El río discurre por los arroyos. Toma el caudal vertiginoso de los rápidos. Encuentra su remanso en los charcos, en los lagos, en el mar. Vasudeba, el barquero, sabe escucharlo: sus risas, sus carcajadas, el Om. El río trae consigo cortesanas, bandidos, mercaderes y campesinos que cruzan, de una orilla a otra, en la barca de Vasudeba. Pero, a veces, también trae extraños pasajeros, como el sramana Siddhartha, dispuesto y decidido a aprender todo de los hombres niños. 

“La sabiduría es una disponibilidad del alma”

dirá Hermann Hesse, autor de la novela, en uno de los párrafos. Con esa apertura el joven Siddhartha iniciará así un viaje lleno de descubrimientos que lo llevarán a adentrarse en un profundo conocimiento del mundo y de sí mismo.  

Insatisfecho y desconfiado, de doctrinas y de maestros, Siddhartha abandonará su hogar, renegará del ascetismo más extremo, e incluso del mismo Dharma, para llegar a experimentar y conocer de primera mano las cosas y los asuntos del samsara. En este juego de los hombres niños tendrá como nuevos maestros a la hermosa y sensual Kamala y al avaricioso y astuto Kamaswami, de quienes, respectivamente, aprenderá todo lo relacionado con el amor y los negocios. 

La historia de Siddhartha nos muestra que el autoconocimiento es un camino experimentación y de aprendizaje. No importa si este comienza en el lujo y termina en el ascetismo. No importa que se sea un muchacho de inteligencia brillante y se acabe siendo un humilde barquero. Las corrientes que lleva el río consigo se cruzan, confluyen y divergen, y, por ello, puede parecer que alguna de sus trayectorias se desvíe y llegue a perderse por otros afluentes. Pero nada más lejos para los que saben escuchar el río. 

Siddhartha: hermosa y directa. Parece que Hesse quiso decirnos con esta novelita:

“Lo que no conozcas, ve y tócalo”

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Por Takame