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¿Es aconsejable cambiar?

Pocas personas pueden afirmar que, en su modo de vivir y en su experiencia del mundo, no hay nada que valga la pena mejorar. Algunos piensan que sus defectos y sus emociones conflictivas contribuyen al enriquecimiento de sus vidas, y que, precisamente, esa alquimia tan especial es la que les hace ser lo que son: unas personas únicas; creen que han de aprender a aceptarse así y a amar sus defectos tanto como sus cualidades. Dichas personas corren un gran peligro de vivir inmersos en una insatisfacción crónica, sin darse cuenta de que podrían mejorar con tan sólo un poco de esfuerzo y reflexión.

Imaginemos que nos proponen que pasemos todo un día sintiendo celos. ¿Quién de nosotros lo aceptaría de buen grado? En cambio, si se nos invita a pasar ese mismo día con el corazón lleno de amor hacia los demás, la inmensa mayoría de nosotros encontraríamos esta opción infinitamente más preferible.

Con frecuencia nuestro espíritu se ve invadido por perturbaciones de todo tipo. Los pensamientos dolorosos nos afectan, la ira nos invade y las duras palabras que nos dirigen los otros nos hieren. En esos momentos, ¿quién no soñaría con controlar sus emociones para ser libre y dueño de sí mismo? De buena gana intentaríamos ahorrarnos esos sufrimientos, pero, como no sabemos qué tenemos que hacer, preferimos pensar que, después de todo, así «es la naturaleza humana». Pero lo «natural» no es forzosamente deseable. Por ejemplo, sabemos que la enfermedad es consustancial a todos los seres, pero eso no nos impide consultar a un médico cuando estamos enfermos.

No queremos sufrir. Nadie se despierta por la mañana pensando: «¡Ojalá pueda sufrir durante todo el día y, si es posible, durante toda la vida!» Hagamos lo que hagamos, ya se trate de emprender una tarea importante, de realizar nuestro trabajo habitual, de mantener una relación duradera, o, simplemente, de pasear por el bosque, bebernos una taza de té o encontrarnos por casualidad con alguien, siempre esperamos sacar de ello algo que sea beneficioso para nosotros o para los demás. Si estuviéramos seguros de que nuestros actos sólo nos proporcionarán sufrimiento, no haríamos nada.

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El gallo del rey

Un rey deseaba tener un gallo de combate fuerte y había encargado a un súbdito que educara a uno. Al principio, este enseñó al gallo la técnica del combate. Al cabo de diez días, el rey le preguntó:

—¿Podemos organizar una lucha con este gallo?

—¡No, no, no! Es fuerte, pero esa fuerza está vacía, está excitado y su vigor es efímero —respondió el instructor.

Diez días después, volvió a preguntar el rey:

—¿Podemos ahora organizar el combate?

—¡No, no, no! Todavía no. Todavía es apasionado, siempre está deseoso de combatir. Cuando escucha la voz de otro gallo, aunque sea de una aldea vecina, se irrita.

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Un caudal que expresa la verdad

Por Denkô Mesa
(Ponencia impartida en el V Congreso Internacional de Meditación y Ciencia organizado por el Centro Milarepa de Las Palmas de Gran Canaria)

 

Por regla general, o bien nos proyectamos hacia un futuro inexistente, que llenamos de promesas incumplidas, o bien terminamos anclados con la mirada puesta en un pasado que jamás volverá de nuevo. Vivimos ajenos al momento presente. Estamos enajenados emocionalmente y, en general, transitamos por los distintos momentos de la cotidianidad en modo automático, o sea, vivimos ausentes de nosotros mismos. Esta es la ilusión del preceptor, la ignorancia de la que nos habló Siddhartha Gautama, AVIDYA, cuya causa indica que se debe a una falta de atención. Por esta razón, se hace necesario que recuperemos el natural estado de la presencia, una facultad al alcance de todos y cada uno de nosotros que se fortalece con el aprendizaje y el cultivo sistemático de la atención consciente. Es por ello que, en muchos ámbitos, se hace mención a la capacidad auto reflexiva del ser humano, una fortaleza que debe ser recuperada y aplicada adecuadamente en distintos contextos, ya sean de ámbito educativo, político económico, sanitario, etc.

Necesitamos ajustar las miradas, recuperar el tono y el centramiento. Suelo compartir la simple reflexión: si un individuo desarrolla adecuadamente la práctica de la atención, lo conduce a un estado de presencia. Si, por el contrario, la dispersión y el automatismo son los referentes de su vida, permanecerá distraído, con falta de claridad y nitidez, en definitiva, continuará en un estado de ausencia. La pregunta es: ¿tú que eliges? ¿Qué deseas para ti y para los otros? ¿Estás dispuesto a comprometerte de verdad? La salida es hacia adentro y la meta está en el viaje. Lo lindo es que el camino lo hacemos siempre juntos.

Meditar es un gran regalo. Meditar es atender a lo real. Meditar es la expresión natural de quien tú verdaderamente eres. No es una técnica para alcanzar algo. Es un arte de la contemplación consciente. Lo contrario es vivir, haciendo como si, esto es, vivir de manera robotizada o automatizada, como han insistido sobre ello grandes maestros de distintas tradiciones. Los seres humanos sufrimos debido a un estado de alejamiento de aquello que nos nutre. Sin embargo, la luz de la conciencia despierta anida en nuestros corazones. Por esta razón, el Budha dijo que el camino está en el corazón. Meditar es volver a casa, reposar en la serenidad de una mente ecuánime y amorosa.

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