Enseñanzas del maestro Denkô Mesa

Kshanti

La paciencia es una de las virtudes de la meditación. Aprender a estabilizar la mirada interna, no reaccionando de manera automática y compulsiva ante los fenómenos que nos atraen, o bien nos desagradan, es un síntoma de la persona tranquila y ecuánime.

Kshanti es una de las virtudes que se contemplan en el budismo. Junto a ella se desarrollan otras como la generosidad (dâna), la honestidad (sila), la sabiduría (prajña), el trabajo con la energía (virya)…

Estas virtudes son llamadas paramita en pali antiguo y las podemos entender como aquellos factores favorables que nos permiten llegar hasta la otra orilla de la mente, esto es, soltando limitantes y patrones ilusorios y alcanzando así el anhelo del despertar. Con este resulta la expresión madura de la conciencia.

Cuando uno vive en el presente, todo se da de manera natural. No hay prisas por ir hacia ningún lado, ni recuerdos del lugar de donde se estuvo. Todo fluye tranquilamente. Sin embargo, en una mente no entrenada, observamos que tenemos la mala costumbre de querer todo al instante, de hacer las cosas inmediatamente. Cuando esto te ocurra, devuelve tu mirada a la atención consciente, tu gran regalo y hazte íntimo con una respiración larga y tranquila. Este es el antídoto natural contra la ira, esto es, el enfado porque las cosas no han funcionado como tú pretendías.

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El cuento que te cuentas

¿Un cuento? ¿Por dónde irán hoy las enseñanzas? ¿No están intrigados?

Con esta preguntas inicio esta nueva entrada en el blog de la comunidad. La pregunta clave es: ¿y tú qué película te cuentas?

Estaría bien observar las proyecciones que hace tu mente, más bien, el uso que le das al potencial de tu mente. Podemos con ella imaginar, recordar, reflexionar, simbolizar, enjuiciar, fantasear, mentir, comunicar… Hay muchos verbos que hablan de nuestra narrativa interna. Ahora bien, algunos rumian demasiado las historias que se cuentan, se pierden en ellas, dándoles ademas categoría de real. 

La clave aquí está en aprender a colocar la mente al servicio del corazón. Esto es lo que ofrece la práctica meditativa. Entenderlo al revés es creerte el cuento de que tu ego es quien lleva el control. La realidad que creas a cada instante a través de la mente no es real. Es tu propia historia. Adherirte a ella es perderte en la fantasía ilusoria. De hecho, el gran descubrimiento está en que despiertes a la ilusión de una identidad. Cuando nos hemos adherido a las vivencias, internas y externas, no vamos más allá de ellas. Se trata de trascender la mente para acceder al Observador Testigo y convertirnos en el director que equilibra el afuera con el adentro y viceversa. 

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El miedo no es real

Un elemento fundamental para el buen desarrollo de las personas es que seamos capaces de conocernos en profunda intimidad. Sin embargo, somos unos grandes desconocidos a nivel emocional. Básicamente hay dos grandes emociones: el amor y el miedo.

A nivel primario, cuando hablamos del miedo nos estamos refiriendo a un mecanismo de supervivencia que activa el sistema simpático. Con la aparición del miedo en tu organismo, todo tu ser se pone en modo acción, ya sea de lucha o huida, ante una situación peligrosa. El individuo se siente con un temor ante lo desconocido. 

Ahora bien, desde otro punto de vista, observamos que el miedo no es real, salvo en una mente limitada. Pregúntate: ¿de qué tienes miedo? ¿De dónde procede esta sensación de inseguridad, nerviosismo, preocupación, ansiedad…? 

Si esta verdad no la confrontas y, por el contrario, la vives como si fuera auténtica, te cierras al aprendizaje y te haces vulnerable al dolor que estás experimentando.

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La vejez: un canto a la vida

Aún los ornamentados carruajes de los reyes envejecen.

También el cuerpo humano llega a la vejez.

Pero la Enseñanza de los Budhas nunca envejece.

 Así, la Sabiduría permanece entre los Sabios

y trasciende el tiempo.

 

Cuenta la leyenda que Siddhartha Gautama escuchó la voz triste de un sirviente en palacio. Sintió en su interior una melancolía extraña que nunca antes había percibido. Entonces, decidió abandonar el palacio y adentrarse en la ciudad cercana en busca de respuestas.

Se dice que tres hechos marcarían su trayectoria como meditador, la visión de la enfermedad, la prueba de la degeneración del cuerpo físico y la consiguiente llegada de la vejez, para llegar finalmente a la certitud de la muerte. Estos tres hechos son poderosos impulsos que nos permiten repensar la vida misma, ya que pueden ser considerados los más grandes motores para la transformación de la conciencia.

De forma tradicional, la historia describe cómo era la apariencia que tenía ese anciano: un hombre débil, acabado, con una joroba en la espalda, con un cuerpo tan delgado que se le notaban los huesos y que se movía dando pasos cortos ayudado por su bastón. Tenía una larga barba blanca y los ojos llorosos. Para los occidentales esto puede sonar un poco exagerado, pero en la India no lo es. Allí la gente envejece de una forma muy evidente debido al clima y a las duras condiciones en que se vive. A los cincuenta o sesenta años los indios tienen una apariencia bastante avejentada.

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