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La luna de miel del despertar

Cuando se produce un verdadero y auténtico despertar, quién somos y qué somos queda claro. Ya no hay preguntas al respecto; está resuelto. Así, una de las señales del verdadero despertar es el final de la búsqueda. Ya no sientes el impulso, el tira y afloja. El buscador ha quedado revelado como la realidad virtual que siempre fue, y desaparece como tal. En cierto sentido, ha terminado su tarea. Ha proporcionado el impulso necesario para ayudar a sacar la conciencia o el Espíritu de su identificación con el estado de sueño, y le ha ayudado a volver a su estado de ser natural.

Ahora, si se trata de un despertar permanente, el buscador y la búsqueda se disuelven completamente. Si, por otra parte, el despertar no es de carácter permanente, es posible que el buscador y la búsqueda estén en proceso de ser disueltos, pero sin hallarse totalmente disueltos todavía. En cualquier caso, esta disolución del buscador mismo puede transformar la propia vida. Para los que estamos en el camino espiritual, toda nuestra identidad puede haber estado dedicada a ser un buscador. Literalmente, nuestra vida puede haber estado definida por la búsqueda espiritual, por el anhelo de Dios, de la unión o de la iluminación.

Entonces, de repente, se produce el despertar. El buscador, la búsqueda y toda la estructura egótica que se construye alrededor de la búsqueda espiritual desaparecen de repente. Esta identidad se ve tal como es —carente de significado e inútil—, y se cae.

Esta caída del buscador puede experimentarse como un gran alivio. Da comienzo a lo que he denominado la luna de miel del despertar. Al menos en mi caso, experimenté esta caída del buscador y de la búsqueda como si me hubieran quitado un gran peso de encima. Fue una experiencia muy física. Literalmente sentí como si me hubieran quitado un peso, un peso que había estado acarreando.

Ésta es una experiencia común entre los que despiertan. Cuando la conciencia despierta de su sueño de separación, hay una gran sensación de alivio. Por eso la gente empieza a reír o a llorar, o experimenta una intensa liberación emocional del tipo que sea: sienten el alivio de haber salido por fin del estado de sueño. A veces llamo a este momento el primer beso. El despertar es como tu primer beso espiritual, tu primer beso de la realidad, tu introducción a la verdad de quién y qué eres.

Esta luna de miel puede durar un día, una semana, seis meses o un par de años. Varía según la persona. Lo característico del periodo de luna de miel es la fluidez completa: no hay resistencia en tu ser, en tu experiencia. Todo fluye. La vida es un flujo; todo parece ocurrir por su propia volición. Es el conocimiento experimental de que en realidad todo se está haciendo, y que tú, como entidad separada, no estás haciendo nada.

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La mente es un sexto sentido

En la psicología budista, la mente es descrita como un sexto sentido, que se suma a los cinco habituales (vista, oído, olfato, gusto y tacto). Desde esta perspectiva, del mismo modo que el ojo percibe todo tipo de formas, colores y luces, el oído toda clase de sonidos, y la nariz todos los olores, la mente percibe todo tipo de pensamientos: grandes y pequeños, hermosos y feos, interesantes y aburridos, sabios y ridículos, etc. La mayoría de las personas no se identifican a sí mismas con los colores y las formas que ven, ni con las texturas que tocan. Normalmente no pensamos, por ejemplo: “Soy verde claro” o “soy rugoso”, cuando vemos algo verde o tocamos algo rugoso. Pero los pensamientos, como objetos de la mente, son un poco distintos y, quizás porque son inmateriales e internos, somos más propensos a confundirlos por quienes somos.

Los pensamientos de autoevaluación son particularmente seductores y convincentes. Aparecen en la mente disfrazados de verdad absoluta. Cuando aparecen pensamientos como: “No sirvo para nada”, “No soy querible”, “He defraudado a la gente” o “No tengo remedio”, enseguida nos quedamos atrapados en ellos y los separamos de otros comentarios internos como si fuesen verdades con autoridad. Aunque esto no les ocurra a todas las personas, muchos tenemos la tendencia profundamente arraigada de desestimar las fantasías y otras categorías de pensamientos como fabricaciones de la mente, y, en cambio, tomamos cualquier juicio sobre uno mismo como una verdad absoluta. Esta es precisamente la razón de que el reconocimiento de que los pensamientos no son la realidad pueda brindarnos una gran paz emocional.

