Autor: Denko

El origen de todo

Hay una increíble espontaneidad en el centro de toda nuestra experiencia que a menudo no notamos. Cuando prestamos profunda atención ―el corazón de la práctica contemplativa espiritual real es prestar atención― nuestros pensamientos parecen aparecer, incluso los pensamientos que tenemos sobre nosotros mismos, así como sobre otros seres y el mundo.

No tenemos consciencia de cómo estamos latiendo nuestro corazón o exactamente cómo estamos respirando. No tenemos que recordar el digerir bien nuestra comida. Todo eso está programado en nuestra biología, y está sucediendo sin que lo sepamos conscientemente. Lo que sabemos es lo que rompe la barrera entre lo inconsciente y lo consciente. Tan pronto como algo del inconsciente rompe la barrera, de repente somos conscientes de ello ― reconocemos el pensamiento.

Todo parece suceder simplemente, pero no es tan casual como eso. Hay una increíble complejidad e inteligencia operando debajo de todo. Vamos a llamarlo la totalidad por el momento ― lo esencial, nuestra esencia, la esencia de este momento. Las experiencias conscientes son la punta del iceberg, la parte de la totalidad que ahora está rompiendo esa barrera de la inconsciencia y volviéndose consciente. Así que ahora, la totalidad está ahí. Está funcionando. Somos conscientes de cualquier parte de la totalidad que se haya vuelto consciente. Una parte muy importante de la espiritualidad es ampliar ese dominio de lo que somos conscientes, de lo que realmente somos conscientes.

Hay una especie de realización, un cambio de identificación, donde experimentamos nuestro yo como la totalidad. Experimentamos que nuestro yo es el origen mismo, y sin embargo eso no significa que de repente seamos conscientes de las interconexiones infinitas que hacen realidad incluso un momento de experiencia. Esas interconexiones son demasiado vastas. Aparentemente son infinitas en un mundo donde todo está conectado con todo lo demás. Todo es parte de lo que está creando cada segundo momento. Ninguna mente podría rastrear todas esas interrelaciones que ocurren simultáneamente. Entonces, incluso cuando nos sentimos como la totalidad en nuestra esencia, todavía nos sorprende la absoluta y asombrosa espontaneidad de esa totalidad.

Aunque parezca bastante paradójico, cualquier movimiento es en realidad el movimiento de la quietud. La quietud produce el movimiento, el movimiento ocurre dentro de la quietud, y luego el movimiento se resuelve en la quietud. De manera similar, las palabras que estoy diciendo son el origen y además la totalidad de la consciencia. Vienen de esa consciencia. Son una expresión de esa consciencia.

Muchas grandes enseñanzas espirituales y realizadores han hablado sobre cómo, en nuestra esencia, lo desconocido es una forma de tratar de articular la experiencia de la totalidad. Incluso la totalidad no está rastreando cada interconexión a cada instante. Está siendo todo eso. Es ser Eso.

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¿Es aconsejable cambiar?

Pocas personas pueden afirmar que, en su modo de vivir y en su experiencia del mundo, no hay nada que valga la pena mejorar. Algunos piensan que sus defectos y sus emociones conflictivas contribuyen al enriquecimiento de sus vidas, y que, precisamente, esa alquimia tan especial es la que les hace ser lo que son: unas personas únicas; creen que han de aprender a aceptarse así y a amar sus defectos tanto como sus cualidades. Dichas personas corren un gran peligro de vivir inmersos en una insatisfacción crónica, sin darse cuenta de que podrían mejorar con tan sólo un poco de esfuerzo y reflexión.

Imaginemos que nos proponen que pasemos todo un día sintiendo celos. ¿Quién de nosotros lo aceptaría de buen grado? En cambio, si se nos invita a pasar ese mismo día con el corazón lleno de amor hacia los demás, la inmensa mayoría de nosotros encontraríamos esta opción infinitamente más preferible.

Con frecuencia nuestro espíritu se ve invadido por perturbaciones de todo tipo. Los pensamientos dolorosos nos afectan, la ira nos invade y las duras palabras que nos dirigen los otros nos hieren. En esos momentos, ¿quién no soñaría con controlar sus emociones para ser libre y dueño de sí mismo? De buena gana intentaríamos ahorrarnos esos sufrimientos, pero, como no sabemos qué tenemos que hacer, preferimos pensar que, después de todo, así «es la naturaleza humana». Pero lo «natural» no es forzosamente deseable. Por ejemplo, sabemos que la enfermedad es consustancial a todos los seres, pero eso no nos impide consultar a un médico cuando estamos enfermos.

No queremos sufrir. Nadie se despierta por la mañana pensando: «¡Ojalá pueda sufrir durante todo el día y, si es posible, durante toda la vida!» Hagamos lo que hagamos, ya se trate de emprender una tarea importante, de realizar nuestro trabajo habitual, de mantener una relación duradera, o, simplemente, de pasear por el bosque, bebernos una taza de té o encontrarnos por casualidad con alguien, siempre esperamos sacar de ello algo que sea beneficioso para nosotros o para los demás. Si estuviéramos seguros de que nuestros actos sólo nos proporcionarán sufrimiento, no haríamos nada.

