Autor: Denko

Tres palabras para la práctica

Tres palabras son claves en este arte de la meditación sedente: coraje, paciencia y aceptación. Veamos.

Necesitamos personas integrales que se entreguen con coraje a la práctica del Dharma. Tener CORAJE es sinónimo de tener valor, de “echar el corazón por delante”. El coraje no es la simple ausencia de miedo, sino la conciencia de que hay algo importante por lo que merece la pena arriesgarse. Debemos entenderlo como una valentía serena que nos permite afrontar todo tipo de obstáculos sin huir de ellos. ¿Qué nos ha traído hasta aquí? El impulso de ser felices y mejores personas por tanto.

El coraje se alimenta de la PACIENCIA, pues es el valor de permanecer tranquilos ante lo que acontece en el presente. Templanza de ánimo es lo que la práctica necesita.

Cuando podemos permanecer tranquilos ante emociones desagradables, esta ACEPTACIÓN empieza a liberarnos del hábito de las reacciones compulsivas y equivocadas, nos permite quedarnos cómodos y en paz. Cuando no generamos la lucha en nuestro interior, vivimos la no separación. He aquí la llave de la interacción y de la felicidad conjunta.

¿Cuál es la gran lección de la práctica?

Lo importante no es lo que está o no sucediendo en estos momentos, sino la actitud y el modo con que nos relacionamos con ello.

Escuchar con frescura

Estos días estamos adentrándonos en un territorio sagrado llamado Conciencia. En un retiro zen se dan las mejores condiciones para familiarizarnos con ella. Veamos a continuación algunos actos útiles para el desarrollo y cuidado de la misma:

Aquel que bebe en la fuente de la Enseñanza,

vive felizmente con una mente serena.

El hombre sabio siempre goza en la Enseñanza,

 proclamada por los nobles iluminados.

Una vez leí que un acaudalado empresario contaba una historia acerca de un cine que abrió sus puertas en algún país africano no identificado. La sala se inauguró con la película de King Kong y a los espectadores les encantó. Unas semanas después, los dueños del local probaron con una nueva película, pero esta vez la audiencia no fue a verla, el público se rebeló. Querían ver King Kong de nuevo. Y así fue. El teatro proyectó King Kong durante años.

Si nos fijamos en los niños pequeños, comprobarán lo que es para un niño engancharse a una historia y querer oírla una y otra vez. Hay algo dulce y tranquilizador acerca de los favoritos de siempre, incluso después de que la emoción de la novedad se haya esfumado.

Las enseñanzas sobre el Dharma se parecen mucho a eso. Son siempre lo mismo: el sufrimiento, el apego, la atención, soltar y dejar ir, la bondad, la compasión, la sabiduría, el despertar, etc. Por esta razón se dice que el Buda enseñaba una cosa y solamente una: el sufrimiento es innecesario y la liberación del sufrimiento está en tu propia mente.

¿Por qué comienzo esta tarde así? Las enseñanzas no son palabras huecas. Durante el retiro asistimos a una sinfonía musical con sus más variados tonos. Todo nos está enseñando algo. El maestro hace música con las enseñanzas, emite una melodía que tiene el poder de despertar el eco de nuestra naturaleza incondicionada. Es evocador.

Oír con una mente serena, abierta y receptiva, permite al meditador desbloquear los viejos hábitos cognitivos. Quizá al principio de la práctica no entiendas muchas de las cosas que estás escuchando, pero poco a poco, con el paso de los años, estas semillas depositadas en el fondo de la mente, fructificarán en forma de comprensiones. Por esta razón, hay que escuchar el Dharma y cuantas más veces, mejor que mejor. Como dijo Marcel Proust: “el viaje auténtico de descubrimiento no consiste en ver nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos.”

Así pues, ¿cuál es la mejor actitud para escuchar el Dharma?

Escuchar es recibir. Recibir el Dharma es transmitir el Dharma. ¿Cómo se puede escuchar con frescura algo que uno ha oído una y mil veces?

La mente es como un Coro Griego escuchando y comentando sin cesar: “¡Eso tiene sentido!, ¡Eso no tiene sentido!, ¡Estoy de acuerdo!, ¡No estoy de acuerdo!” La mente no puede evitarlo. Por lo general, cuando los maestros dicen algo con lo que estamos de acuerdo es brillante, cuando dicen algo con lo que no estamos de acuerdo están equivocados.

