Luz del Dharma

Comunidad Budista Zen en Tenerife

Faltos de presencia

Estamos torpes por falta de presencia y por querer vivirlo todo bajo el ritmo frenético y alocado de una mente sin cuerda. Hay que educar la mente, para que permanezca donde queramos mediante una técnica muy precisa. Es todo un proceso a seguir. Una didáctica de la conciencia que seguida meticulosamente nos llevara a estados expandidos de conciencia sin que la atención plena pierda un ápice de su potencial.

Para que esta experiencia se produzca es imprescindible que la postura corporal sea correcta y esté bien equilibrada. No hace falta ser sabios para darse cuenta que un aparente error de milímetros al construir los cimientos de una casa, producirá importantes grietas que pueden afectar a la estructura de la misma. De ahí la importancia de chequearse continuamente en un grupo de práctica y tener como referente a un maestro de la tradición con el que compartir dudas y experiencias. Practicar en solitario no tiene sentido. Recordemos que la práctica de la atención no requiere de la adscripción a ningún credo o ideología. Es simplemente una clave del equilibrio corporal, emocional y mental cuyos beneficios son accesibles a cualquiera que persevere.

La Vía del Zen es un camino que desarrolla el viejo arte del darse cuenta. Es un proceso permanente. No hay descanso en la práctica de la atención, pero para poder realizarla sin esfuerzo, hay un esfuerzo consciente que poco a poco vamos apuntalando a base de paciencia y perseverancia. Así cuando se dan las condiciones favorables, la estabilidad ecuánime va dando paso a la mirada en el otro lado del espejo donde todo es visto tal y como es, o sea, los fenómenos se contemplan en su naturaleza original e interdependiente. No sujetos al movimiento dual de la mente condicionada, somos un siendo en este eterno fluir universal. Nadamos en las aguas cristalinas del Gran Océano de la Mente Única. No hay separación entre el sujeto que observa y el hecho observado. La experiencia se traduce en gozo y serenidad compartida.

Ahora bien, oído esto, seguramente surge en ustedes el impulso “yo quiero. Si el maestro dice que es tan rico, yo me apunto.” Debemos tener mucho cuidado con las compulsiones inconscientes. Debemos reflexionar seria y honestamente sobre lo que estoy diciendo. El Zen implica una profunda recapitulación de la historia personal. Hay un antes y un después de cuando uno se introduce a conciencia en la práctica meditativa. Los logros vendrán por sí mismos y cuando se den las condiciones (interiores) para ello. El Zen es un viaje con mirada de largo alcance.

La conciencia

Somos esclavos de las palabras y la lógica. Nuestra mayor aspiración en este mundo es la realización de nuestra auténtica naturaleza original. Si queremos ver algo trascendente en lo inmanente, si queremos ver en lo material el reino de lo intangible, si queremos reposar en el seno de la felicidad, debemos liberarnos de todas las condiciones mentales y para esto es necesario lograr un nuevo punto de vista, debemos desmantelar nuestro razonamiento tradicional. Y en este sentido el zen es radical y efectivo. Los maestros zen usan pueden llegar a usar los métodos más irracionales que existan con tal de que su alumnado alcance la iluminación, la experiencia del despertar pleno de la conciencia atenta. Así pues, mientras que pecamos al buscar la salida o la verdad pensando sobre ello, dialogando en exceso, discutiendo en definitiva sin llegar a un consenso globalizador, el budismo zen fundamenta la experiencia meditativa en el silencio, la gran puerta de acceso al despertar de la conciencia. El secreto del zen consiste en sentarse, simplemente, sin una meta concreta, sin ansiedad, sin prisas, sin propósitos, aquí y ahora, en absoluto recogimiento, en plena absorción. Una máxima china dice: “cuando las aguas se serenan, hasta en las aguas turbias se reflejan las estrellas”.

El zen nos habla de una realidad última que está en todo, que es todo, pero que está más allá de todo concepto, porque no cabe en ningún concepto. Es una “realidad velada”, tan real como lo que vemos y tocamos, pero que sólo se alcanza mediante el gran silencio; el zen cree que aunque el ser humano vive agitado por las ansias, los deseos, las preocupaciones y el exceso, en el fondo de su corazón se oculta una luz de felicidad, amor y plena potencialidad energética. El zen intenta ponernos en contacto con esta realidad interior soterrada. Todos los místicos han insistido en este mismo silencio donde se hace presente la luz, la paz, la presencia.

La conciencia humana es el producto final de un complejo proceso o conjunto de procesos entre los que podemos destacar el biológico, emocional, mental (conceptual) y espiritual. Cuando la conciencia que el ser humano tiene de la realidad, no concuerda con lo que la realidad es en sí, hablamos de un error de percepción o ignorancia. Esta consciencia ilusoria impide a la vida humana adaptarse adecuadamente a la realidad en la que vive, generando problemas de adaptación (comportamientos erróneos) que adoptan formas de conflictos, desequilibrios y enfermedades, cuyo resultado último es el dolor y el sufrimiento.