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Un caudal que expresa la verdad

Por regla general, o bien nos proyectamos hacia un futuro inexistente, que llenamos de promesas incumplidas, o bien terminamos anclados con la mirada puesta en un pasado que jamás volverá de nuevo. Vivimos ajenos al momento presente. Estamos enajenados emocionalmente y, en general, transitamos por los distintos momentos de la cotidianidad en modo automático, o sea, vivimos ausentes de nosotros mismos. Esta es la ilusión del preceptor, la ignorancia de la que nos habló Siddhartha Gautama, AVIDYA, cuya causa indica que se debe a una falta de atención. Por esta razón, se hace necesario que recuperemos el natural estado de la presencia, una facultad al alcance de todos y cada uno de nosotros que se fortalece con el aprendizaje y el cultivo sistemático de la atención consciente. Es por ello que, en muchos ámbitos, se hace mención a la capacidad auto reflexiva del ser humano, una fortaleza que debe ser recuperada y aplicada adecuadamente en distintos contextos, ya sean de ámbito educativo, político económico, sanitario, etc.

Necesitamos ajustar las miradas, recuperar el tono y el centramiento. Suelo compartir la simple reflexión: si un individuo desarrolla adecuadamente la práctica de la atención, lo conduce a un estado de presencia. Si, por el contrario, la dispersión y el automatismo son los referentes de su vida, permanecerá distraído, con falta de claridad y nitidez, en definitiva, continuará en un estado de ausencia. La pregunta es: ¿tú que eliges? ¿Qué deseas para ti y para los otros? ¿Estás dispuesto a comprometerte de verdad? La salida es hacia adentro y la meta está en el viaje. Lo lindo es que el camino lo hacemos siempre juntos.

Meditar es un gran regalo. Meditar es atender a lo real. Meditar es la expresión natural de quien tú verdaderamente eres. No es una técnica para alcanzar algo. Es un arte de la contemplación consciente. Lo contrario es vivir, haciendo como si, esto es, vivir de manera robotizada o automatizada, como han insistido sobre ello grandes maestros de distintas tradiciones.

Los seres humanos sufrimos debido a un estado de alejamiento de aquello que nos nutre. Sin embargo, la luz de la conciencia despierta anida en nuestros corazones. Por esta razón, el Budha dijo que el camino está en el corazón. Meditar es volver a casa, reposar en la serenidad de una mente ecuánime y amorosa.

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Un caudal que expresa la verdad

Por Denkô Mesa
(Ponencia impartida en el V Congreso Internacional de Meditación y Ciencia organizado por el Centro Milarepa de Las Palmas de Gran Canaria)

 

Por regla general, o bien nos proyectamos hacia un futuro inexistente, que llenamos de promesas incumplidas, o bien terminamos anclados con la mirada puesta en un pasado que jamás volverá de nuevo. Vivimos ajenos al momento presente. Estamos enajenados emocionalmente y, en general, transitamos por los distintos momentos de la cotidianidad en modo automático, o sea, vivimos ausentes de nosotros mismos. Esta es la ilusión del preceptor, la ignorancia de la que nos habló Siddhartha Gautama, AVIDYA, cuya causa indica que se debe a una falta de atención. Por esta razón, se hace necesario que recuperemos el natural estado de la presencia, una facultad al alcance de todos y cada uno de nosotros que se fortalece con el aprendizaje y el cultivo sistemático de la atención consciente. Es por ello que, en muchos ámbitos, se hace mención a la capacidad auto reflexiva del ser humano, una fortaleza que debe ser recuperada y aplicada adecuadamente en distintos contextos, ya sean de ámbito educativo, político económico, sanitario, etc.

Necesitamos ajustar las miradas, recuperar el tono y el centramiento. Suelo compartir la simple reflexión: si un individuo desarrolla adecuadamente la práctica de la atención, lo conduce a un estado de presencia. Si, por el contrario, la dispersión y el automatismo son los referentes de su vida, permanecerá distraído, con falta de claridad y nitidez, en definitiva, continuará en un estado de ausencia. La pregunta es: ¿tú que eliges? ¿Qué deseas para ti y para los otros? ¿Estás dispuesto a comprometerte de verdad? La salida es hacia adentro y la meta está en el viaje. Lo lindo es que el camino lo hacemos siempre juntos.

Meditar es un gran regalo. Meditar es atender a lo real. Meditar es la expresión natural de quien tú verdaderamente eres. No es una técnica para alcanzar algo. Es un arte de la contemplación consciente. Lo contrario es vivir, haciendo como si, esto es, vivir de manera robotizada o automatizada, como han insistido sobre ello grandes maestros de distintas tradiciones. Los seres humanos sufrimos debido a un estado de alejamiento de aquello que nos nutre. Sin embargo, la luz de la conciencia despierta anida en nuestros corazones. Por esta razón, el Budha dijo que el camino está en el corazón. Meditar es volver a casa, reposar en la serenidad de una mente ecuánime y amorosa.

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