Enseñanzas

Nos sustenta, habita y reconforta

Tanto si aparece como un día de sol radiante o bien como un cielo gris cargado de lluvias, la caducidad del tiempo es un implacable recordatorio de nuestra efímera existencia. No sabemos de dónde venimos ni a dónde vamos, pero nunca queremos parar. Nos agarramos a la preciosa idea de vida, a nuestra pequeña parcela de tierra, pero cuanto más nos aferramos más sufrimos. Parece que no somos capaces de aceptar las condiciones cambiantes. Este es nuestro conflicto existencial, cotidiano.

Las resistencias forman parte del yo condicionado, son la herramienta más poderosa que tiene el personaje (como lo llamo) para perpetuarse a sí mismo. Las resistencias, expresadas en sus más variadas formas, son contrarias a la práctica de la integridad. Cualquier tipo de fijaciones no hacen más que marcar el limitado campo de nuestras ilusiones. Por el contrario, si somos capaces de vivenciar con equilibrio lo todo es visto, si es aceptado tal cual es, estaremos mucho más cerca de sentirnos bien y mejor a cada instante.

Así pues, la práctica meditativa consiste en fundirse plenamente con el flujo de la vida cambiante. Si hay una verdadera emergencia de la ecuanimidad implicará interactuar compasivamente con la cajera del supermercado, con el señor que nos vende los periódicos, con el conductor del autobús, con nuestros hijos, parejas y familiares…. Éste es nuestro objetivo, nuestro ritmo de práctica en el zen.

Recuerda que somos cautivos de la ilusión que nos hemos creado de permanencia. Pasamos por nuestras rutinas diarias creando momentos especiales y descartando el tiempo que hay entre ellas.

Por todo ello, en ningún lugar resulta tan evidente el cambio como cuando nos sentamos sobre nuestros cojines siguiendo el flujo de la respiración. De súbito nos percatamos de que cada respiración es distinta, que cada inhalación y exhalación es única e irrepetible. Cada paso que damos, cada bocado que probamos, cada sonido que escuchamos es distinto a cualquier otro. Los retiros zen (sesshin), por ejemplo, están organizados para ayudarnos a concentrarnos en la experiencia del momento, en lo que es estar vivo en este mundo, en este preciso instante.

¿Qué nos queda entonces, más que dejar pasar lo que no somos y fundirnos con ese Todo que en verdad nos sustenta, habita y reconforta?

Denkô Mesa

El cuidado como virtud

La práctica meditativa requiere rigor y conlleva implícito el desarrollo de la perseverancia. Es fundamental que se mantenga la constancia y la regularidad indagatoria para que pueda darse un natural aprendizaje y manejo correcto en el cultivo de la atención. Sin embargo, la avidez humana es grande y se manifiesta cuando pretendemos alcanzar iluminaciones inmediatas y acabamos reduciendo el mundo espiritual al nivel del cheque exprés.

La meditación no se compra con bonos narcisistas, no se da cuando el ego quiere. La meditación no es antes, ni después. Es cuando es, o sea, es todo el tiempo. Por otro lado, no vale hacerlo de cualquier manera. No todo está bien, pero nos hemos convertido en grandes expertos de la justificación y la banalidad más chabacana.

En la Vía del Budha se cuida cada instante con la máxima presencia. No somos sujetos pasivos. El meditador asume la autorresponsabilidad de sus propias conductas. La meditación zazen es una práctica tranquila de vigilancia ininterrumpida, de ahí que la certeza surja a través del gesto preciso, exacto e impecable. Por esta razón, la atención es entendida como un gran sistema de control de la calidad de la conciencia, lo cual permite ir sorteando distintos obstáculos que se encuentran a lo largo del camino del conocimiento. Así se dice que hay al menos tres remedios para afrontarlos con éxito: primero percibiendo la interferencia con claridad, pero sin darle excesiva atención, segundo repitiendo este remedio hasta que termine por desaparecer y tercero convirtiendo la interferencia en principal objeto de atención

Si lo expresáramos de otra manera, podemos impedir que surjan los estados perjudiciales que aún no han brotado (evitando que crezcan las malas hierbas en nuestro jardín interior), disolver aquellos estados nocivos ya surgidos (esforzándonos en quitarlas si nacen), generar estados provechosos que no han salido (plantando hermosas flores) y manteniendo los estados provechosos ya surgidos, esto es, esforzarnos finalmente en mantenerlo bello y hermoso es entender el mimo y el cuidado como una virtud de la práctica meditativa. Porque como dijo el maestro zen Eihei Dôgen “Las olas se forman incansablemente en la superficie de la corriente, pero no pueden borrar el reflejo de la luna que mora en ellas.”