En la base del error cognitivo se halla una atención incorrecta. Por ejemplo, un francotirador escondido entre la maleza, esperando para disparar a su enemigo, podría estar perfectamente consciente de todo lo que ocurre en cada momento. Sin embargo, por el hecho de tener la intención de matar, está practicando una atención consciente incorrecta. De hecho, lo que él está practicando es la mera atención, sin el componente ético alguno. Así pues, necesitamos reeducar la mirada, revisar y poner en orden todo el sistema perceptible.

En el Lankavarata Sutra se lee:

“Pura es la intuición de los sabios que caminan por el sendero libre de representaciones.”

Atención, entrega y silencio sonoro son las herramientas de todo practicante para retornar a la conciencia original.

El cultivo de la atención plena

El Budismo Zen usa una metodología específica y determinada para desarrollar el máximo potencial que nos ha otorgado la vida, esto es, somos unos seres privilegiados con capacidad de auto conciencia. Su principal herramienta de aprendizaje es la meditación consciente, no sólo en el interior de una sala de meditación, sino en todo momento, instante tras instante. Ahora bien, ¿cómo y qué estamos haciendo con este potencial luminoso y existente en todos nosotros?

A través de la práctica sistemática y del desarrollo adecuado de la atención, el mediante va comprendiendo, poco a poco, mediante un proceso de transformación alquímico interior, cuáles son las raíces de sus desequilibrios, va poniendo orden y luz en aquellos rincones oscuros y recónditos de su ser. En definitiva, comienza a ver con mayor claridad y a moverse por el espacio-tiempo con plena lucidez y conciencia. En este sentido, el Budismo Zen debe ser entendido como un proceso reeducativo de la conciencia que todos poseemos, pero como tantas veces insisto en mis intervenciones, nadie podrá tener esta experiencia transformadora por ninguno de nosotros.

La atención es una de las grandes riquezas que tenemos los seres humanos. Gracias a ella podemos vivir y vivirnos mejor a cada instante, claro está, si la usamos adecuadamente y con todo el potencial que tiene. El cultivo y el desarrollo de la atención proporcionan a la persona un control y sistema de calidad. Nuestro objetivo como meditadores no es otro que intensificar la capacidad que tenemos de ver las cosas. Nos hemos alejado de esta poderosa herramienta, estamos distantes de nuestra naturaleza original. Por eso recitamos:

Nuestra mayor aspiración en este mundo es la realización de nuestra auténtica naturaleza original

No tenemos que ir a ningún lado especial o extraño para desarrollar esta potencialidad, ni siquiera tenemos que hacernos budistas. Ya habita en nosotros, pero no somos conscientes de su existencia.

La práctica budista por excelencia es la meditación. Sin embargo, por lo general es malentendida. Nuestra pobre comprensión de la misma, nos puede alejar del trabajo que tenemos entre manos. Hemos confundido la meditación con un ejercicio, un aeróbico espiritual, una vestimenta, un horario, una costumbre, una disciplina new age. La meditación no es una postura, ni un traje, ni un hábito: es volver a conectar con el centro interior de tu propio ser y a través de ello, desprenderse de los ropajes impuestos por la costumbre, las filosofías, la teología, las tradiciones, prejuicios y condicionamientos sociales para entrar sin tabúes en una relación plena con la existencia. Lo opuesto a la atención consciente es el olvido de sí.

La práctica de la atención, desarrollada de forma continua, fortalece al individuo y le proporciona calma interior y una mejor apertura exterior, le permite equilibrar el movimiento oscilatorio de la mente dualista. Nada puede ser hecho sin la realización propia, de ahí que la motivación para practicar el darse cuenta, pase por una experiencia personal e intransferible. En general, sueles olvidarte de quién eres, al perderte en lo que haces. Además lo que eres, es contrario de aquello que presupones que eres. Somos algo bien distinto de la imagen mental con la que nos asociamos. El verdadero Ser nunca podrá ser reconocido por la mente ilusoriaCuando elegimos hacer de nuestra vida un acto de consciencia, el esfuerzo diligente y el no apego se dan con total naturalidad. Fluimos con ligereza a través del mundo de los deseos, desechando aquello que no sea verdaderamente necesario para nuestro crecimiento integral y que además no repercuta favorablemente en las relaciones sanas con los demás.

EL VIENTO DESPRENDIDO

Sobre estas horas,

las más cansadas de la tarde,

¡cómo soplas!

¡Con qué fuerza emergen tus entrañas,

viento rudo desprendido!

¿Qué me traes hoy escondido en el regazo?

¿Acaso son las buenas nuevas de lo antiguo?

 

Hay un algo

que contigo siempre se conmueve,

aquí, bastante adentro,

cada vez que soplas, viento rudo,

y me traspasas tan callado

como si un extraño fueras

y te adentraras fugitivo entre las sombras de mi casa.

 

Errante trotamundos.

¡Qué oscura es tu nítida inmanencia!