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El lenguaje del silencio

Sigiloso, inspirador y por muchos temido, el silencio encierra más verdades de las que podemos expresar con palabras. El concepto, estrictamente entendido como la ausencia de sonido o de comunicación, es tan cierto como incompleto ya que esconde tantos matices como interpretaciones.

Este vacío en el espacio y el tiempo que llamamos silencio ha servido de inspiración para filósofos, religiosos o poetas, pero tiene su máxima expresión en nuestro día a día. Su impacto en nuestro bienestar físico y emocional es tan importante como la calidad del aire que respiramos o de los alimentos que ingerimos.

Querer o poder

¿Cuánto hace que no tienes un instante de absoluto silencio? Quizás lo tengas, pero ¿con qué frecuencia? Nuestra actual “cultura del ruido” junto al empeño por estar permanentemente hipercomunicados nos obliga a adaptarnos al fragor de las ciudades y a la contaminación acústica. Un nocivo y constante “hilo musical” que invade nuestros sentidos para someternos a vivir en la cómoda incomodidad del bullicio, afectando gravemente a nuestra salud y bienestar psicológico.

Entre los múltiples efectos del ruido podemos encontrar un amplio abanico de alteraciones como estrés, irritabilidad, agresividad, cansancio, trastornos del sueño, etc. Sin embargo, la otra cara de la moneda, la ausencia de este sonido permanente también nos llega a incomodar, como si nos sintiéramos extraños o abrumados. Algo que evitamos encendiendo la televisión o la música de fondo, aunque no estemos prestando atención, simplemente para sentirnos acompañados al realizar cualquier otro tipo de tareas como estudiar, cocinar o trabajar.

Sorprendentemente, cuando nos alejamos de esta selva acústica, no sólo aliviamos el estrés y la ansiedad sino que también promovemos la regeneración neuronal. Así lo demuestra un estudio realizado en Alemania por el Centro de Investigación para las Terapias Regenerativas de Dresden, revelando que al menos unos minutos de silencio al día favorecen la creación de nuevas células en regiones del cerebro relacionadas con la memoria, el aprendizaje y las emociones.

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Sobre la empatía

¿Qué es la empatía?

La empatía es une termino que viene siendo cada vez más utilizado por los científicos y en el lenguaje común y que se confunde generalmente con el altruismo y con la compasión. La palabra empatía abarca en realidad varios estados mentales distintos. La palabra empatía es una traducción de la palabra alemana Einfühlung que hace referencia a la capacidad de “sentir a los demás a partir del interior”. Fue utilizada por primera vez por el psicólogo alemán Robert Vischer en 1873 para designar una proyección mentar de sí mismo en un objeto exterior al cual uno se identifica subjetivamente, como por ejemplo: una casa, un árbol viejo y nudoso o una colina modelada por el viento (iv). Posteriormente, el filósofo Théodor Lipps expandió esta noción para describir el sentimiento de un artista que se proyecta gracias a su imaginación no sólo en un objeto inanimado sino también en la experiencia vivida por otra persona.

La empatía puede ser activada por una percepción afectiva de los sentimientos de los demás o por la imaginación cognitiva de lo que han vivido. En los dos caso la persona hace una distinción clara entre lo que siente y lo que siente el otro, lo cual es diferente del contagio emocional durante el cual dicha diferenciación es imprecisa (v).

La empatía afectiva aparece por lo tanto de manera espontánea cuando entramos en resonancia con la situación y con los sentimientos de otra persona, con las emociones que se manifiestan a través de expresiones faciales, de la mirada, del tono de su voz y de su comportamiento.
La dimensión cognitiva de la empatía nace al evocar mentalmente una experiencia vivida por alguien más, imaginando lo que dicha persona siente y cómo se ve afectada por la experiencia o imaginando lo que nosotros sentiríamos en su lugar.

La empatía podría conducir a una motivación altruista, pero también puede, cuando nos confrontamos al sufrimiento de los demás, engendrar un sentimiento de desamparo y ganas de evitar la situación, lo cual incita a enfermarse en sí mismo o a apartarse del sufrimiento que se observa.

La empatía cognitiva sin altruismo puede incluso conllevar a la instrumentalización de la otra persona al sacar provecho de la información que nos suministra sobre su estado de ánimo y sobre la situación. Llevado al extremo esa es una de las características de los psicópatas.

Los significados atribuidos por diferentes pensadores e investigadores a la palabra “empatía” así como a otros conceptos similares como la simpatía y la compasión son muy variados y pueden por lo tanto prestarse a confusión.

Sin embargo, la investigación científica realizada desde los años 70-80, especialmente por los psicólogos Daniel Batson, Jack Dovidio y Nancy Eisenberg, y más recientemente por los neuro científicos Jean Decety y Tania Singer, han permitido aclarar las sutilezas de dicho concepto y analizar sus vínculos con el altruismo.