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ZAZENKAI

Tres palabras que aclaran qué es la meditación

Meditar no es poner la mente en blanco. Tampoco es filosofar en silencio con la barbilla apoyada en el puño. La palabra ‘meditación’ está cargada de significados ajenos a esta milenaria práctica. Los dos términos que usan en tibetano y sánscrito capturan sus matices y nos ayudan a comprender su esencia. También hay una palabra castellana que describe cómo aplicarla con precisión. Y no es meditación.

Familiarización

Familiarizarse es aprender por repetición. Por ejemplo, las letras tibetanas parecen jeroglíficos, pero verlas una y otra vez las vuelve conocidas, les da significado y, con el tiempo, permite usarlas con fluidez. La exposición repetida nos familiariza con ellas. También nos familiarizamos con estados mentales. Y lo hacemos a diario, sin saberlo: planes, expectativas, sueños, egocentrismo, emociones descontroladas que dictan nuestras acciones, estrés, juicios, preocupaciones y falta de autoestima. Somos meditadores inconscientes. Nos familiarizamos con lo negativo. Meditar es generar amor, paz, compasión… y familiarizarnos con ellos. Hoy, el amor desinteresado nos parece tan exótico como el guacamayo rojo. Pero hay esperanza. Solo necesitamos generar amor y mantenerlo en mente el tiempo suficiente. Poco a poco, la insólita bondad que sentimos pasará a ser la norma, no una excepción.

Cultivo

Cultivar es crear las condiciones necesarias para el florecimiento. La semilla no basta. Requiere ciertas condiciones externas, como agua, tierra fértil, luz del sol y protección de los animales. Con ellas, su germinación es imparable. La meditación necesita condiciones favorables para florecer. Los estados positivos que buscamos son tan escasos, volátiles y delicados que necesitan apoyo externo. ¿Qué es mala hierba para nuestra meditación? Todo influye: amistades, actividades de ocio, información que consumimos y horas que dormimos, palabras que decimos y acciones de las que nos arrepentimos, ejercicio físico, higiene y alimentación. ¿Por dónde empezar? Una pista: calidad, no cantidad.

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Los tres corazones

La Compasión budista. Giuseppe Jiso Forzani

Tres son las actitudes del corazón que el zen propone y que están identificadas con tres ideogramas. El primero es el corazón grande, el segundo el corazón de la persona anciana, madura, el tercero es el corazón de la alegría, y son las actitudes que en la vida cotidiana cada uno de nosotros debe manifestar. Obteniendo impulso y fuerza de aquella práctica del estar sentados en silencio que después ilumina toda la vida.

El corazón grande, magnánimo. Aquí grande no es lo contrario de pequeño, grande es cada uno de nosotros cuando es verdaderamente sí mismo, grande es una pulga cuando es una pulga, es una galaxia cuando es una galaxia. En el mundo de las pulgas está todo, como en cada gota individual de agua está todo el universo, que no es más pequeño que el universo contenido en una estrella. Cada uno a su manera grande, si es sí mismo hasta el fondo, si verdaderamente vive hasta el fondo aquella relación con su vida como expresión, manifestación, forma de la vida.

El corazón del viejo. Hay quien dice el corazón de los padres, pero yo pienso en el anciano, en el abuelo que tiene hacia el nieto una relación menos involucrada que la del padre (por ejemplo desde el punto de vista del orgullo personal, del deseo de ver que el hijo realiza sus aspiraciones). Este corazón de la persona anciana que tiene una relación de afecto, de ternura con todas las cosas, por la que cada cosa es parte de su vida y tiene aquel cuidado delicado que no tiene segundas finalidades.

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