Luz del Dharma

Comunidad Budista Zen en Tenerife

Ojos abiertos

Silencio entre montañas.

Noche sonora, abierta, sincera, llena.

Se escucha cercano un viejo canto:

es la lechuza que ulula perdurable

real una vez

 y otra vez

haciendo visible la presencia,

única e intangible.

La mente hacia el origen va,

desde el origen viene,

fluyendo sin esfuerzo en cada inspiración,

tras cada espiración.

¿Quién es éste que ahora escribe?

DM

El amor sin fecha de caducidad

La vida es un proceso y no un estado definitivo. El universo vibra en mutación constante. Siempre ha sido así, lo es ahora y lo será en un futuro impredecible.

El amor no es eterno, simplemente sucede cuando las circunstancias acontecen y como el tiempo, no existe, salvo como un pretexto, un referente o una medida que utiliza el ser humano para vincularse con la realidad, tratando de asegurar con ello la continuidad de sus apegos.

El amor es una fuerza que trasciende las fronteras y deja a un lado las categorías personales, supera sin atrevimiento el limitado ser que aparentemente nos creemos ser.

En la libertad de saberse uno en el amor, la experiencia no se mide en cálculos acumulativos. Es una fuerza latente que surge naturalmente en cada uno de nosotros, un potencial de entrega compartida que en algunos está despierta y en otros permanece aparentemente dormida.

Esta fuerza que no conoce la ley de las distancias, es un impulso que no sabe de tiempos, limitaciones o dificultades. Eso es el amor.

Acompañar al otro en su propio proceso de cambio es un puro acto de amor. Lo contrario es apego e identificación obsesiva. La meditación es un excelente servicio para expresar lo que somos no para alcanzar una imagen de lo que no somos. Meditar es un acto de amor, un ejercicio de desapego y dependencia. Meditar es la expresión de lo que somos.

Denkô Mesa

En este preciso instante

 

Como todo fenómeno en este universo, lo queramos o no, nos vivimos en un efímero y constante devenir, en un flujo de incesantes cambios y hermosas interrelaciones. En este proceso vital continuado, que seamos y nos sintamos libres, plenos y felices depende exclusivamente de nosotros mismos. En la tradición budista no se espera a que ningún ser externo venga a sacarnos las castañas del fuego, o bien que pueda presentarse para disfrutar por nosotros de las alegrías que nos brindan los infinitos instantes del presente. Cuestión de percepción.

En este preciso ahora que leen el artículo, cuando el cuerpo, la mente y la respiración parece que estuvieran por otros derroteros, estamos recogiendo justo lo que somos, un reflejo de lo hecho, pensado y movido en el pasado. Por el contrario, en la fantasía de un futuro aún por llegar, pero en el que nos gusta proyectarnos, seremos lo que hacemos, pensamos y movemos en el ahora. Por tanto, somos un siendo en el presente; de hecho, no hay otro instante que no sea éste.

Para que podamos salir de la oscuridad de la ignorancia debemos tener el firme propósito de querer hacerlo. La motivación y la determinación para poner luz en nuestras oscuridades dependen de cada uno de nosotros. Debemos reconocernos y responsabilizarnos de nuestros actos, palabras y pensamientos. Somos herederos de la luz de un conocimiento despierto que sin embargo mal usamos vanamente.

Como guerreros de la preocupación, en nuestro interior se debate un permanente conflicto con nosotros mismos que hiere nuestra mente y nuestros sentidos con pensamientos cargados de ansiedad al no conseguir todo aquello que deseamos. Vivimos el día a día a tenor de las expectativas que continuamente generamos. Esta falacia nos conduce a un sentimiento de carencia, a creer que algo nos falta, en definitiva, nos aboca al denominado sufrimiento ya que no podremos cristalizar todos nuestros anhelos.

En nuestras manos está el dar un paso adelante, salir de este confuso estado y caminar concientemente hacia la realización de la verdadera felicidad. Para ello, debemos encontrar el eje justo de nuestras necesidades sin caer en el desequilibrio promovido por la esclavitud de nuestros impulsos.

La práctica de la meditación es un arte que nos enseña a valorar aquello que merece la pena ser mantenido, a fortalecerlo en definitiva, si bien nos invita a soltar y devolver aquello que no nos pertenece y que arrastramos como un pesado fardo en nuestro caminar por la vida.

Denkô Mesa