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En la sede de la mente

“La consciencia es todo lo que experimentas”, escribe Koch. “Es la canción que se repite en tu cabeza, la dulzura de una mousse de chocolate, la palpitación de un dolor de muelas, el amor feroz por tu hijo y el discernimiento amargo de que, al final, todos esos sentimientos se acabarán”. Hay dos campos científicos que aspiran a, o no pueden evitar, competir con los poetas en la interpretación del mundo: la cosmología y la neurología. Tiene toda la lógica. Una buena ecuación sintetiza una inmensa cantidad de datos en un centímetro cuadrado de papel, igual que un buen verso.

Para filósofos como Daniel Den­nett, el problema de la consciencia es inseparable del enigma de los qualia: lo que sentimos como la rojez del color rojo, la dulzura de un dulce, la sensación de dolor que nos produce un dolor de muelas. Estos filósofos creen que el enigma de los qualia no puede ser resuelto, ni siquiera abordado, por la ciencia, porque esas sensaciones son privadas y no pueden compararse, aprenderse ni medirse por referencias externas. Esta idea, sin embargo, contradice el principio general de que la mente equivale al cerebro, como ya avanzó hace 2.500 años Alcmeón de Crotona.

Si todo lo que ocurre en nuestra mente es producto de —o más bien es idéntico a— la actividad de ciertos circuitos neuronales, la consciencia no puede ser una excepción, o de otro modo volveríamos al animismo irracional, a la creencia en un alma separada del cuerpo, a los fantasmas y a los ectoplasmas. Crick y Koch decidieron saltarse el supuesto enigma de los qualia para concentrarse en buscar los “correlatos neurales de la consciencia”, es decir, los circuitos mínimos suficientes para que se produzca una experiencia consciente. La estrategia ha sido fructífera.

Tomemos el efecto bien conocido de la rivalidad binocular. Con un sencillo montaje, puedes presentar una imagen al ojo izquierdo de un voluntario (un retrato de Pili, por ejemplo) y otra al ojo derecho (un retrato de Juanma). Podrías pensar que el voluntario vería una mezcla chocante de las dos caras, pero si le preguntas verás que no es así. Ve un rato a Pili, luego de pronto a Juanma, después otra vez a Pili y así. Los dos ojos rivalizan por hacer llegar su información a la consciencia (de ahí “rivalidad binocular”). ¿Qué cambia en el cerebro cuando la consciencia flipa de una cara a la otra?

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El núcleo de la compasión es el coraje

Cuando las personas escuchan la palabra compasión, suelen pensar en la amabilidad. Pero su estudio científico ha encontrado que el núcleo de la compasión es el coraje.

La amabilidad, en vez de ser lo que define completamente la compasión, es una forma específica de ser compasivo. Imagínate a un bombero que constantemente pone su vida en riesgo para salvar a otros. Ese acto en sí mismo es compasivo, pero fuera del trabajo, puede que el bombero sea una persona distante, o que tenga un temperamento irritable o que se le olviden una y otra vez los cumpleaños. El punto es que la gente amable no siempre tiene el coraje de comportarse compasivamente.

Una definición de diccionario de la compasión diría algo así como: “una sensibilidad hacia el sufrimiento de uno mismo y de los otros junto al compromiso de intentar aliviarlo”. Esta frase sintetiza dos procesos. El primero es el coraje de volverse hacia, relacionarse y entrar en contacto con el dolor y el distrés, en vez de optar por evadirlo o ignorarlo. El segundo es la disposición a adquirir la sabiduría que necesitamos para responder adecuadamente frente al sufrimiento.

El coraje de ser compasivo yace en la disposición y voluntad de ver la naturaleza y las causas del sufrimiento – ya sea en nosotros mismos, en los demás o, más ampliamente, en la humanidad. Estamos hechos a partir de genes que han evolucionado por millones de años y esos genes construyen nuestros cuerpos y nuestros cerebros —no los elegimos. Y estos cuerpos y cerebros son frágiles, susceptibles a las heridas, a una multiplicidad de enfermedades, al deterioro y la muerte.

Las motivaciones básicas que han evolucionado en nuestros cerebros tales como la búsqueda de status y poder, el sexo y el cuidado de la familia (compartidas con otros mamíferos), pueden llevarnos a quedar atrapados en la ambición auto-centrada y la mentalidad tribal, haciéndonos capaces de llevar a cabo crueldades terribles. Los humanos han sido fuente de sufrimiento unos de otros y de los animales por miles de años. La mente humana inventó la tortura y puede sentir placer en la venganza sádica. Y tal como otros animales, somos vulnerables a una amplia gama de sufrimientos mentales como el miedo, la depresión y la paranoia. Toma bastante coraje comenzar a comprender nuestra especie de esta manera.

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