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Khanda

Por Denkô Mesa

En el Sutra del Diamante se lee: “Todas las cosas compuestas se asemejan al sueño, fantasma, burbuja, sombra… Se parecen a la gota del rocío y al destello del relámpago. Así debe considerarse la existencia.” En la mayoría de las culturas se hacen descripciones del ser humano, pero ¿quiénes somos en realidad? Ésta es la gran incógnita que debemos despejar. Casi todas las tradiciones lo consideran como un compuesto, ya sea alma y cuerpo (tradición judeocristiana) o cuerpo, mente y espíritu en otras. El budismo también ve al individuo como un conjunto de agregados, si bien no reconoce en ellos entidad fija o inmutable. La identificación (apego) es la causa del sufrimiento innecesario. Si queremos en verdad entendernos, debemos entender plenamente qué son y cómo funcionan, lo cual significa aprender a verlos tal y como son.

En el Canon Pali, la colección de los antiguos textos que constituyen el cuerpo doctrinal y fundacional del budismo, se representa al Budha diciendo que sólo enseñaba dos asuntos: el sufrimiento y el final del sufrimiento. Tras una práctica meditativa perseverante, Siddhartha Gautama alcanzó un estado de conciencia que ninguna palabra podía describir, sin embargo supo que el camino y la experiencia podrían ser descritos, aunque implicaba una nueva manera de ver y conceptualizar el problema del sufrimiento. Para ello, tuvo que inventar nuevos conceptos y extender palabras prexistentes a fin de que los demás pudieran experimentar el despertar por sí mismos. Una de las nociones nuevas y centrales de su enseñanza fue el de khandha, habitualmente traducido al castellano como “agregados”.

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El amor consciente

El amor consciente (*) por John Welwodd

 

Generalmente, solemos considerar que las relaciones íntimas son adecuadas cuando satisfacen nuestras necesidades de amis­tad, seguridad, sexo y autoestima. Sin embargo, si aspiramos a convertir nuestras relaciones en un sendero —en un sendero sa­grado— nos veremos obligados a ampliar nuestra perspectiva y a asumir una visión más comprehensiva que, incluyendo todas esas necesidades, no se halle, sin embargo, circunscrito a ellas. Nuestro tema tiene que ver con el cultivo del amor consciente, de ese amor que puede inspirar el desarrollo de una conciencia más expandida y la evolución de las personas implicadas.

Sin embargo, no debemos mostramos demasiado idealistas porque las relaciones íntimas nunca funcionan a un solo ni­vel. Vivimos simultáneamente en diferentes niveles y cada uno de ellos tiene sus propias necesidades concretas.

Niveles de conexión

El vínculo más primario que podemos encontrar en la pareja es la necesidad de una fusión simbiótica originada en el deseo de alcanzar el alimento emocional del que carecimos en nuestra infancia. Obviamente, esto es algo por lo que atravie­san muchas parejas que, cuando acaban de conocerse, atra­viesan una fase simbiótica que les lleva a cortar temporal­mente otras actividades o amistades y a pasar la mayor parte del tiempo juntos. El estadio simbiótico de una relación pue­de así contribuir a que ambas personas lleguen a establecer un profundo vínculo emocional. No obstante, si la simbiosis se convierte en la principal motivación de la relación o si perdura demasiado tiempo, termina convirtiéndose en un factor limi­tador que establece una dinámica paterno-filial que limita el rango de expresión e interacción de ambas personas, destruye los roles masculino y femenino de la relación y termina cre­ando pautas de comportamiento adictivas.

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Budismo solidario: un nuevo mapa del sendero

Budismo solidario. Un nuevo mapa del sendero

Por  Kenneth Kraft

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El budismo actual presenta dos grandes ramas. La más antigua es la hinayana, el “pequeño vehículo”, representado actualmente por la escuela Theravada, arraigada fundamentalmente en Birmania, Laos, Tailandia, Camboya, Sri Lanka y Malasia. La otra, es el budismo mahayánico, el “gran vehículo”, surgido en el siglo segundo antes de nuestra era, y característico de China, Mongolia, Corea,  Tíbet y Japón, y de la cual el budismo zen es una de su principales expresiones. La escuela Theravada tiene como figura paradigmática el arhat, monje budista dedicado a la liberación y la iluminación personal.  En cambio, la figura central del mahayana es el bodhisatva, que dedica su vida a liberar a todos los seres. Su principal atributo es la compasión, la ausencia de egoísmo y la plena dedicación a los demás,  incluso postergando su propio despertar.

