Enseñanzas

En este preciso instante

 

Como todo fenómeno en este universo, lo queramos o no, nos vivimos en un efímero y constante devenir, en un flujo de incesantes cambios y hermosas interrelaciones. En este proceso vital continuado, que seamos y nos sintamos libres, plenos y felices depende exclusivamente de nosotros mismos. En la tradición budista no se espera a que ningún ser externo venga a sacarnos las castañas del fuego, o bien que pueda presentarse para disfrutar por nosotros de las alegrías que nos brindan los infinitos instantes del presente. Cuestión de percepción.

En este preciso ahora que leen el artículo, cuando el cuerpo, la mente y la respiración parece que estuvieran por otros derroteros, estamos recogiendo justo lo que somos, un reflejo de lo hecho, pensado y movido en el pasado. Por el contrario, en la fantasía de un futuro aún por llegar, pero en el que nos gusta proyectarnos, seremos lo que hacemos, pensamos y movemos en el ahora. Por tanto, somos un siendo en el presente; de hecho, no hay otro instante que no sea éste.

Para que podamos salir de la oscuridad de la ignorancia debemos tener el firme propósito de querer hacerlo. La motivación y la determinación para poner luz en nuestras oscuridades dependen de cada uno de nosotros. Debemos reconocernos y responsabilizarnos de nuestros actos, palabras y pensamientos. Somos herederos de la luz de un conocimiento despierto que sin embargo mal usamos vanamente.

Como guerreros de la preocupación, en nuestro interior se debate un permanente conflicto con nosotros mismos que hiere nuestra mente y nuestros sentidos con pensamientos cargados de ansiedad al no conseguir todo aquello que deseamos. Vivimos el día a día a tenor de las expectativas que continuamente generamos. Esta falacia nos conduce a un sentimiento de carencia, a creer que algo nos falta, en definitiva, nos aboca al denominado sufrimiento ya que no podremos cristalizar todos nuestros anhelos.

En nuestras manos está el dar un paso adelante, salir de este confuso estado y caminar concientemente hacia la realización de la verdadera felicidad. Para ello, debemos encontrar el eje justo de nuestras necesidades sin caer en el desequilibrio promovido por la esclavitud de nuestros impulsos.

La práctica de la meditación es un arte que nos enseña a valorar aquello que merece la pena ser mantenido, a fortalecerlo en definitiva, si bien nos invita a soltar y devolver aquello que no nos pertenece y que arrastramos como un pesado fardo en nuestro caminar por la vida.

Denkô Mesa

 

La Vía del No Dos

La práctica de zazen es una combinación de dos actitudes básicas de la mente: concentración y observación. La práctica de la concentración conduce al estado de samadhi. Este estado está caracterizado por una profunda quietud de la mente y por un equilibrio  de la actividad emocional, llamado “ecuanimidad”, en el que la atracción y el rechazo han sido transcendidos. El estado de samadhi es la plataforma desde la cual debemos cultivar la observación lúcida. Es solamente esta observación lúcida la que permite la toma de conciencia y el desmontaje de las estructuras ilusorias de la mente.

La agitación mental viene dada por la dispersión (desenfoque) de la atención. Lo primero que tenemos que hacer al comenzar una sesión de zazen es, pues, calmar la agitación mediante la concentración (enfoque) de la atención. Una vez que sientas que tu mente se ha aquietado gracias a la concentración sobre la respiración, puedes abrir el campo de la atención gracias a la observación. Los principiantes deben ser muy cautelosos a la hora de pasar a la observación y deben asegurarse de que el nivel de concentración, o quietud, no sufre mengua. En líneas generales la base del arte de la contemplación se encuentra en el equilibrio entre la estabilidad y la vigilia:

 Estabilidad – Concentración 

Es como el hilo de una cometa que vuela libremente gracias a la tensión adecuada. Estabilidad no es fijación. Con ella me refiero a la quietud corporal. El foco de atención está puesto en la postura correcta y en el contacto permanente con una respiración adecuada. Se dan al mismo tiempo la firmeza y la flexibilidad, lo cual permite al practicante experimentar lo que acontece con calma y sin reaccionar impulsivamente. Hablo de un apacible estado de centramiento y permanencia; el meditador permanece tranquilo sin apegarse a nada, ni huir de nada.

Vigilancia – Observación

Nuestra mente es parecida a un océano agitado en el que continuamente se agitan las olas de su actividad incesante: emociones contradictorias, pensamientos variados, sensaciones, expectativas, etc. Una vez que hemos establecido la base meditativa (concentración), con ella viene de forma natural un estado de apertura interna. Accedemos a una contemplación dinámica de la mente, nos percatamos que su naturaleza misma en el movimiento, si bien gracias al poder de la postura correcta, podemos fluir e indagar con calma. Tras una observación ecuánime surge un discernimiento correcto. Visión clara es lo que proporciona la mirada atenta.

Sabiduría – Comprensión

La meditación zen, es una práctica espiritual muy antigua que fue actualizada y utilizada por el Buda Shakyamuni como vía de acceso a un estado existencial caracterizado por una profunda serenidad y una lucidez aguda.

