Luz del Dharma

Comunidad Budista Zen en Tenerife

Se acabaron las expectativas

Les comparto unas buenas preguntas, confiando en que deriven en mejores reflexiones: ¿quién tiene expectativas? ¿Por qué surgen? En definitiva, ¿qué esperamos conseguir de la vida?

Suelo repetir que a mayor expectativa, mayor garantía de sufrimiento. Si bien es imposible dejar de desear, pues es el motor de la existencia, el mundo del apego está caracterizado por un estado ilusorio de carencia, por una falta de atención profunda en la psique del ser humano.

Cuando creemos que nos falta algo, este sentimiento suele manifestarse de variadas formas: nos falta un reconocimiento social o laboral, nos falta una relación de pareja determinada, nos falta un mayor equilibrio económico, nos falta una mayor salud vital. Nos falta, nos falta, nos falta… y nos escudamos en el mundo de las esperanzas compulsivas, como si realmente necesitáramos más de lo que somos. Realmente ya lo somos todo.

Cada uno de nosotros somos es responsable de crear o no crear el mundo que aparece y desaparece ante nosotros. Es una simple cuestión de percepción, así que sobre aquello que deseamos que ocurra, dependerá siempre de la mirada de quien observa la realidad.

En el budismo se insiste en que la realidad nunca aparece como a uno le gustaría que apareciera. ¿Por qué? Debemos tener en cuenta la ley de la impermanencia, la única en este universo que no cambia, la ley del cambio. Todo delante de nosotros está apareciendo y desapareciendo a una velocidad determinada y claro, ante ese dinamismo constante, uno desearía ver la película que quiere y no la que está sucediendo. Dicho esto, los seres humanos tenemos mayor capacidad de desear que de satisfacer esas expectativas.

El arte de la meditación consiste en aprender a soltar profundamente cualquier tipo de pretensión de querer ser algo distinto de lo que ya somos y aprender a ser un siendo que se mueve en equilibrio en el mundo de la impermanencia. Aquí está la clave de la verdadera sanación y vibración auténtica como seres humanos.

Merece la pena vivirse así porque somos seres con un potencial enorme, seres con capacidad de poner luz a nuestras ignorancias. Se acabaron las expectativas.

Nos sustenta, habita y reconforta

Tanto si aparece como un día de sol radiante o bien como un cielo gris cargado de lluvias, la caducidad del tiempo es un implacable recordatorio de nuestra efímera existencia. No sabemos de dónde venimos ni a dónde vamos, pero nunca queremos parar. Nos agarramos a la preciosa idea de vida, a nuestra pequeña parcela de tierra, pero cuanto más nos aferramos más sufrimos. Parece que no somos capaces de aceptar las condiciones cambiantes. Este es nuestro conflicto existencial, cotidiano.

Las resistencias forman parte del yo condicionado, son la herramienta más poderosa que tiene el personaje (como lo llamo) para perpetuarse a sí mismo. Las resistencias, expresadas en sus más variadas formas, son contrarias a la práctica de la integridad. Cualquier tipo de fijaciones no hacen más que marcar el limitado campo de nuestras ilusiones. Por el contrario, si somos capaces de vivenciar con equilibrio lo todo es visto, si es aceptado tal cual es, estaremos mucho más cerca de sentirnos bien y mejor a cada instante.

Así pues, la práctica meditativa consiste en fundirse plenamente con el flujo de la vida cambiante. Si hay una verdadera emergencia de la ecuanimidad implicará interactuar compasivamente con la cajera del supermercado, con el señor que nos vende los periódicos, con el conductor del autobús, con nuestros hijos, parejas y familiares…. Éste es nuestro objetivo, nuestro ritmo de práctica en el zen.

Recuerda que somos cautivos de la ilusión que nos hemos creado de permanencia. Pasamos por nuestras rutinas diarias creando momentos especiales y descartando el tiempo que hay entre ellas.

Por todo ello, en ningún lugar resulta tan evidente el cambio como cuando nos sentamos sobre nuestros cojines siguiendo el flujo de la respiración. De súbito nos percatamos de que cada respiración es distinta, que cada inhalación y exhalación es única e irrepetible. Cada paso que damos, cada bocado que probamos, cada sonido que escuchamos es distinto a cualquier otro. Los retiros zen (sesshin), por ejemplo, están organizados para ayudarnos a concentrarnos en la experiencia del momento, en lo que es estar vivo en este mundo, en este preciso instante.

¿Qué nos queda entonces, más que dejar pasar lo que no somos y fundirnos con ese Todo que en verdad nos sustenta, habita y reconforta?