«Escuchar con frescura» significa dos cosas:

  • En primer lugar, significa no asumir que hemos escuchado algo antes. En realidad no hemos oído esta enseñanza en particular antes. Quizá con esta enseñanza en particular, el maestro pueda decir algo de una manera que permita que algo nuevo haga clic en nuestra cabecita, o que ayude a que surjan nuevas preguntas.

El día a día es así. Cualquier fenómeno puede hacernos despertar y abrirnos a la experiencia de la inmediatez. Pensar que ya has escuchado algo antes es una manera de cerrarte y evitar la posibilidad del descubrimiento. Así que, en primer lugar, «escuchar con frescura» es adoptar una actitud de apertura. La parte de atrás del rakusu simboliza esta frescura. Es un dibujo de una hoja de pino que permanece siempre verde.

  • En segundo lugar, «escuchar con frescura» significa atender a todo lo que está pasando: las palabras del orador. Los sonidos de los pájaros de fondo. El Coro Griego en tu mente.

Cuando los pensamientos como “estoy de acuerdo” o “no estoy de acuerdo” surgen, ¿pueden ser puestos entre comillas y vistos como una respuesta condicionada a lo que se ha escuchado, sin asignarles un valor verdadero?

Puedes aprender más sobre el Dharma observando tus reacciones con interés y desapego verdadero, de lo que lo haces a partir de las palabras del orador en sí mismas.

Por todo ello, los primeros discípulos del Budha fueron llamados Sravakas, u oyentes, aquellos que realmente oyeron hablar al Buda. Esa es nuestra aspiración también, ser oyentes.

Como un lago profundo es transparente y tranquilo,

así se vuelven los sabios al escuchar la Enseñanza.

 

Ser en la presencia

 

«Conocer es recordar» decía Platón en sus Diálogos. Por eso la palabra atención, en sánscrito sati, se traduce como ‘recuerdo’. ¿De qué no hay que olvidarse dirá alguno? Pues de la presencia siempre está ahí de forma natural, pero puede pasar inadvertida durante toda una vida, por lo que es necesario explorarla y reconocerla experiencialmente.

No podemos abandonar al destino las condiciones que favorecen la emergencia y mantenimiento del estado de presencia. No son los otros los que sienten, se emocionan o piensan por nosotros. Debemos volver una y otra vez al cuerpo para revisar cómo se está dando la experiencia, revisar y seguir manteniendo el tono de la mirada contemplativa (mudra, respiración, partes del cuerpo, mirada periférica…)

A veces, como si de un acto psicomágico se tratara, pueden venirnos muy bien unos pesados zapatos con suelas de plomo que nos mantengan unidos a la tierra. La práctica son estos zapatos, nos instalan siempre en el presente.

A medida que te familiarices con esta capacidad de observación, te darás cuenta de que la conciencia es tu primer y último refugio, un lugar interno, natural y lleno de equilibrio tanto para la mente como para el corazón. Tienes una capacidad ilimitada para encontrarte con la Experiencia (mayúsculas) y abrazarla.

Normalmente nos consideramos a nosotros mismos como una colección de pensamientos, sentimientos y sensaciones: está el yo separado que vive en el interior del cuerpo-mente y la meditación que normalmente es considerada como una actividad en la que yo, este cuerpo-mente, se compromete a fin de lograr algún tipo de objetivo, sea cual sea ese objetivo: la iluminación, la quietud, la paz, la liberación.

En otras palabras, desde ese punto de vista, se cree que el yo separado es lo que somos y la meditación se considera como una actividad que hacemos. Sin embargo, meditar no es ningún tipo de actividad aunque la definamos con un verbo. Podemos usar si prefieren un sustantivo donde la meditación es lo que somos, no lo que hacemos. Dicho así, Zazen un destello de luz de la conciencia. En este enfoque, la meditación no tiene nada que ver con una actividad o cese de actividad de la mente: enfocarla, observarla, disciplinarla o aquietarla, u observar la respiración. Es simplemente ser, simplemente ser en la presencia.

Quienquiera que sea que carezca de autocontrol

 y no permanezca en la verdad,

aunque se vista con la túnica amarilla,

no es merecedor de ella.

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Denkô Mesa

(Fragmento de las enseñanzas del Retiro Zen de Primavera, Gran Canaria, abril 2017)

XI

Lo Real se impone

por más que tratemos de escapar

o de evadirnos por los infinitos caminos de la fantasía.