La compasión es uno de los aspectos fundamentales de la teoría y la práctica del budismo mahayana. Tanto es así que el actual Dalai Lama dice que “la compasión es la base de las enseñanzas budistas. La principal característica del Buda es una gran compasión” (pág. 26). Esta afirmación se basa en la propia experiencia de Buda. Como se recordará, una vez alcanzada la iluminación, al término de un largo retiro solitario, Buda decidió, movido por la compasión del sufrimiento de los seres humanos, dedicarse a trasmitir la sabiduría que había alcanzado. El término sánscrito karuna ha sido traducido como “piedad” y sobre todo como “compasión”. La palabra española es definida como “el sentimiento de conmiseración o lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias”.1

Esta definición muestra sólo un aspecto de la complejidad del término sánscrito. Karuna no es sólo “piedad” por quienes sufren “penalidades o desgracias”, sino que es un sentimiento de empatía universal hacia todos los seres vivientes, incluida la persona que experimenta dicho sentimiento. Busca no sólo compadecer y ayudar a quienes se encuentren en una situación de desgracia e infortunio, sino que busca liberarse y liberar a todos los seres del sufrimiento, por entender que la propia liberación requiere o es favorecida por la liberación de los demás.  El término español “solidaridad” expresa bien esta relación de empatía, afecto y respeto al otro que es como yo, que realmente es yo. Esto se funda en una concepción de la igualdad básica de los seres humanos; como dice el Dalai Lama, “todos los seres humanos poseen un deseo innato que los impulsa a buscar la felicidad y evitar el sufrimiento. En lo esencial somos físicamente iguales. Lo que importa es nuestro parecido mental y emocional”.2

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Amar a un Ser Humano

Por Andrea Weitzner

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Amar a un ser humano es aceptar la oportunidad de conocerlo verdaderamente y disfrutar de la aventura de explorar y descubrir lo que guarda más allá de sus máscaras y sus defensas; contemplar con ternura sus más profundos sentimientos, sus temores, sus carencias, sus esperanzas y alegrías, su dolor y sus anhelos; es comprender que detrás de su careta y su coraza, se encuentra un corazón sensible y solitario, hambriento de una mano amiga, sediento de una sonrisa sincera en la que pueda sentirse en casa; es reconocer, con respetuosa compasión, que la desarmonía y el caos en los que a veces vive son el producto de su ignorancia y su inconsciencia, y darte cuenta de que si genera desdichas es porque aún no ha aprendido a sembrar alegrías, y en ocasiones se siente tan vacío y carente de sentido, que no puede confiar ni en sí mismo; es descubrir y honrar, por encima de cualquier apariencia, su verdadera identidad, y apreciar honestamente su infinita grandeza como una expresión única e irrepetible de la Vida.

Amar a un ser humano es brindarle la oportunidad de ser escuchado con profunda atención, interés y respeto; aceptar su experiencia sin pretender modificarla sino comprenderla; ofrecerle un espacio en el que pueda descubrirse sin miedo a ser calificado, en el que sienta la confianza de abrirse sin ser forzado a revelar aquello que considera privado; es reconocer y mostrar que tiene el derecho inalienable de elegir su propio camino, aunque éste no coincida con el tuyo; es permitirle descubrir su verdad interior por si mismo, a su manera: apreciarlo sin condiciones, sin juzgarlo ni reprobarlo, sin pedirle que se amolde a tus ideales, sin exigirle que actúe de acuerdo con tus expectativas; es valorarlo por ser quien es, no por como tu desearías que fuera; es confiar en su capacidad de aprender de sus errores y de levantarse de sus caídas más fuerte y más maduro, y comunicarle tu fe y confianza en su poder como ser humano.

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