Cuando el Buddha tomó esta postura, comprendió inmediatamente el poder de la misma. Aprendió a atender cada parte del cuerpo, a observar los entresijos de ese monasterio de la existencia y experimentó la conciencia de lo ilimitado.

Nuestra práctica expresa esta vivencia del despertar, si bien, cada uno es quien habita el cuerpo. Así, el meditador, poco a poco y con el tiempo, va aprendiendo a tonificar cada punto esencial de la postura.

Acariciar el cielo con el cielo de tu cabeza, enraizarte con firmeza y dulzura sobre la tierra, expandir el pecho a través de una respiración amplia y fluida, tocar lo no tocable con los dedos pulgares que se encuentran, reposar en el instante eterno en una mirada tranquila. Este es el fundamento de la práctica.

El Buddha y todos los meditadores de este camino, han accedido y aprendido a estabilizarse en los denominados jhāna, aprendiendo a desidentificarse de las sensaciones y, al mismo tiempo, a identificarlas, reconociendo cómo se presentan en este cuerpo en distintas formas, observando qué contenidos e información nos traen a cada instante. De igual manera ocurre con el plano emocional y con los pensamientos.

Permaneciendo quieto en una postura no forzada, al meditar se contempla con ecuanimidad la emergencia, desarrollo y vuelta al origen de todos los fenómenos.

Esta es la experiencia de la paz y el gozo de lo Real, la revelación de la auténtica comprensión que no se siente o piensa.

Es en cada inspiración, es en cada espiración.

Por tanto, como guardiana y guardián del autoconocimiento, cuida del templo en tu cuerpo.

Que la Luz del Dharma te siga confortando y a través de ti y en ti, proyectándose hacia todas las existencias.

Denkô Mesa

Kusen 29 octubre de 2022

 

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© Fotografía Marcos Fricke