El cuerpo está en el corazón del camino budista. Es nuestra guía dentro de la experiencia del momento presente y un vehículo importante para nuestro despertar. A veces se podría pensar que el cuerpo es un obstáculo, que tenemos que alejarlo, ignorarlo o negar lo que nos dice, pero las enseñanzas y nuestra práctica demuestran claramente lo contrario. Al contemplar el cuerpo internamente, externamente y ambos —como sugiere el Satipatthana Sutta— descubrimos quiénes somos de una manera profunda y transformadora.

El cuerpo es un gran maestro y nos guía hacia los descubrimientos más sutiles, proporcionando una sabia comprensión de la complejidad de este mundo. Revela nuestra mente, nuestras emociones y nuestro mundo. En las prácticas somáticas que se encuentran en el budismo, el cuerpo muestra el camino al permitir, hacerse amigo y abrirse lentamente a lo que está allí para ser sentido y visto, de modo que podamos aprender su lenguaje para enraizarnos, sanar, liberar y soltar el apego. De esta manera, llegamos a ver todos los fenómenos como realmente son.

Comúnmente decimos en el zen que el camino solo se logra a través del cuerpo. También por eso tenemos el dicho zen: «No se puede lavar la sangre con sangre». Es decir, no puedes cambiar de opinión, tu forma de ver, solo con la mente. Esto es así porque la ilusión fundamental no es algo puramente psicológico que nos aflija sólo después del nacimiento. De hecho, toda nuestra existencia, incluido el cuerpo, ha surgido entrelazada con él desde el principio. Por lo tanto, no es solo en la mente, sino también dentro de cada fibra del cuerpo donde la práctica se logra de manera más efectiva y decisiva.

Desde el punto de vista zen, una realización puramente psicológica es superficial, un espejismo, y carece del poder suficiente para cortar las raíces de la ignorancia de manera duradera. Más aun, no es un despertar genuino y es indigno de comparación con el logro profundo por el que los grandes maestros trabajaron tan exhaustivamente. El despertar debe penetrar y revelarse dentro de nuestro cuerpo, incluso hasta los huesos.

El cuerpo enseña interdependencia; el cuerpo enseña la impermanencia. Existe una extraña paradoja en el hecho de que el cuerpo es tanto el asiento del sentido de identidad individual como el portal a través del cual la persona se relaciona con toda la materia.

El cuerpo se extiende hasta los bordes afilados del contacto, como un guerrero frente al miedo. El cuerpo se retrae, vuelve al calor del vientre, al tierno toque de un ser querido. De cualquier manera, el cuerpo me muestra que me mueven todas las cosas, que yo también puedo moverme y tener impacto, en acción y en quietud.

El cuerpo me enseña que no puedo escapar. Es la dicha más allá del placer y el dolor, la dicha de la intimidad, de estar despierto a la totalidad de todas las cosas. El cuerpo enseña diferencia y particularidad; enseña que no hay absoluto sin relativo.

El cuerpo no es genérico. Tú y yo nos presentamos en un cuerpo muy particular, con una forma, tamaño y color específicos. La diferencia es cómo se manifiesta través de él la realidad absoluta. Habitar el cuerpo significa asumir la responsabilidad de la intrincada red de interrelaciones de la que inevitablemente somos parte.

El despertar no es una estrategia de salida. Es una invitación radical a habitar plenamente esta forma permeable, impermanente y particularmente encarnada: el cuerpo, en su incontrovertible relación con todo lo demás.

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Resumido y traducido por Marcela Thesz para la CBZLD.

Extractos del artículo “Ask the Teachers: What does it mean to understand Buddhism through the body?” por los maestros Roxanne Dault, Meido Moore y Lopön Charlotte Z. Rotterdam, en Lion´s Roar online.

Original: https://www.lionsroar.com/ask-the-teachers-what-does-it-mean-to-understand-buddhism-through-the-body