Denkô Mesa

El cuidado como virtud

La práctica meditativa requiere rigor y conlleva implícito el desarrollo de la perseverancia. Es fundamental que se mantenga la constancia y la regularidad indagatoria para que pueda darse un natural aprendizaje y manejo correcto en el cultivo de la atención. Sin embargo, la avidez humana es grande y se manifiesta cuando pretendemos alcanzar iluminaciones inmediatas y acabamos reduciendo el mundo espiritual al nivel del cheque exprés.

La meditación no se compra con bonos narcisistas, no se da cuando el ego quiere. La meditación no es antes, ni después. Es cuando es, o sea, es todo el tiempo. Por otro lado, no vale hacerlo de cualquier manera. No todo está bien, pero nos hemos convertido en grandes expertos de la justificación y la banalidad más chabacana.

En la Vía del Budha se cuida cada instante con la máxima presencia. No somos sujetos pasivos. El meditador asume la autorresponsabilidad de sus propias conductas. La meditación zazen es una práctica tranquila de vigilancia ininterrumpida, de ahí que la certeza surja a través del gesto preciso, exacto e impecable. Por esta razón, la atención es entendida como un gran sistema de control de la calidad de la conciencia, lo cual permite ir sorteando distintos obstáculos que se encuentran a lo largo del camino del conocimiento. Así se dice que hay al menos tres remedios para afrontarlos con éxito: primero percibiendo la interferencia con claridad, pero sin darle excesiva atención, segundo repitiendo este remedio hasta que termine por desaparecer y tercero convirtiendo la interferencia en principal objeto de atención

Si lo expresáramos de otra manera, podemos impedir que surjan los estados perjudiciales que aún no han brotado (evitando que crezcan las malas hierbas en nuestro jardín interior), disolver aquellos estados nocivos ya surgidos (esforzándonos en quitarlas si nacen), generar estados provechosos que no han salido (plantando hermosas flores) y manteniendo los estados provechosos ya surgidos, esto es, esforzarnos finalmente en mantenerlo bello y hermoso es entender el mimo y el cuidado como una virtud de la práctica meditativa. Porque como dijo el maestro zen Eihei Dôgen “Las olas se forman incansablemente en la superficie de la corriente, pero no pueden borrar el reflejo de la luna que mora en ellas.”

Denkô Mesa

 

Hacia el encuentro con el ser

El zen es un viaje hacia el encuentro con el ser. Su secreto radica en aprender a sentarse sin ansiedad, experimentar lo que acontece sin prisas, vivenciándolo a través de un estado de apertura y recogimiento sereno.

Meditar es un estado de plena absorción. Es un ejercicio desnudo que favorece la contemplación serena. Es una opción válida para cualquiera y muy necesaria en el día a día, pero hay que llevarla a cabo de manera correcta, constante y precisa. No vale de cualquier forma, pero nos excusamos con todo tipo de justificaciones, tanto que hemos hecho de la mentira el reino de este mundo.

La práctica de la meditación consiste en ver sin mirar, escuchar sin oír, captar sin querer coger. De esta manera, la actitud del meditador se equipara al estado del quien se sienta tranquilo al borde de un acantilado, disfrutando del ir y venir de las olas de la playa que contempla; es así como se entiende la práctica meditativa, descubriendo con serenidad lo que surge, se desarrolla y termina por desaparecer, observando sin manipular el movimiento de la conciencia.

De esta manera, la meditación es un sutil arte que nos hace descubrir cómo somos en realidad, experimentándolo desde un ángulo pleno de paz y bienestar, viviéndolo sin confrontación y sin coacciones.

La meditación no es crear un estado ideal con el que te identificas, no se puede eludir la confusión. Se trata de despertarte, reconocerte tanto en situaciones gratas como ingratas. Todos somos luces y sombras y que yo sepa no hay rosas sin espinas, salvo en las manipulaciones transgénicas. Esta es la razón por la que los alimentos han perdido sabor y color en nuestros supermercados. Y esta sensación se puede observar en distintos órdenes de nuestras vidas. Carecemos de tono y presencia debido a una gran falta de atención. Vivimos narcotizados y nos hemos convertido en consumidores de productos exprés.

Por lo tanto, meditar es un sutil arte de equilibrio entre la plena atención y la relajación profunda. Estabilidad y apertura se dan la mano en el viaje hacia el quién soy yo y qué es esto.

La meditación no es una postura, ni un traje, ni un hábito. Es una experiencia de recapitulación integral que proporciona el gozo de volver a casa y conectar la fuente original de la existencia.