Reposar en la calma del ahora, permanecer recogidos en la intimidad, adentrarnos juntos en el lenguaje del silencio y escuchar su melodía es un gran regalo. He aquí el arte de la contemplación serena.
A través de la práctica meditativa cultivamos semillas de conciencia en el campo fértil de la mente. De esta forma, las palabras, los pensamientos y los actos que en ella surgen, aportan una verdadera nutrición para el bienestar de todos los seres. Por el contrario, cuando nos vivimos a través de la ilusión, todo carece de sentido y coherencia. Por ello, sentarnos y recogernos en el camino del corazón, merece la pena, y mucho, porque esta es la verdad de lo que somos. Ahora bien, pretender que la mente esté vacía de pensamientos, equivale a pedirle al cielo que interrumpa el paso de las nubes o decirles a los pájaros que dejen de volar.
Al sentarte a meditar, permaneces sereno en la estabilidad de la postura y ante ti se levanta una muralla enorme de sensaciones, recuerdos, expectativas, emociones y pensamientos de lo más variado. Entonces, te pregunto, ¿qué puedes hacer ante esa magnitud de la experiencia emergente? ¿Acaso puedes hacer algo? Tratar de vaciar la mente con la propia mente supone incentivar aún más la quimera de aquel que cree estar percibiendo algo a través de ella. ¿Quién es ese perceptor del que te hablo?
La mente del sujeto condicionado siempre está queriendo cosas. El impulso del deseo es el latir del universo y forma parte de la vida. Nuestro problema aparece cuando tratamos de detener este movimiento a través de la mente y fijarlo, llevándolo hacia algún lado o dejándolo en algún lado. Esta es la mente, esa entidad ficticia que trata de controlar y manipular todo y a su manera. En la tradición budista, a este punto ciego, se lo llama el veneno del apego. Es una percepción equivocada, una errónea relación que el sujeto mantiene ante la verdad de la impermanencia.