¿Cómo lo estamos haciendo? ¿Qué estamos haciendo? El secreto de zazen no está tanto en la técnica como en la actitud (ética) con la que se practica. La meditación zen es mucho más que una técnica de meditación y ni siquiera un grueso manual puede suplir la enseñanza directa de un maestro zen, de persona a persona, de corazón a corazón.

Denkô Mesa

 

El arte de la contemplación

Partimos de la base de que nos pasamos la vida buscando emociones novedosas, excitantes y especiales, pero todo lo que hemos creado a nuestro alrededor no es más que un camino de huida.

El mensaje del Buda es fácil: sufrimos por un desequilibro cognitivo, debido al cual nos relacionamos de forma inadecuada con la realidad. ¿Hay salida? ¿Podemos resolverlo? La respuesta es sí, pero esta opción sólo puede asumirla y vivirla cada uno y por sí mismo. Al hacerlo comenzará un camino hacia el autoconocimiento más pleno y consciente. ¿Cómo se consigue? El error está en la pregunta. No se obtiene, se da naturalmente gracias a la práctica. Los resultados llegan con la propia práctica. Llega un momento en el que se produce un encaje perfecto entre la realidad y la percepción subjetiva que tenemos de ella, por lo que nos sentimos bien y dichosos. Esta experiencia genera bienestar y se quiere compartir.

Podemos afirmar que hay dos planos de la existencia. En el reino de lo absoluto todo está bien y no hay nada que hacer, sólo descansar en el Ser Real que a todos nos sustenta. En el ámbito de lo relativo hay cosas que hacer sin olvidar el Ser. No hay que ir a ningún lugar especial para ser felices. Todo se está dando en el ahora, pero: ¿en qué estado mental, corporal y emocional se encuentran ustedes para percatarse de ello? 

El buen meditador vive y actualiza la práctica de la atención plena en la realidad ordinaria. Es necesaria la recuperación del estado de presencia y centramiento. Si no prestamos la debida atención a lo que estamos haciendo, diciendo o pensando, viviremos cada instante en un estado de ausencia donde nunca habrá comprensión, ni sabiduría. Eviten convertirse en autómatas espirituales.  No hay nada que cree más dificultades que mantenerse distraído en lo falso, creyendo que es lo verdadero.  La elección es dualismo y separabilidad.

La vía del Buda es llamada el camino del medio o armónico equilibrio. La base de este recorrido es la diligencia en la práctica meditativa y la buena disposición. Se requiere perseverancia, mantener un esfuerzo sostenido  junto a una actitud de entrega y confianza en el proceso. Al hacerlo así, verán que los logros acontecen con la propia práctica. Resumiendo lo dicho hasta aquí:

El Budismo es meditación.

La Meditación es desarrollo consciente de la atención.

La atención es comprensión.

La comprensión es sabiduría.

La sabiduría es práctica en el ahora cotidiano.

Denkô Mesa

Se acabaron las expectativas

Les comparto unas buenas preguntas, confiando en que deriven en mejores reflexiones: ¿quién tiene expectativas? ¿Por qué surgen? En definitiva, ¿qué esperamos conseguir de la vida?

Suelo repetir que a mayor expectativa, mayor garantía de sufrimiento. Si bien es imposible dejar de desear, pues es el motor de la existencia, el mundo del apego está caracterizado por un estado ilusorio de carencia, por una falta de atención profunda en la psique del ser humano.

Cuando creemos que nos falta algo, este sentimiento suele manifestarse de variadas formas: nos falta un reconocimiento social o laboral, nos falta una relación de pareja determinada, nos falta un mayor equilibrio económico, nos falta una mayor salud vital. Nos falta, nos falta, nos falta… y nos escudamos en el mundo de las esperanzas compulsivas, como si realmente necesitáramos más de lo que somos. Realmente ya lo somos todo.

Cada uno de nosotros somos es responsable de crear o no crear el mundo que aparece y desaparece ante nosotros. Es una simple cuestión de percepción, así que sobre aquello que deseamos que ocurra, dependerá siempre de la mirada de quien observa la realidad.

En el budismo se insiste en que la realidad nunca aparece como a uno le gustaría que apareciera. ¿Por qué? Debemos tener en cuenta la ley de la impermanencia, la única en este universo que no cambia, la ley del cambio. Todo delante de nosotros está apareciendo y desapareciendo a una velocidad determinada y claro, ante ese dinamismo constante, uno desearía ver la película que quiere y no la que está sucediendo. Dicho esto, los seres humanos tenemos mayor capacidad de desear que de satisfacer esas expectativas.

El arte de la meditación consiste en aprender a soltar profundamente cualquier tipo de pretensión de querer ser algo distinto de lo que ya somos y aprender a ser un siendo que se mueve en equilibrio en el mundo de la impermanencia. Aquí está la clave de la verdadera sanación y vibración auténtica como seres humanos.

Merece la pena vivirse así porque somos seres con un potencial enorme, seres con capacidad de poner luz a nuestras ignorancias. Se acabaron las expectativas.