Denkô Mesa

 

Hacia el encuentro con el ser

El zen es un viaje hacia el encuentro con el ser. Su secreto radica en aprender a sentarse sin ansiedad, experimentar lo que acontece sin prisas, vivenciándolo a través de un estado de apertura y recogimiento sereno.

Meditar es un estado de plena absorción. Es un ejercicio desnudo que favorece la contemplación serena. Es una opción válida para cualquiera y muy necesaria en el día a día, pero hay que llevarla a cabo de manera correcta, constante y precisa. No vale de cualquier forma, pero nos excusamos con todo tipo de justificaciones, tanto que hemos hecho de la mentira el reino de este mundo.

La práctica de la meditación consiste en ver sin mirar, escuchar sin oír, captar sin querer coger. De esta manera, la actitud del meditador se equipara al estado del quien se sienta tranquilo al borde de un acantilado, disfrutando del ir y venir de las olas de la playa que contempla; es así como se entiende la práctica meditativa, descubriendo con serenidad lo que surge, se desarrolla y termina por desaparecer, observando sin manipular el movimiento de la conciencia.

De esta manera, la meditación es un sutil arte que nos hace descubrir cómo somos en realidad, experimentándolo desde un ángulo pleno de paz y bienestar, viviéndolo sin confrontación y sin coacciones.

La meditación no es crear un estado ideal con el que te identificas, no se puede eludir la confusión. Se trata de despertarte, reconocerte tanto en situaciones gratas como ingratas. Todos somos luces y sombras y que yo sepa no hay rosas sin espinas, salvo en las manipulaciones transgénicas. Esta es la razón por la que los alimentos han perdido sabor y color en nuestros supermercados. Y esta sensación se puede observar en distintos órdenes de nuestras vidas. Carecemos de tono y presencia debido a una gran falta de atención. Vivimos narcotizados y nos hemos convertido en consumidores de productos exprés.

Por lo tanto, meditar es un sutil arte de equilibrio entre la plena atención y la relajación profunda. Estabilidad y apertura se dan la mano en el viaje hacia el quién soy yo y qué es esto.

La meditación no es una postura, ni un traje, ni un hábito. Es una experiencia de recapitulación integral que proporciona el gozo de volver a casa y conectar la fuente original de la existencia.

 

 

 

El corazón de la experiencia

La meditación es una práctica de contemplación serena a través de la cual emerge el estado de la plena presencia. Si contemplas sin manipular, observarás que esta presencia no está involucrada con ninguna forma particular. Simplemente permite que toda apariencia sea como es, sin involucrarte en ella, actúa de la misma forma que un espejo, esto es, permite que cada imagen se presente tal como es, sin elegir ni rechazar y sin involucrarte en ella.

Poco a poco notarás que no es posible encontrar esta presencia si tratas de conocerla como un objeto. Quizá trates de conocerla bajo la idea de un pensamiento, el impulso de una emoción, una sensación o una percepción. Sin embargo, la presencia no puede ser encontrada como ningún tipo de objeto; la única manera de conocerla es ser ella.

Si accedes a la práctica con una motivación desinteresada, los beneficios se irán presentando de forma natural. Si por el contrario acudes a la práctica con el espíritu de la posesividad, te frustrarás fácilmente y apenas te darás cuenta, estarás a mil millas del momento presente.

Es por eso que nuestro Ser, la Conciencia, a veces se dice que es nada, o sea, no es una cosa, un objeto, un pensamiento, un sentimiento, una sensación o percepción. A veces se dice que es vacía, transparente o vacua, pero estas palabras son para evocar la realización de que lo que esencialmente somos no se puede encontrar, sentir, conocer, ver o experimentar como cualquier tipo de objeto, por muy sutil que sea, ni siquiera la sutil sensación de ser.

Meditar es la expresión de nuestra naturaleza esencial. Meditar es encontrar esta presencia en el corazón de toda experiencia, ser íntimamente uno con. Así pues, meditar es la no acción suprema, la entrega total, la rendición absoluta.

Denkô Mesa