teoría del conocimiento o por la psicología humana en detrimento del estudio, acercamiento e implicación de los problemas históricos o sociológicos. Sin embargo, esto no es cierto. De hecho, para empezar, aquí estoy, un maestro zen hablando de la avaricia y la conflictividad social.
El Budismo siempre ha enseñado que la realidad que nos rodea podemos verla por nosotros mismos mediante una correcta percepción de la misma y que este error cognitivo, que luego genera fatales consecuencias para con los otros, puede ser reeducado a través de la meditación.
Una vez que una persona ha indagado en las raíces de sus percepciones, habrá visto, con claridad, dónde se escondían las raíces de sus malestares, los suyos y los de otros. Luego, desarrollado esta comprensión no distorsionada, debe llevarla a un interés real por la necesidad de un cambio social radical. La práctica del Budha se constata en nuestras relaciones en la cotidianidad, no en los retiros o en el interior de las salas de meditación. No, debe tener una correspondencia en nuestras acciones, palabras y pensamientos del día a día, a pie de calle.


