Reposar en la calma del ahora, permanecer recogidos en la intimidad, adentrarnos juntos en el lenguaje del silencio y escuchar su melodía es un gran regalo. He aquí el arte de la contemplación serena.

A través de la práctica meditativa cultivamos semillas de conciencia en el campo fértil de la mente. De esta forma, las palabras, los pensamientos y los actos que en ella surgen, aportan una verdadera nutrición para el bienestar de todos los seres. Por el contrario, cuando nos vivimos a través de la ilusión, todo carece de sentido y coherencia. Por ello, sentarnos y recogernos en el camino del corazón, merece la pena, y mucho, porque esta es la verdad de lo que somos. Ahora bien, pretender que la mente esté vacía de pensamientos, equivale a pedirle al cielo que interrumpa el paso de las nubes o decirles a los pájaros que dejen de volar.

Al sentarte a meditar, permaneces sereno en la estabilidad de la postura y ante ti se levanta una muralla enorme de sensaciones, recuerdos, expectativas, emociones y pensamientos de lo más variado. Entonces, te pregunto, ¿qué puedes hacer ante esa magnitud de la experiencia emergente? ¿Acaso puedes hacer algo? Tratar de vaciar la mente con la propia mente supone incentivar aún más la quimera de aquel que cree estar percibiendo algo a través de ella. ¿Quién es ese perceptor del que te hablo?

La mente del sujeto condicionado siempre está queriendo cosas. El impulso del deseo es el latir del universo y forma parte de la vida. Nuestro problema aparece cuando tratamos de detener este movimiento a través de la mente y fijarlo, llevándolo hacia algún lado o dejándolo en algún lado. Esta es la mente, esa entidad ficticia que trata de controlar y manipular todo y a su manera. En la tradición budista, a este punto ciego, se lo llama el veneno del apego. Es una percepción equivocada, una errónea relación que el sujeto mantiene ante la verdad de la impermanencia.

No somos propietarios de nada ni de nadie.

Todos estamos de paso, como las nubes por el cielo o las aves que vuelan libremente. Mientras esto ocurre, si somos capaces de permanecer tranquilos, recogidos, abiertos y receptivos a la experiencia, fluyendo con ella y en ella, podemos sentirnos no dos con el universo, experimentarnos como unidad en el cambio permanente. Este es el tesoro que favorece el regalo con la práctica. Esta es la budeidad que hay en cada uno de nosotros.

Aún así, puede surgir la pregunta de en qué momento se consigue esto. ¿En qué momento la mente deja de ejercer su control sobre nosotros? La respuesta está en no pretenderlo. La clave está en abandonar cualquier idea que surja en esa mente de la que hablo, una entidad que, al observarla con ecuanimidad, se ve que vive al llenarse de conceptos y distintos juicios, que funciona a base de categorías y mediante sentimientos preñados de un anhelo inexistente.

Atiende y observa cómo y cuándo interviene, de qué manera opina sobre cómo debería estar siendo la meditación. Puedes darte cuenta de cuándo y cómo aparece el yo, ese personaje fanfarrón que pretende adueñarse de toda experiencia, incluida la práctica. Obsérvate cuando dices yo. Pregúntate: ¿qué es yo? ¿Qué sustento hay detrás de esa idea? Si observas bien, y te haces consciente, comprenderás que el yo es una entidad tan vacía como lo son las nubes que corretean libremente por el cielo, sin embargo, están ahí como ese yo. La pregunta es, ¿cuál es su función? ¿Qué relación tiene con el cielo, los mares, las montañas o el incienso? ¿Qué naturaleza tiene el incienso ¿Huele? ¿Aporta algo? ¿Cuánto dura tu relación con él?

Meditar es silencio.

Meditar es quietud.

Meditar es presencia.

Meditar es soltarte.

Meditar es abandonarte.

Meditar es dejarte sostener por la experiencia.

Meditar es encontrar la armonía entre el fondo vacío de todos los fenómenos y su apariencia en cada nuevo ahora.

Meditar es danzar con todas las existencias.

Meditar no es nada.

Meditar lo es todo.

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Denkô Mesa

Director espiritual de la Comunidad Budista Zen Luz del Dharma