Autor: Denko

EL HOGAR DEL SER

Zazen es el hogar del ser.

Si observas bien, la mente siempre va a tratar de controlar la experiencia, atendiendo a lo que ella llama el conocimiento. Ya sea al principio de la práctica o a lo largo de los años, la mente está ahí.

Hoy que nos sentamos y nos abrimos a un nuevo espacio de meditación, es normal que la mente atienda en exceso a los coches que pasan, el caminar los transeúntes o al frescor de la lluvia. Se agudiza el campo sensorial, incorporando fenómenos por primera vez, tales como el canto de un gallo, las campanas de una iglesia cercana… Esta es la mente, que entra en acción y se preocupa porque cree no recordar cómo se desarrolla la práctica.

Si observas bien, al reposar en el fondo de tu corazón, tu cuerpo se hace cuerpo en el hogar del ser.

Todo fluye con naturalidad y alegría. El tiempo se detiene, el espacio se hace inmenso y la práctica adquiere comprensión. De ahí que la noble postura del Budha que eres, se presente en todo su esplendor.

Denkô Mesa

7 de agosto de 2021

(Enseñanza durante la primera meditación en el nuevo Dojo Zen de Tenerife)

 

La Joya de la Sangha

“Las flores del Dharma hacen girar las flores del Dharma”, cuentan que escribió Giun, quinto abad del monasterio de Eiheiji.  Una vez escuché decir a mis maestros que un practicante del Dharma mira al mundo como un mandala y a los seres que lo habitan como las deidades del mandala. Esto lleva a ver la vida como un acontecimiento extraordinario en sí misma, sucediendo por la interacción de múltiples causas y desplegándose en una miríada de fenómenos que se presentan nuevos, limpios y frescos a cada momento. Si hay algo permanente es el cambio. Sucede lo mismo con la Sangha, se renueva practicante a practicante, generación tras generación desde hace 2600 años, haciendo que siga girando la flor del Dharma. Sin ella no sería recordado ni el Buddha ni transmitido el Dharma.

La vida es sagrada, los seres son sagrados, las Tres Joyas también son sagradas y un lugar fiable de Refugio. Decimos tomamos Refugio en el Buddha, tomamos Refugio en el Dharma, tomamos Refugio en la Sangha y lo hacemos hasta el Despertar, para el bien de todos los seres. Esto no son meras palabras, son una intención, una determinación, un compromiso para con la vida misma y una llamada al servicio. Podemos plantear que hay un Refugio primigenio y fundamental en el Buddha Sakyamuni, el Dharma por el enseñado y en la Sangha por el creada. Luego hay un aspecto interno del Refugio, nos refugiamos en nuestra propia conciencia búdica, en la interiorización de la enseñanza como vía de transformación y reconocimiento de nuestra conciencia despierta y sabia, y en la Sangha como manifestación viva y apertura interna a quienes siguen las enseñanzas derivadas de Sakyamuni, sin exclusión alguna y en un sentido de fraternidad y solidaridad general. Algunos dicen que hay una sangha diferente entre los ordenados o no, los realizados o no, pero en sentido interno no es así, si se ve al Buddha en todos los discípulos y las Tres Joyas en cada una de sus diversas líneas y practicantes. No podemos hacer distinciones, el Buddha no las hacia, hay un hilo en nuestros corazones que nos lleva a una misma fuente, Sakyamuni. En esta Sangha hay una característica, tal y como transmitía el propio Tathagata “el apoyo mutuo y fortalecimiento del esfuerzo unos de otros, observando las reglas con decencia, siendo cariñosos, respetuosos y hospitalarios, actuando y obrando con honestidad y justicia, fraternidad, bondad, generosidad y caridad. Es decir, vivir con rectitud haciendo el bien. Podría decirse que, como practicantes del Dharma, al tomar Refugio y los Preceptos expresamos realmente el verdadero sentido de la fraternidad humana.

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El lenguaje del corazón

 

El silencio es la antesala del corazón

y la quietud el umbral de la presencia.

Contemplar es dejar ser al siendo

en profunda comunión entre el yo y el yo mismo.

 

Aquí

en este ahora armónico y estable

reina la paz y la plenitud

y el amor se expande en mi corazón,

volviéndolo todo

simple y maravilloso.

 

Por Andreu Justo Garasa

Bodhisattva Armonía Expansiva

 

(Poesía de clausura en el retiro zen)

Alcoy, Alicante, julio 2021

Creando paz, dejando de juzgar y culpar

Todos hemos sido heridos, decepcionados, traicionados, tal vez incluso abusados. A veces, la persona que nos daña es alguien a quien amamos; en otras ocasiones puede ser una institución como nuestro empleador o nuestro gobierno; otras veces, nos maltratamos a nosotros mismos. Independientemente de la fuente de nuestro dolor, reaccionamos instintivamente con aversión, tanto como individuos como como comunidades. Nuestro enojo y culpa nos ayudan a sentirnos en control y nos motivan a eliminar la amenaza. Le gritamos a nuestro cónyuge o compañero de trabajo. Nos castigamos a nosotros mismos e incluso declaramos la guerra al enemigo.

El Buda enseñó que, aunque tales reacciones son naturales, en el mejor de los casos solo brindan un alivio temporal e inevitablemente alimentan más reacciones. Al igual que con todos los demás fenómenos, el Buda sugirió que afrontemos la violencia con una presencia compasiva y tolerante. Sin embargo, para muchos de nosotros, hay una pregunta que surge de inmediato: ¿significa esto que debemos ceder y aceptar a la persona que nos ha traicionado, aceptar a quienes dañan o destruyen en nuestro nombre, aceptar nuestros propios comportamientos adictivos? Tal aceptación puede incluso parecer poco ética, como si tuviéramos que dar un paso atrás y presenciar cómo se desarrollan los comportamientos dañinos con imparcialidad. Entonces, ¿cómo reconciliar la aceptación con un mundo violento y lleno de sufrimiento?

Esa es una buena pregunta. Señala un malentendido sobre lo que significa aceptación: no significa permitir que alguien nos haga daño o se lastime a sí mismo. No significa que respaldemos la guerra. Más bien, apela a la capacidad de reconocer claramente lo que está sucediendo dentro de nosotros en el momento presente y de afrontar lo que sentimos y vemos con amabilidad.

Aceptamos nuestra propia experiencia del dolor, el miedo o la ira que surgen como reacción a una circunstancia externa. Solo cuando lo hagamos, nuestras decisiones y acciones podrán ser guiadas por un corazón sabio.

Al profundizar en la atención, probablemente experimentemos miedo: miedo por nuestro mundo, miedo de cómo la violencia y los malentendidos están proliferando, miedo de cómo estamos devastando nuestro hábitat natural. Pero a medida que podemos ofrecer -y ofrecernos- una presencia gentil, el miedo gradualmente dará paso a un notable afecto por la vida, posibilitándonos responder con compasión.

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