Sobre el eterno fluir del río, la niebla baja. Árboles en quietud. Dentro del Dojo se comparte la experiencia en silencio.  Nadie sobre el zafu, nada bajo él.

Ayer 1 de febrero se celebró la primera jornada de meditación intensiva en Ryoku Shin, guiada desde el corazón y la experiencia por el maestro zen Denkô Mesa y Empar Roch. Con confianza y generosidad, 7 asistentes compartimos el encuentro al calor del fuego transformador del Dojo.

Para mí, practicante desde hace algún tiempo, la experiencia de la meditación es una experiencia única, poderosa. Sentarse y sentirse sobre el zafu es permitirse acceder a tu propio océano interno. Ese que no queremos observar o dejamos para más tarde, ese al que nos da miedo acercarnos. O por el contrario, ese al que permanecemos fijados de manera enfermiza, la imagen congelada de nosotros mismos. Unas veces contemplarás un mar en calma, otras, la tempestad, decía el maestro.

Siempre podemos recordar, al menos a mí me ayuda, que, aunque nos percibamos como una ola solitaria, también somos el océano y más allá, los múltiples océanos de las múltiples olas solitarias. Todo, finalmente, consiste es darse cuenta de lo interconectado en permanente movimiento y sí, permitírnoslo.

Al realizar el tiempo durante el samu (trabajo consciente) en la naturaleza, fuimos guiados por la experiencia de Jan, quien acertadamente nos señalaba que era importante gestionar nuestro propio esfuerzo y detenernos a observar el propio ritmo del entorno. Esto es fundamental en las labores de jardinería. –Es el entorno el que va pidiendo qué hacer, cómo hacerlo y cuándo- sin embargo, aquí de nada sirve querer ir más rápido, sólo hacer lo que es preciso que se haga en cada momento y saber esperar. Y esto, que parece tan sencillo, en realidad es el trabajo más difícil de todos).

Quizá quien lea esta crónica piense que fue una jornada dura    -pues vaya cosa, trabajar y estar sentado en silencio durante todo el día– . A todos aquellos para los que esa sea vuestra conclusión, sin duda, vosotros también estáis en lo cierto.

Sin embargo, no puedo dejar de mencionar que también hubo tiempo para el cuidado. Para compartir la deliciosa comida realizada con todo el cariño por Empar. Para disfrutar de uno, dos, o varios tés mientras nos cuestionábamos qué tipo de leche sería la más adecuada. Para dejarnos sentir, en cada uno, la palabra bodhisattva. Para pasear por la hermosa finca descubriendo cada rincón, observando cada tímida brizna de hierba que cubre cada roca, para escuchar con atención el sonido del agua, el sonido de las pisadas de nuestro acompañante el perrito Neo, el sonido de nuestra respiración, el de la vida.

Sin duda fue un día por el que siento mucha gratitud. Me hace recordar por qué y cómo me inicié en la meditación zen y lo que allí, sin buscarlo, encontré.

Aquí y ahora.

Helena Siabra