Luz del Dharma

Comunidad budista zen

Elogio a la simplicidad

«Simplificar, simplificar, simplificar…»

Estas palabras tan refrescantes escritas por Henry Thoreau nos recuerdan que gran parte de nuestro sufrimiento proviene de añadir innecesarias e inquietantes complicaciones en nuestras vidas.

Parece que estamos continuamente tejiendo redes conceptuales elaboradas en torno incluso a eventos muy sencillos.

Distorsionamos la realidad y la envolvemos con complicaciones mediante la superposición de construcciones mentales fabricadas. Esta distorsión conduce invariablemente a estados y conductas mentales que carcomen nuestra paz interior y la de los demás.

¡Cuántas empresas humanas y causas nobles han fracasado debido a tales complicaciones innecesarias!

Necesitamos simplificar nuestros pensamientos, simplificar nuestras palabras y simplificar nuestras acciones.

Debemos evitar caer en la rumiación mental circular, las conversaciones inútiles y las actividades vanas que desperdician nuestro precioso tiempo y generan todo tipo de situaciones disfuncionales.

Tener una mente simple no es lo mismo que ser ingenuo. La simplicidad de la mente se refleja en la lucidez, la fuerza interior, la flotabilidad y una satisfacción saludable que soporta los tormentos de la vida con un corazón ligero.

La simplicidad revela la naturaleza de la mente detrás del velo de pensamientos inquietos. Reduce la exacerbada sensación de autoimportancia y abre nuestro corazón al altruismo genuino.

 

Matthieu Ricard

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 Fuente: https://www.matthieuricard.org/es/blog/posts/elogio-a-la-simplicidad

 

La conciencia no estacionada

El budismo no es un simple tema de estudio, sino una forma de vida. La esencia de ésta se encuentra en la meditación. Es tan actual esta certeza como el aire que ahora respiramos.

Las tradiciones contemplativas sobrepasan el lenguaje de las palabras, si bien, muchos han hecho el esfuerzo de plasmar y transmitir las experiencias, ya sea de manera oral o por escrito. De esta forma, llegamos a cuestionamientos tales como, ¿qué es la conciencia? ¿Acaso podremos definirla? ¿Dónde se esconde la conciencia? ¿Somos todos seres conscientes?

Conciencia es un concepto limitado en nuestra cultura. En occidente la entendemos como ‘lo opuesto a lo inconsciente’. Si además usáramos “mente” como sinónimo de la conciencia, la opondríamos a “corporal”, sin embargo, en el budismo se incluyen todos los niveles del ser en la conciencia (físico, sensorial, emocional, mental, conductual, espiritual…) Así pues, para penetrar en la naturaleza de la expresión “conciencia”, debemos vivirla no sólo con el intelecto, sino con todo nuestro ser.

Podríamos comenzar, acordando que la conciencia es aquello que nos da la posibilidad para desarrollar la práctica de la atención. Gracias a ésta, podemos observar los distintos fenómenos que ocurren tanto dentro como fuera de nosotros y aprender a relacionarnos de una manera sana y equilibrada. Por lo tanto, un primer acercamiento a la conciencia sería admitirla como algo que nos permite experimentar con plenitud lo que denomino “el poder de darnos cuenta”. En este sentido, la meditación es entendida como una contemplación de la conciencia a través de la propia conciencia.

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El arte de domar el tigre

Akong Tulku Rimpoché (1940-2013) fue identificado, desde los tres años, como la segunda reencarnación del anterior Akong Tulku. Dedicó su vida a la expansión del dharma y a la medicina. Después de un largo peregrinaje, debido a la invasión del Tíbet, se estableció en la ciudad de Oxford en 1963, en donde comenzó a difundir las enseñanzas de los budas por Occidente. Concibió El arte de domar el tigre como un libro dedicado para todas las personas que quisieran mejorar determinados aspectos de su vida, con independencia de que practicaran o no el budismo.

El libro, publicado en Ediciones Dharma, está dividido en dos partes. La primera de ellas contiene diez capítulos que discurren sobre algunas de las cuestiones fundamentales del budismo como son: la impermanencia, la ignorancia, la atención, el ego, la compasión, etc. Pero es especialmente en el cultivo de esta última donde Akong Rimpoché puso más énfasis. La compasión no es solo el corazón de la práctica del budismo, también es una de las cualidades que los seres humanos poseemos para comprendernos sin velos ni enredos y, al mismo tiempo, para comprender el origen de esos velos y enredos arraigados en nuestra mente.

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Meditar lo es todo

Reposar en la calma del ahora, permanecer recogidos en la intimidad, adentrarnos juntos en el lenguaje del silencio y escuchar su melodía es un gran regalo. He aquí el arte de la contemplación serena.

A través de la práctica meditativa cultivamos semillas de conciencia en el campo fértil de la mente. De esta forma, las palabras, los pensamientos y los actos que en ella surgen, aportan una verdadera nutrición para el bienestar de todos los seres. Por el contrario, cuando nos vivimos a través de la ilusión, todo carece de sentido y coherencia. Por ello, sentarnos y recogernos en el camino del corazón, merece la pena, y mucho, porque esta es la verdad de lo que somos. Ahora bien, pretender que la mente esté vacía de pensamientos, equivale a pedirle al cielo que interrumpa el paso de las nubes o decirles a los pájaros que dejen de volar.

Al sentarte a meditar, permaneces sereno en la estabilidad de la postura y ante ti se levanta una muralla enorme de sensaciones, recuerdos, expectativas, emociones y pensamientos de lo más variado. Entonces, te pregunto, ¿qué puedes hacer ante esa magnitud de la experiencia emergente? ¿Acaso puedes hacer algo? Tratar de vaciar la mente con la propia mente supone incentivar aún más la quimera de aquel que cree estar percibiendo algo a través de ella. ¿Quién es ese perceptor del que te hablo?

La mente del sujeto condicionado siempre está queriendo cosas. El impulso del deseo es el latir del universo y forma parte de la vida. Nuestro problema aparece cuando tratamos de detener este movimiento a través de la mente y fijarlo, llevándolo hacia algún lado o dejándolo en algún lado. Esta es la mente, esa entidad ficticia que trata de controlar y manipular todo y a su manera. En la tradición budista, a este punto ciego, se lo llama el veneno del apego. Es una percepción equivocada, una errónea relación que el sujeto mantiene ante la verdad de la impermanencia.

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