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Creando paz, dejando de juzgar y culpar

Todos hemos sido heridos, decepcionados, traicionados, tal vez incluso abusados. A veces, la persona que nos daña es alguien a quien amamos; en otras ocasiones puede ser una institución como nuestro empleador o nuestro gobierno; otras veces, nos maltratamos a nosotros mismos. Independientemente de la fuente de nuestro dolor, reaccionamos instintivamente con aversión, tanto como individuos como como comunidades. Nuestro enojo y culpa nos ayudan a sentirnos en control y nos motivan a eliminar la amenaza. Le gritamos a nuestro cónyuge o compañero de trabajo. Nos castigamos a nosotros mismos e incluso declaramos la guerra al enemigo.

El Buda enseñó que, aunque tales reacciones son naturales, en el mejor de los casos solo brindan un alivio temporal e inevitablemente alimentan más reacciones. Al igual que con todos los demás fenómenos, el Buda sugirió que afrontemos la violencia con una presencia compasiva y tolerante. Sin embargo, para muchos de nosotros, hay una pregunta que surge de inmediato: ¿significa esto que debemos ceder y aceptar a la persona que nos ha traicionado, aceptar a quienes dañan o destruyen en nuestro nombre, aceptar nuestros propios comportamientos adictivos? Tal aceptación puede incluso parecer poco ética, como si tuviéramos que dar un paso atrás y presenciar cómo se desarrollan los comportamientos dañinos con imparcialidad. Entonces, ¿cómo reconciliar la aceptación con un mundo violento y lleno de sufrimiento?

Esa es una buena pregunta. Señala un malentendido sobre lo que significa aceptación: no significa permitir que alguien nos haga daño o se lastime a sí mismo. No significa que respaldemos la guerra. Más bien, apela a la capacidad de reconocer claramente lo que está sucediendo dentro de nosotros en el momento presente y de afrontar lo que sentimos y vemos con amabilidad.

Aceptamos nuestra propia experiencia del dolor, el miedo o la ira que surgen como reacción a una circunstancia externa. Solo cuando lo hagamos, nuestras decisiones y acciones podrán ser guiadas por un corazón sabio.

Al profundizar en la atención, probablemente experimentemos miedo: miedo por nuestro mundo, miedo de cómo la violencia y los malentendidos están proliferando, miedo de cómo estamos devastando nuestro hábitat natural. Pero a medida que podemos ofrecer -y ofrecernos- una presencia gentil, el miedo gradualmente dará paso a un notable afecto por la vida, posibilitándonos responder con compasión.

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Elogio a la simplicidad

«Simplificar, simplificar, simplificar…»

Estas palabras tan refrescantes escritas por Henry Thoreau nos recuerdan que gran parte de nuestro sufrimiento proviene de añadir innecesarias e inquietantes complicaciones en nuestras vidas.

Parece que estamos continuamente tejiendo redes conceptuales elaboradas en torno incluso a eventos muy sencillos.

Distorsionamos la realidad y la envolvemos con complicaciones mediante la superposición de construcciones mentales fabricadas. Esta distorsión conduce invariablemente a estados y conductas mentales que carcomen nuestra paz interior y la de los demás.

¡Cuántas empresas humanas y causas nobles han fracasado debido a tales complicaciones innecesarias!

Necesitamos simplificar nuestros pensamientos, simplificar nuestras palabras y simplificar nuestras acciones.

Debemos evitar caer en la rumiación mental circular, las conversaciones inútiles y las actividades vanas que desperdician nuestro precioso tiempo y generan todo tipo de situaciones disfuncionales.

Tener una mente simple no es lo mismo que ser ingenuo. La simplicidad de la mente se refleja en la lucidez, la fuerza interior, la flotabilidad y una satisfacción saludable que soporta los tormentos de la vida con un corazón ligero.

La simplicidad revela la naturaleza de la mente detrás del velo de pensamientos inquietos. Reduce la exacerbada sensación de autoimportancia y abre nuestro corazón al altruismo genuino.

 

Matthieu Ricard

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 Fuente: https://www.matthieuricard.org/es/blog/posts/elogio-a-la-simplicidad

 

Meditar lo es todo

Reposar en la calma del ahora, permanecer recogidos en la intimidad, adentrarnos juntos en el lenguaje del silencio y escuchar su melodía es un gran regalo. He aquí el arte de la contemplación serena.

A través de la práctica meditativa cultivamos semillas de conciencia en el campo fértil de la mente. De esta forma, las palabras, los pensamientos y los actos que en ella surgen, aportan una verdadera nutrición para el bienestar de todos los seres. Por el contrario, cuando nos vivimos a través de la ilusión, todo carece de sentido y coherencia. Por ello, sentarnos y recogernos en el camino del corazón, merece la pena, y mucho, porque esta es la verdad de lo que somos. Ahora bien, pretender que la mente esté vacía de pensamientos, equivale a pedirle al cielo que interrumpa el paso de las nubes o decirles a los pájaros que dejen de volar.

Al sentarte a meditar, permaneces sereno en la estabilidad de la postura y ante ti se levanta una muralla enorme de sensaciones, recuerdos, expectativas, emociones y pensamientos de lo más variado. Entonces, te pregunto, ¿qué puedes hacer ante esa magnitud de la experiencia emergente? ¿Acaso puedes hacer algo? Tratar de vaciar la mente con la propia mente supone incentivar aún más la quimera de aquel que cree estar percibiendo algo a través de ella. ¿Quién es ese perceptor del que te hablo?

La mente del sujeto condicionado siempre está queriendo cosas. El impulso del deseo es el latir del universo y forma parte de la vida. Nuestro problema aparece cuando tratamos de detener este movimiento a través de la mente y fijarlo, llevándolo hacia algún lado o dejándolo en algún lado. Esta es la mente, esa entidad ficticia que trata de controlar y manipular todo y a su manera. En la tradición budista, a este punto ciego, se lo llama el veneno del apego. Es una percepción equivocada, una errónea relación que el sujeto mantiene ante la verdad de la impermanencia.

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Alineación, relajación y resiliencia

En su mayor parte, el budismo no le ha dado mucha importancia al cuerpo. La gran mayoría de las escuelas budistas continúan enfocándose en la mente como el escenario principal de la práctica y otorgan al cuerpo un espacio mucho menor como una vía digna de exploración.

El problema inherente a esta actitud es que es la experiencia corporal la que proporciona la sensación de estabilidad a la mente. Si eso se pierde, la mente puede flotar con demasiada facilidad en reinos enrarecidos que, por elevados que sean, no son más que una sombra de la conciencia que la práctica de meditación busca develar. La mente, en última instancia, desea asentarse en la sensitividad presente del cuerpo, no escapar de él. Si quieres una mente equilibrada, necesitas crear un cuerpo equilibrado que la sostenga.

Si el cuerpo está desequilibrado, creará una tensión constante para compensar la gravedad. Esta tensión se manifestará como discursividad a nivel de la mente. El verdadero equilibrio del cuerpo, por otro lado, genera una disposición y relajación que sostiene, de forma natural y espontánea, a la mente despierta. En palabras de Sasaki Roshi, «Buda es el centro de gravedad». Encontrar el centro de gravedad dentro de uno mismo significa equilibrar el campo energético del cuerpo con el campo gravitacional de la tierra.

Este equilibrio surge de la corporeización consciente de tres principios básicos: alineación, relajación y resiliencia.

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